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Nunca es tarde
Por Miguel Ángel Albizures - Guatemala, 7 de febrero de 2005

Veinticinco años después, este pueblo no puede olvidar los hechos salvajes.

Para recordar, pensar, reflexionar, denunciar y exigir investigación y justicia, 25 años es toda una vida. Han pasado muchas cosas, nuestros hijos crecieron, los niños y niñas de esa época que se quedaron en el desamparo completo, hoy son jóvenes que rasguñan los 30 años, muchos son padres y madres que nos hicieron abuelos, varios de ellos no quieren saber nada del pasado. Otros, los más, no olvidan, no quieren olvidar ni perdonar, porque no quieren que se repita el holocausto, no quieren que la generación que ellos han parido, crezca con los traumas con que ellos crecieron, con los efectos que provocó la persecución y la matanza. No quieren volver a cruzar las fronteras legal e ilegalmente, simplemente quieren vivir en un país distinto, donde los crímenes no sean la nota de cada día.

Veinticinco años después, este pueblo no puede olvidar los hechos salvajes, los policías apuntando a las ventanas, otros en los tejados. No puede olvidar la gente impávida viendo el asalto a la embajada, ni los disparos, ni el fuego, ni el humo, ni el ulular de las ambulancias, ni la impotencia de los bomberos enfrente. Mucho menos este pueblo puede olvidar los cadáveres calcinados de seres humanos: campesinos, estudiantes, indígenas, funcionarios internacionales y nacionales. Olvidar ese hecho criminal no cabe en la mente de quienes no queremos que jamás se repita. Veinticinco años después el Embajador de España recuerda el momento culminante en que salió, atropelladamente, entre las llamas, mientras los otros se calcinaban. Ha de tener en mente los primeros y últimos instantes en que salió despavorido para salvar la vida y ha de recordar y mantener su decepción respecto a un gobierno y un Estado que, en vez de proteger la vida, la violentaba, porque si no les importaba la vida, mucho menos la extraterritorialidad.

Ni en aquel momento, ni 25 años después, se puede intentar justificar la acción de las fuerzas represivas en la embajada, eso no tiene nombre, como no lo tienen las razones que se esgrimen para que se asesinara a mansalva a jóvenes promesas que luchaban por la apertura de espacios políticos y por el cese de la violencia estatal. Sólo pueden hacerlo quienes también justifican los asesinatos de Oliverio Castañeda de León, Alberto Fuentes Mohr, Manuel Colom y de tantos profesionales que soñaban un país distinto.

Veinticinco años después, he visto los reportajes de los medios de comunicación y las fotos que hablan por sí solas. Vi, como lo hicieron cientos de personas, la exposición fotográfica en el parque central y escuché los comentarios de jóvenes que no creen lo que ven, porque no les cabe en la mente semejante salvajismo. Los fotos son elocuentes, como lo son los vídeos que nos siguen golpeando y donde aparecen muchos de los autores materiales e intelectuales de la matanza. ¿Qué pensarán los que sobrevivieron a esta matanza? ¿los que lograron salir y los asesinos que utilizaron fósforo blanco para quemar a los campesinos, siguiendo la orden de Romeo Lucas?: ¡Sáquenlos a como dé lugar!

Veinticinco años después, los rostros de los familiares seguían ensombrecidos en el parque central, cuando recordaban aquel aciago día. Los hijos y nietos, aquellos que no llegaron a conocerlos, también veían con dolor la expresión de las viudas y los huérfanos. Por esos jóvenes, por los familiares de todas las víctimas, la justicia debe sentar precedentes.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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