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Plan de Sánchez en las pupilas
Por Miguel Ángel Albizures - Guatemala, 21 de julio de 2005

Aceptar la matanza, es aceptar que hubo genocidio.

El lunes pasado se hizo presente el vicepresidente Eduardo Stein para hablar a la comunidad de Plan de Sánchez sobre los crímenes de guerra, de esa que hizo víctimas a quienes ya eran víctimas de la injusticia, de las condiciones económicas, de la exclusión y ausencia del Estado, que sólo se hizo presente para exterminarles. Qué lástima que un mandato de la Corte Interamericana obligue a los representantes del Estado a viajar a un lugar de difícil acceso para pedir perdón por lo que hizo el Ejército y lo hace, porque no es, como dicen algunos, “excesos de la guerra”, sino un plan premeditado para exterminar poblaciones enteras en muchos lugares del país.

Por genocidio no hay manifestaciones en la capital, porque en el Plan de Sánchez sólo fueron 268 seres humanos exterminados, ni lo hay por las 260 víctimas de Las Dos Erres y no se menciona Quiché, en donde casi todos sus rincones fueron ensangrentados con más de 300 masacres. Es más fácil salir a las calles por la muerte de perros, que por los “indios” que fueron sacrificados. Plan de Sánchez, sentimiento que se guarda en lo profundo, revelándose como los tesoros escondidos de dignidad que se enraiza en la conciencia de un pueblo.

Plan de Sánchez, en las pupilas de los ojos de los sobrevivientes de las bayonetas, donde se refleja el dolor de quienes huyeron despavoridos, donde se ven los niños y niñas agarrarse de las manos o jalonear los uniformes militares pidiendo clemencia. Donde se siguen reflejando los destellos de las armas vomitando su fuego de muerte contra hombres, mujeres, niños y ancianos. Pupilas de sobrevivientes que retienen los cuerpos calcinados, las mujeres desnudas y violadas y las imágenes de rostros aterrorizados e impotentes dando sepultura a sus muertos.

Pedir perdón, gritó Juan Manuel, es un paso, falta justicia, porque queremos justicia, era el sentimiento generalizado de comunidades aún abandonadas a su suerte en medio de los victimarios: prohibido mencionar la palabra genocidio, porque no lograron exterminar a todo un pueblo, afectaron sus raíces que renacieron, su cultura golpeada profundamente florece, su traje sepultado guardó el color del arco iris, perseguidos y acorralados sobrevivieron con sus costumbres a cuestas y siguen comunicándose en su idioma. No, no hubo genocidio, dicen ellos. Sólo se asesinaron millares de niños, mujeres, ancianos y hombres desarmados que no estaban en la guerra. Casualmente fueron los achís, pero también los k'iche's, q'eqchi's, los kaqchikeles y revisemos hoy el mapa lingüístico manchado de sangre y después cuéntennos si hubo o no genocidio. Aceptar la matanza, es aceptar que hubo genocidio sin mencionar la palabra que golpea a la humanidad, pero que se repitió en Bosnia y Ruanda, donde un tribunal internacional condenó por la palabra prohibida en Guatemala: genocidio.

A la palabra paz, reconciliación, reparación o perdón, les debiera anteceder justicia, pues es a través de ella que se sientan precedentes que dan fuerza a la frase de monseñor Gerardi: “Guatemala, nunca más”.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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