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La calle, la cárcel o el cementerio
Por Miguel Ángel Albizures - Guatemala, 24 de agosto de 2005

Nadie nace con los valores trastocados, eso se forja día a día en los hogares.

Sobrevivir en la calle ha de ser una odisea. Carecer de familia, una tragedia. Andar buscando cartones para recostarse o un perro que dé calor para no morir de frío, una desgracia. Titiritar en el umbral de una puerta y recibir la cubetada de agua fría en vez del pan que sacia el hambre, provoca odio, venganza, cólera, que no pasa con sermones ni con cárcel.

De los sinsabores y los peligros de la calle, pasar a la cárcel donde hay comida y techo, puede ser un aliciente. Carecer de libertad de movilización, pero tener comida y techo y cama de piedra, obliga a una decisión trascendental en la vida, en la que se juega la vida. En la calle las carreras, los desencantos, las frustraciones, el arrebato y nuevamente a la cárcel. Quince ingresos por arrebatar y correr no son nada en 15 años de vida cuando el año tiene 365 días con sus noches, sus penas, sus dolores y persecuciones en las que hay que sobrevivir a golpe y porrazo.

De la calle a la cárcel, de la cárcel a la calle, y se repite la historia, hasta que un día cabalga la muerte por los reclusorios o por las calles y te encuentras allí en el momento menos oportuno y en el lugar menos indicado, con las compañías menos comprendidas. Así empezó el niño –hecho hombre a golpes– su desarrollo, su cambio de voz, de familia, su lucha por la vida y el desprecio a la vida. No es cierto que no amen la vida, porque robar es la muestra más clara de buscar la comida para vivir. Huir despavorido y defenderte con lo que sea es querer vivir a pesar de todo.

Después de arrebatar la bolsa o la cadena, los niños parecen linces, una saeta no le alcanza y sólo parará en la cárcel, en el cementerio o en un tiradero de cadáveres o en una calle cualquiera, desconocida, solitario como cualquier XX tirado. ¿Merecían morir 36 como murieron en días pasados en los penales? Muchos dirán que sí, yo digo que no. ¿Buscaron ellos la muerte? Muchos dicen que sí, yo digo que no, porque siempre lucharon por sobrevivir en las calles y en la cárcel misma.

Esos niños, esos jóvenes, terminaron de crecer entre cuatro paredes, agredidos, vilipendiados, odiados, aborrecidos, despreciados, condenados sin juicio previo, sin advertencias, sin oportunidades de ninguna clase, con un odio profundo en el alma o ya desalmados, pero siempre abandonados a su propia suerte. Quienes tenemos la suerte de no ser mareros o no tener hijos mareros, no podemos comprender a ciencia cierta lo que representa perder al amigo, al compañero de infortunio, al marero que se bate en las calles, que se defiende en la cárcel y se protege del granadazo que lanzó o le lanzaron salvajemente.

O muere en la calle, o muere en la cárcel. No era lo que quería ni lo que buscaba, poco a poco se le cerraron los espacios, las posibilidades no existieron, la exclusión era su signo. Aprendió a convivir con la muerte y lo atrapó la muerte cuando menos lo esperaba. Corrieron por las calles, entraron y salieron de las cárceles y terminaron en el cementerio. Eso no es vida para la juventud que se pierde en nuestras propias narices. El Estado es responsable de garantizar a la juventud una formación en valores, oportunidades de trabajo, educación y recreación para salir adelante. Nadie nace con los valores trastocados, nadie nace con odio y deseos de venganza, eso se forja día a día en los hogares de padres maltratadores, alcohólicos, descuidados. Eso se construye ante la falta de espacios sociales. Si no queremos que más jóvenes sigan agarrando el camino de las maras, la delincuencia, el delito, ¿qué otra vida les ofrecemos?

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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