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Arañando utopías tercermundistas
Por Miguel Ángel Albizures - Guatemala, 7 de septiembre de 2005

Las ocho metas del milenio y el discurso de Óscar Berger.

Hace pocos días el vicepresidente de la República, Eduardo Stein, se refirió a la agenda que el gobierno lleva a la próxima Asamblea de la Organización de Naciones Unidas, a realizarse a mediados del presente mes, en la que el presidente Berger abordará el tema de la cooperación y el comercio dentro de las ocho metas del milenio, aprobadas por 189 países y hasta el momento incumplidas.

Nuestro Presidente llevará al seno de la ONU un discurso previamente preparado, en el que dará cuenta de los logros de su gobierno, se unirá a las voces que claman por un comercio justo y hará hincapié en las metas del milenio. No dirá en qué cambiarán, ni qué darán quienes hoy hacen gobierno en Guatemala, sino exigirá que tiendan la mano a los países que, como Guatemala, se debaten en la miseria y en la falta de oportunidades. Posiblemente se atreva a decir que los países ricos tienen obligaciones frente a los países pobres y que se hace necesario desaparecer el abismo que diferencia la vida de los países del norte con los del sur, para que no mueran los pobres ni desaparezcan sus recursos naturales que siguen siendo útiles a sus mezquinos intereses y no a los del pueblo.

Generaciones de generaciones tercermundistas, y especialmente de guatemaltecos, se han quedado varadas en el camino, por lo que hoy los países del mundo se plantean acciones prioritarias del milenio, no para el presente ni el próximo año, porque ellos no tienen apuros, no pasan penas, no tienen prisas y al final de cuentas, realmente poco o nada les importa el hambre en el mundo. Se proponen cambios, no porque hayan tomado conciencia de la situación denigrante en que viven más de 1,200 millones de seres humanos de la población mundial, sino porque al final de cuentas es una vergüenza para ellos mismos vivir en la opulencia y ver los puños levantados y acusadores del despilfarro que les caracteriza.

Los sectores sociales del sur no presionan al norte de la opulencia, sólo porque se están muriendo de hambre, sino porque están exigiendo lo justo, pues la riqueza de unos es, simple y llanamente, la miseria de otros a quienes les fueron arrebatados sus recursos naturales y hasta sus fuerzas. Para los países virtualmente excluidos, explotados y expoliados por los países ricos, no son nada nuevo las “buenas intenciones” que manifiestan, ni los golpes de pecho que se dan en reuniones en el seno de las Naciones Unidas. Éstos y sus planes se repiten año con año y la situación no cambia. Los 11 millones de niños que mueren por hambre en el mundo antes de alcanzar los cinco años, siguen aumentando a la par del aumento de otras riquezas. Unas veces se les acerca la zanahoria, pero se les retira precipitadamente, para dar paso al garrote y volver al foro mundial con la misma desfachatez y arrogancia de antes. Los puntos a los que hoy se refieren los gobiernos, son la bandera que levantaron nuestras generaciones asesinadas. Son precisamente esas demandas por las que nos llamaron comunistas y socialistas y por lo que hoy nos acusan de desestabilizadores o terroristas. Ni siquiera son reivindicaciones radicales, porque no parte de la expresión “terminar” sino hablan de “reducir a la mitad” la pobreza y el hambre en el mundo. Reducir la mortalidad infantil. Mejorar la salud materna. Combatir el paludismo y el VIH/Sida. Lograr la enseñanza primaria universal. Igualdad entre géneros y autonomía de la mujer. Sostenibilidad ambiental y acceso a mercados.

¿Son éstas cosas del otro mundo?, sí, para los que murieron soñándolas, para los que las seguimos soñando y para los que tienen la posibilidad de cambiar las relaciones injustas y no lo hacen porque afecta sus intereses, porque aún no toman conciencia de la tragedia, porque son indiferentes o les importa poco, o porque tienen temor al “castigo”, a las represalias, a las sanciones, a las descertificaciones, o al garrotazo estilo tiempos pasados.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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