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La solidaridad no se regatea
Por Miguel Ángel Albizures - Guatemala, 01 de diciembre de 2005

Cuando la sociedad pierde el sentido humano lo pierde todo.

De las pocas cosas buenas que han pasado en el Congreso de la República está la Pensión para el Adulto Mayor que ha provocado una serie de reacciones de quienes consideran que nunca llegarán a cruzar los 65 años y que en todo caso jamás tendrían necesidad de un apoyo del Estado para la sobrevivencia porque ellos y su familia tienen bien, o mal acumulados, los recursos necesarios para vivir a cuerpo de rey o por lo menos con el techo, el vestido, las medicinas y los alimentos seguros. Sin embargo, en nuestro país dada la injusticia histórica y los salarios de hambre, existen miles de personas, hombres y mujeres, ladinos e indígenas que mendigan el sustento diario o que viven en condiciones misérrimas porque sus hijos o hijas tampoco aguantan la carga de los gastos familiares y de plano no tienen para ayudarles, ya no digamos aquéllos que se quedaron en la más profunda soledad y abandono.

Se habla de erogar más de Q250 millones para proporcionar escasos Q350 mensuales que representan poco más de Q11 diarios, con los cuales, todos sabemos para lo que alcanzan en momentos en que los precios de los productos básicos se siguen disparando. Si hoy día se discute un salario mínimo que supere los Q40 porque ya no alcanza para nada, imaginemos lo que puede hacer un hombre o mujer con ese apoyo y que no hay nadie que les ayude. El presupuesto para el Ejército alcanza para 2006 la cifra de Q1,110 millones y con sólo eliminar las plazas fantasmas y controlar estrictamente el uso de esos recursos, sería suficiente para bajar a la mitad su presupuesto y atender otras necesidades del Estado y dedicar los recursos para quienes, después de haber dejado sus energías al servicio del desarrollo del país, hoy no tienen ni dónde caer muertos.

Estamos hablando de aquéllos que jamás tuvieron prestaciones como los albañiles, los campesinos e indígenas; los sastres, los carpinteros, los de cualquier oficio que ya no pueden ejercer y a quienes se les han cerrado todas las puertas y ni siquiera el resarcimiento por la pérdida de sus familiares y bienes durante el conflicto armado les ha llegado, porque la burocracia es tan grande que muchos han muerto en la espera de un acto de justicia.
Cuando la sociedad pierde el sentido humano, lo pierde todo. Cuando la sociedad abandona a su suerte a la niñez y a los adultos mayores, es que se ha mentalizado de tal forma, que poco o nada le importa la vida humana. Cada vez más aumenta el número de ancianos y niños suplicando en las calles. El que algunos sean utilizados, no es excusa para abandonar a todos a su suerte, sin tomar en cuenta la función que la Constitución asigna al Estado en materia de garantizar la protección, la vida y la dignidad de la persona y la familia. De qué sirve que los constituyentes invocaran el nombre de Dios, la primacía de la persona humana y se inspiraran en los ideales de nuestros antepasados para decretar la Constitución, si hoy no se cumple su articulado y se continúa siendo indiferentes y regateamos la solidaridad a quienes se encuentran en el ocaso de la vida y carecen de los medios para sobrevivir otros cuántos años.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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