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Acostumbrados a matar
Por Miguel Ángel Albizures - Guatemala, 15 de diciembre de 2005

EE.UU. anunció su ejecutado número mil.

No me refiero a los sicarios, ni a los kaibiles, ni a los miembros del crimen organizado o de las pandillas que han perdido el valor de la vida humana, ni siquiera a los agentes policíacos que realizan limpieza social, mucho menos a los destazadores de cerdos, ganado o pollos. Me refiero a los que, en aras del cumplimiento de la ley, llegaron al asesinato número mil y que la noticia dio la vuelta al mundo como si se tratara de las grandes hazañas deportivas del año.

Mientras el presidente Fox, alineado a la prepotente política económica de EE.UU., anunció el pasado 10 de diciembre ­–día en que se conmemora la Declaración Universal de los Derechos Humanos– la abolición de la pena de muerte en México, en 38 de los 50 estados que tiene la Unión Americana, continúan con la aplicación , y en esos 38 estados como en el resto, el índice delincuencial no ha descendido, porque la pena no es disuasiva y, por el contrario, cada cierto tiempo las noticias de crímenes increíbles que se cometen en ese territorio, sorprenden y conmueven al mundo.

Recientemente se anunció que EE.UU. había ejecutado a su condenado número mil, un número más. No sé si hubo celebraciones de aquellos fanáticos de la pena de muerte, sólo sé que hubo protestas, peticiones de clemencia y que la familia afectada y acusadora del ejecutado expresó: “como cristianos le hemos perdonado, no es en ningún caso un día glorioso o de victoria para nosotros”. Esas palabras indican la duplicación del dolor por una muerte más de las cometidas, porque consideraban no haber triunfado, sino que era la aplicación de la ley existente. Cerca, muy cerca del 10 de diciembre, cuando en el mundo las organizaciones y los pueblos reafirman la vigencia y respeto de los derechos humanos, los medios de comunicación nos dan las cifras récord de EE.UU.. Han muerto 832 por la aplicación de la inyección letal. 152 fueron electrocutados en la silla eléctrica, 11 sometidos a la cámara de gas para que se fueran lentamente, 3 fueron ahorcados salvajemente como en el antiguo oeste y 2 se enfrentaron desarmados a un pelotón de fusilamiento. Gracias al alto grado de desarrollo y “civilización” en esos 38 estados están altamente preparados para matar a sangre fría en cualesquiera de las formas que quieran, mientras que otros buscan la forma de abolir la pena extrema que acaba con la vida en manos de inocentes, porque inocentes son aquéllos que conducen al reo al grito de “Hombre muerto caminando”, como lo son quienes ponen la inyección, abren la cámara de gas, disparan las ráfagas, provocan las descargas eléctricas o dejan colgado en el patíbulo a un ser humano. Tres mil reos más esperan en las cárceles de Estados Unidos la aplicación de la pena de muerte, para pasar a ser parte de las crueles estadísticas de ese país.

En Guatemala sigue la discusión, mientras varios reos esperan la ejecución de la pena. Insistimos, el Presidente de la República no debe asumir la tremenda responsabilidad de decidir sobre la vida o la muerte de una persona, no deben hacerlo ni los presidentes de los tres organismos del Estado, ni los magistrados de la Corte Suprema de Justicia. Lo mejor, en todo caso, es abolir la pena de muerte, ponerse a la hora del mundo, y seguir a México en una decisión que pasa a la Historia.

Fuente: www.elperiodico.com.gt


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