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Marcas del proceso electoral
Por Miguel Ángel Albizures - Guatemala, 26 de junio de 2007

Un país sin brújula, un presidente sin norte.

La inseguridad ciudadana y la violencia política reflejadas en el aparecimiento diario de múltiples cadáveres y el asesinato de varios candidatos, marcan este proceso electoral, que se desarrolla entre falsos ofrecimientos, campañas negras y acusaciones mutuas para desacreditar al oponente y tratar de ganar la confianza resquebrajada en los y las votantes en las próximas elecciones. Como en otras campañas electorales, el cinismo de los candidatos y dirigentes está a la orden del día, ofreciendo resolver de golpe los problemas candentes que sufre la sociedad. Mientras los índices de desnutrición infantil y la pobreza extrema aumentan escandalosamente, el costo de los productos se dispara y la corrupción e impunidad campean.

Este proceso se da en un país sin dirección, porque el Presidente de la República perdió la brújula en una de tantas inauguraciones de tramos carreteros a las que ha dedicado su valioso tiempo, lo cual se refleja en desafortunadas declaraciones públicas que provocan serias contradicciones en el Gabinete de Gobierno. Si a ello agregamos el abandono de los diputados de sus obligaciones legislativas y su desesperación en busca de la reelección para seguir haciendo lo mismo y negociar descaradamente posiciones políticas y económicas a cambio del voto en el hemiciclo, estamos fritos, y casi sin esperanza de que en los próximos cuatro años se cambie el rumbo del país.

Candidatos con juicios pendientes, prófugos de la justicia, narcotraficantes, empresarios explotadores, matones, jefes de bandas criminales, cómplices de lavado de dinero o de evasión de impuestos, se presentan ante los ojos ciudadanos como los salvadores de la patria.

Lo poco digno que participa pidiendo el voto ciudadano ha sido como encontrar una aguja en el pajar, y muchos de ellos y ellas no tienen la fuerza convincente de sus principios y valores, porque la sociedad se ha visto rebasada por la fuerza del cinismo, que se hace presente en las plazas públicas y que provoca en la ciudadanía desencanto, desilusión y hasta conformismo. Nada puede cambiar si desde el más simple ciudadano no asume la responsabilidad de hacerlo, de tomar conciencia de nuestra cruda realidad y luchar por transformarla ejerciendo su derecho de voto, pero también de fiscalización, de exigencia y presión, para que quienes están en el poder, y quienes lleguen a él, dejen de burlarse del pueblo y cumplan con la función para la cual fueron o serán electos.

Fuente: www.elperiodico.com.gt - 250607


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