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Quiché, saltaron las liebres
Por Miguel Ángel Albizures - Guatemala, 1 de noviembre de 2007

El glorioso Ejército y sus fuerzas especiales.

Como era de esperarse, a varios les dolió que revivamos la tragedia que vivió el pueblo de Quiché, a pesar que no dijimos mucho de ello, ni de todo lo que aconteció en el país en la década de los ochenta. Únicamente llamamos la atención sobre lo que registra la Historia que hoy se quiere sepultar. Las liebres, como siempre, saltan con el hígado en la mano vertiendo su veneno cada vez que se menciona a los militares en hechos del pasado. Sacan su frustración con epítetos, y cubren su traición al pueblo con falsas acusaciones. Pobrecitos, se escudan en anónimos como cualquier cobarde, porque no son capaces de dar la cara y mirar de frente.

Los responsables de la situación que sigue atravesando Guatemala son los gobiernos militares que se extendieron desde 1954 hasta 1986, con la excepción de Méndez Montenegro, obligado a firmar el vergonzoso pacto, bajo amenaza de derrumbarlo; pero también son los responsables de la pérdida de valiosos dirigentes sociales, profesionales, periodistas y políticos que no eran comunistas, pero no aguantaban el peso de las botas militares que negaban todo tipo de expresión, incluso la propuesta de candidatos civiles a la Presidencia. Quienes crearon la Escuela Kaibil y entrenaron a esas fuerzas especiales que antes que nada aprendieron a matar, a no tener sentimientos, a que no les temblara la mano para degollar a un ser humano o para despedazar con los dientes una gallina viva en los desfiles, frente a la mirada atónita de niños, son responsables directos e indirectos de las bestialidades cometidas por el “glorioso Ejército” y sus “fuerzas especiales”.

Pero también lo son quienes estuvieron dirigiendo instituciones de Inteligencia o los batallones especiales. Quienes cuadricularon a las organizaciones y colocaron las X de muerte que se tradujo en la persecución feroz a todo ente pensante y sospechoso de ser “enemigo” del Gobierno. Así murieron niños de 1 a 12 años, como los 67 del parcelamiento Las Dos Erres que fueron tirados en un pozo el 7 de diciembre de 1982. Las osamentas hablan por sí solas, y no estamos inventando nada, pues así como nos duele Quiché, nos duele Chimaltenango, las Verapaces, Huehuetenango, Sololá, Guatemala y toda la costa sur, donde además de las criminales masacres, se detuvo y desapareció a más de 45 mil hombres, mujeres y niños. Que fue durante la guerra, sí; pero incluso la guerra tiene reglas y límites.

Si los militares durante décadas no fueron capaces de sacar adelante a Guatemala, mucho menos lo harán hoy. Con los civiles, a pesar del peso que sigue teniendo el poder económico, el militar y el crimen organizado, por lo menos tenemos espacios de expresión política y podemos manifestar, reunirnos, protestar y denunciar.

Fuente: www.elperiodico.com


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