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En el país de los enanos
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 15 defebrero de 2005

El poblachón está habitado por pigmeos, no es cierto que los pigmeos vivan y sean de África. No se ven aquí, porque muchos llagan al metro setenta y siete y algunos alcanzan dos metros exactos pero de estulticia. Hay que ponerse unos anteojos especiales que venden en "Hipervista", para ver la enanez de casi todos. Estamos en Pigmelandia, mi querido Andrés Niporesas, y nuestro ser interior apenas alcanza noventa y cinco centímetros de estatura. Y si nadie nos viera, ni nos castigara, a todo aquel que llegase al metro con cinco, es decir, que sacara un poco más la cabeza que el lívido término medio, se la arrancaríamos con los mismos dientes, hasta sentir su "arrogante" sangre corriendo por nuestras encías, siempre ansiosas de carne sobresaliente.

En Pigmelandia no se sueltan los elogios así porque así. Sólo el vituperio y el infundio. Los "chances" no se dan, tampoco, así nomás ni por méritos, ¡ni menos una consagración, una condecoración, una orden!, para merecerlo debemos jurarle a la "rosca" no crecer. Como en "El tambor de hojalata" (aunque por otras razones).

En cambio, si damos la vida, la honra, el "derriere" por un lívido grupo de poder, el lívido y amarillo grupo dirá que somos geniales, aunque seamos la esencia de la imbecilidad, que somos elegantísimos, aunque no tengamos más clase que la que obtuvimos en la barriada, que somos doctorales, aunque jamás hayamos sacado siquiera el bachillerato. Y entonces, sí, nos colgarán las condecoraciones, porque nos hemos adaptado y estamos en el cementerio de elefantes.

En el pigmeo país existe sólo la mordacidad, la ironía, la peladera y el odio en general para todo lo que alguien no tenga y que otro posee, en especial el talento. O lo contrario: La excesiva indulgencia y el pronto elogio desmedido cuando el grupo, la "rosca", los consagrantes aprueban nuestra conducta, porque es afín a sus intereses explotadores y porque no cuestiona ni dice verdades que duelen, como: ningún hombre es fiel. Todos adulteramos.

Pigmelandia es un caso raro en el mundo civilizado. Está habitada por seres con insana codicia y en el que, quien sobresale, quien tiene tal atrevimiento, tiene un solo destino: partir antes de que te acaben a dentelladas. Esta ha sido la sabiduría de tantos que han ido a pasar grandes penas a otros lados, pero que lentamente han sido reconocidos afuera, sin necesidad de venderse a los necios de la aldea (ciudadanos insignes de "El elogio de la locura" de Erasmo), de alquilarse a la aldeana "rosca", al poder subyacente o a la clase que doblega y hace bajar la cabeza. Porque aquí, la bajas o te la cortan.

Aunque los franceses dicen que partir es morir un poco, quedarse en Pigmelandia también puede significar morir. Hay muchas formas de agonizar. Y la peor quizá sea de amargura, de indiferencia, de hostilidad.

El pequeño habitante de la pequeña ciudad no perdona el carro, el título, la esposa, la obra. Porque lo que no puede perdonarte, en realidad, "es que yo no sea tú".

El pequeño habitante de la sietemesina ciudad es asesino. Y mata en la primera ocasión que tiene, cuando la Policía, para variar, no está en vigilia, y la noche es propicia para el secuestro y para las desapariciones.


Fuente: www.lahora.com.gt

 

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