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La vigencia de Galich, de cara ante nuestros grandes problemas económicos
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 6 de julio de 2005
macarrera@turbonett

Si yo hubiera escrito ¡tan sólo!, “El pescado indigesto”, “El tren amarillo” y “Pascual Abah” (incluso sin haber incursionado en ningún otro campo del ancho mundo de la literatura) ya podría morir tranquilo: habría traspasado los umbrales de la inmortalidad, habría recalado en los puertos más importantes de la gloria y habría amanecido para el Continente como uno de los mejores dramaturgos de la América Hispana.

Pocos escritores de teatro, como Manuel Galich, han logrado la síntesis perfecta de fusionar una forma estética teatralmente perfecta, con la difusión de ideas políticas -promotoras del cambio social- como lo podemos apreciar en los tres textos galichianos arriba recordados, sin caer en el panfletismo barato, en el mercadeo de la política “izquierda/derecha o en el mundo de los intereses creados que nos permiten una vida más cómoda, aun al precio de la dignidad de nuestra pluma.

El teatro de Manuel Galich sorbe de asuntos que toma de la historia, de la épica y la dialéctica que, como toda dialéctica, nace de los opuestos y sus contradicciones, y nos conduce a un estremecimiento sentimental, pero sobre todo racional, a partir del recurso brechtiano del “extrañamiento”. Dentro de esta escuela teatral, es muy fácil caer en lo propagandístico. Y en ello cayeron decenas de novelistas, poetas y dramaturgos (del llamado realismo social) que oyeron los ecos de la estética marxista, sin saber manejar a fondo la forma y el discurso de la representación escénica que, antes que nada, es espectáculo y debe ser espectáculo.

Galich tuvo, como todos los seres humanos, una evolución en su andadura ideológica que pasó de lo que podía ser un pensamiento pequeño burgués, en la superaldeana Guatemala de los años 30/40 (de su juventud), a una posición declaradamente antiyanqui, antes que acendradamente marxista. Tanto “El tren amarillo”, como “Pascual Abah” y “El pescado indigesto” son obras cuyo fin extraliterario y más bien meramente político (pero resueltas dentro de una estética teatral del más alto coturno artístico), se centra en la tesis antiimperialista que ataca despiadadamente a los EE.UU. de los primeros 50 o 60 años de este siglo, que hoy puede parecernos sin “aggiornamento”, pero que en su día tuvo mucho sentido histórico, patriótico, nacionalista y protector de nuestra soberanía, por el camino del pensamiento de Juan José Arévalo, Guillermo Toriello Garrido (que no hay que confundir con Jorge) y, en general, de la Revolución del 44.

Con “Pascual Abah”, Galich asciende hasta encontrarse con iguales postulados estéticos que Asturias, por la vertiente del realismo mágico, el uso de asuntos extraídos del “Popol-Vuh” (Pascual es el alter ego de Hunahpú) y el señalamiento de los hechos extranjeros que inciden, lesionantemente, en nuestra identidad. “El tren amarillo” es un documento de la misma calidad axiológica que la trilogía bananera de Asturias y “El pescado indigesto” entraña el juego contrapunteado de dos tiempos lejanos: la Roma Imperial y el imperial EE.UU., y un ataque a la prensa vendida y un rescate de los poetas dignos como Catulo.

En diciembre de 1977 -hace 21 años- tuve el privilegio de conocer, personalmente, a Manuel Galich. Nos visitó en los jardines del Hotel Nacional donde nos hospedábamos (por la libre) y sin invitación del Gobierno cubano. La emoción que tuve al conocerlo fue indescriptible. Llegué a La Habana (con una visa de turista y sin usar mi pasaporte, desde luego), entre otras cosas para entregarle la tesis de licenciatura en Lengua y Literatura Española e Hispanoamericana que, sobre sus textos teatrales, yo había escrito y que se titula: “Ideas políticas en el teatro de Manuel Galich”. Por aquel entonces, único libro (en formato de tal) que se había escrito sobre el inmortal dramaturgo nacional, para mayor honra mía.

Sirvan estas líneas de recuerdo para aquel que quedó enterrado en La Habana, pero cuyo corazón estará, perpetuamente, en Guatemala por la que peleó, a la que amó y a la que engrandeció con su teatro.

Y como homenaje a su familia guatemalteca, en especial a su hijo Luis Galich, que lleva en la sangre el arte de Marilena López y el de su padre. Y la estirpe de unos apellidos (Galich/Porta), ¡tan importantes en el desarrollo intelectual de nuestra Patria!

Fuente: www.lahora.com.gt - 050705


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