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Ser escritor y columnista en Centroamérica
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 18 de octubre de 2005
macarrera@turbonett.com

Entre más pertenece uno a un país del Tercer Mundo, más se tiene que acostumbrar a ser “todólogo” en los países desarrollados el periodista sólo hace eso, el escritor se dedica con exclusividad a escribir y el profesor -del nivel que sea- se dedica a la docencia durante una jornada normal de ocho horas.

Me dicen que muchos profesores de primaria desempeñan hasta tres jornadas laborales en el día. En una escuela pública y en dos colegios privados. Dos de día y una nocturna. Es obvio. ¿Cómo van a llegar a pagar el costo de su canasta familiar de Q2,700.00 mensuales, si ingresan ganando a una escuela del Gobierno con o más de Q1,600.00, Sra. Aceña. Durante casi 40 años mi vida no ha sido exclusivamente de profesor, periodista o escritor. Incluso he hecho administración y extensión por varios años. Para poder llevar el pan a mi casa, elegí y me preparé para una profesión un tanto más pragmática (aunque no del todo antiquijotesca): La de maestro. Sin embargo conviene advertir que no todo profesor es a la vez literato ni tampoco ha ejercido ni ejerce la profesión de periodista por más de 35 años. Y esto la gente lo ve y lo observa como oír llover. Ni se inmuta. Lo más que llega a decir es ¡Pero, cuánto trabaja! Y añaden: ¿También lo hacen los burros en la noria.

Otro hecho que la gente no nota, en general, es que para llegar a ser un escritor de mediana calidad, se debe estar pendiente de los nuevos libros (carísimos por cierto e inaccesibles a un pobretón periodista o maestro de educación primaria). También pendiente de revistas y publicaciones, en general, que lo mantengan al día en su disciplina literaria. Y esto en Guatemala es casi imposible. En otro orden de ideas, ser profesor quita tiempo y no permite una entrega completa al escritor. Creo que fue Pío Baroja quien dijo que el periodista asesinaba al literato, en el sentido de que él corre/corre que exige el periodismo, merma -por completo- la tranquilidad, la vida reflexiva y ensimismada (a lo Unamuno) que la vocación de escritor demanda.

Paisitos estos donde para hacer una obra que destaque un poco hay que ser periodista en “El Nuevo Diario del Aire”, estar escribiendo los capítulos más brillantes de “El Señor Presidente” y si “sale” una clase por allí que podamos impartir ¡pues a darla!

Paisitos centroamericanos donde para alcanzar un mediano estamento intelectual hay que vivir casi en la miseria: Isabel de los Ángeles Ruano, Julio Fausto Aguilera, Roberto Obregón, Palencia (el Mono que murió hace mucho), Otto René Castillo que se privaba de tantas cosas: No se compraba un plato de exquisita comida en el Fu Lu Sho, por adquirir una valiosa obra que para él valía más que oro en polvo. Y, sin embargo, paisitos con grandes vocaciones en medio de la pobreza y la miseria. Más indigente no pudo ser Rubén Darío y sin embargo llegó a ser la cumbre de las letras de su tiempo, pero pobreteando, casi limosneándole a Estrada Cabrera, por poco y casi llegando a pedir humillada ayuda para tener una muerte más bien rodeada de miseria.

La vocación de literato en esta extensión bananera y explotada por los Estados Unidos se suda con sangre. Para tener una buena biblioteca hay que dejar de tener casa. Yo podría tener otra si vendiera, entera mi biblioteca. Pero sería como quedarme sin ojos. Los ojos del escritor sólo sirven para dos cosas: para leer y para escribir y para ver la belleza (natural o humana) cuando tenemos el privilegio de que se presente ante nuestros ojos.

Y para que veas, querido lector, que lo que le digo no tiene un ápice de mentira, Pio Baroja fue médico y panadero. Sin embargo yo he encontrado más nutrimiento en “La Busca”, que en textos de encastillados intelectuales que nunca han estado hombro con hombro con la miseria.

Unamuno ocupó un sitio más alto pero no fue escritor/escritor. Lo fue a ratos perdidos. Fue rector eterno de Salamanca, diputado, político de oposición a las dictaduras que acunó Alfonso XIII. Pero así, a ratos perdidos escribió una novela revolucionaria en todo sentido, sobre todo en su literaturalidad: “Niebla”, que es una de las cátedras más brillantes en España para aprender a narrar.

Don Ramón María del Valle Inclán y Montenegro (pese a toda esa fila de nombres y apellidos) no pudo haber sido más pobre. Caminaba porque no tenía para el tranvía. Se torturó para llegar a escribir una de las obras más importantes del teatro español: “Luces de Bohemia”, que, en cierto modo tiene fondo autobiográfico, aunque el narrador sea de carácter testigo. “Luces de Bohemia”, todo el dolor, el sufrimiento y la pasión de Valle por el arte, al que estaba dispuesto a ofrendar su vida.

Pero de la España que hablo es como si hablara de la Guatemala de hoy: la del escritor miserable que vive en una bohardilla y que bebe vino del peor para ahogar sus penas. Ya lo decía Asturias. En Guatemala sólo a xxx se puede vivir.

Fuente: www.lahora.com.gt


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