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En 2017: la contumaz memoria, martillante
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 9 de enero de 2017
marioalbertocarrera @gmail.com

Los refranes son falibles como todo lo humano, pero la mayoría de las veces aciertan. Hoy, a primeros de año, quiero traer a cuenta este. El tiempo todo lo cura. ¿Y por qué lo cura todo? ¿Quién es este galeno tan eficaz que así se llama y que promete tanto. Incluso y acaso borrar los recuerdos más cruentos y testarudos?

La sabiduría popular pre freudiana pensaba, y tal vez piensa aún, que en la medida que vamos olvidando vamos sanando. Sanando de dolores, de duras experiencias, del pasado que, inmarcesible, nos desagarra martillando la vergüenza y la culpa. Especialmente de la culpa y acaso del mal de amores.

Lo que sí que es cierto es que para no sufrir olvidamos. Amores imposibles o desleales. Desprecios y marginaciones-frustraciones. Castigos, sanciones o censuras. En una palabra ¡dolor! Porque tendemos naturalmente al placer. Por eso es que la definición de existencia que presidió toda la filosofía de Schopenhauer: ¡la vida es dolor!, nos inyecta tanto desconsuelo. Y acaso el filósofo alemán tenía razón ¿o no nacemos entre un llanto angustiado que nos produce el primer contacto con el mundo?

Pero volvamos al punto de que el tiempo es el gran curandero que nos dota de la venda que lo sana todo y que no regresa y que cuando lo hace, retorna con sus más y con sus menos.

Yo, lector, creo que el tiempo tiene muchos tiempos y que en nuestra memoria hay muchas gavetas. Unas que se abren sin conflicto y otras que se mantienen cerradas para que no escapen los fantasmas que son impresentables. Yo tengo varios o muchos que no deben aparecer porque trastornan e indignan a la familia, a los amigos, a los conocidos o a los colegas. Yo los conozco bien. Uno se llama furia. Otro, cólera. El más afanado, libertino y el menos censurado, comunista. Tengo otros como ateo, impío, irreverente y blasfemo.

Mis archivos se abren según las circunstancias, al menos eso quisiera. Pero para escribir a veces se escapan los que menos debieran hacerlo porque asustan al público presente. Presente en la cátedra, en la conferencia, en la columna o en el libro. Y por eso es que en mí, el tiempo no cura nada. Mi tiempo no es el de la gente normal. Lector, soy un excéntrico.

¿Y por qué hago esta rara mezcolanza de mis archivos memoriosos, con el tiempo en sus tres gigantescas vertientes: pasado, presente y futuro? Porque van de la mano, aunque a veces no lo creamos así. Y por eso, también dicho sea de paso, lector, es que es tan absurdo celebrar el Año Nuevo como si fuera algo muy diferente al Viejo.

En mi tercera novela: Diario de un tiempo escindo, sostengo que en la memoria –al menos en la mía- no hay tiempo: todo en ella es presente. Ya lo dice así Federico en la Genealogía de la moral: Sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria.

El tiempo y la memoria escindidos en mis relatos -podría decir alguno con muy mala intención- que se trata de la descripción de cierto caso de psicosis, como el que buenamente nos retrata Stevenson en su famosa narración. Lo mío es mucho más patológico que lo del padre del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. ¡Mucho más! Claro que a nivel del relato, no de mi vida. Porque yo no soy el narrador de mis novelas. El narrador es un personaje más de ellas. Al principio del curso, esto les costaba creerlo y digerirlo aún a mis alumnos de Teoría de la Narrativa.

Solo hay un tiempo en la memoria: el tiempo presente que contrae y sintetiza contumaz, el pasado y el futuro en la angustia existencial. Da lo mismo que sea en mis archivos 1952 –siete años y Primera Comunión llena de culpa- que 1959 –pérdida de la virginidad- que 2017: arribo a uno de los últimos peldaños de la muerte que se anuncia irrevocable y por instantes aterradora.

Tiempos escindidos en una personalidad medio esquizofrénica: la de mis personajes protagónicos y por lo mismo dentro de un yo como el del Innombrable de Beckett, rodeado por un muro de yoes que no le permiten la comunicación con el mundo, con el siglo.

El tiempo en la memoria ¿es qué tiempo? ¿El de la convención y los acuerdos humanos culturales? ¿O el tiempo de la muerte? ¿El de El ser y el tiempo de Heidegger? Porque el tiempo es también y solamente lo que mide nuestro caminar hacia nuestra propia desaparición. Por eso es que el tiempo asimismo es dolor insoportable, tan insoportable como la ocultación para siempre. Si no fuera tal y tan atormentador no habría Religión ni se habría inventado el más allá, a pesar del Juicio Final -que poco se menciona en nuestros días, lector- pintado en los muros sentenciosos de la Sixtina, que todos miran –pero pocos ven- cuando van a Roma…

Disquisiciones para comenzar el 2017. Sobre el tiempo y la memoria que no olvida y que querríamos que sí lo hiciera. Querríamos una memoria amnésica por más absurdo que parezca.

La amnesia es el mejor antídoto contra el dolor y la vergüenza. Bien lo saben los que han pasado sus vacaciones de fin de año en los apartamentos VIP de Mariscal Zabala. Allí comienza de nuevo el crujir de dientes de un infierno que se renueva en la memoria de Gálvez, el Hombre del Año de la ínclita Prensa Libre, que consagra y descalifica. ¡Ay memorioso Gálvez! tan memorioso como el implacable personaje del culposo Borges.

El tiempo en la memoria –lo sostengo tenaz en mis novelas- es siempre presente. No hay pasado tremendista que se olvide. Ni menos, a La Hora del Ángelus.

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