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Vivir en Guatemala
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 22 de enero de 2017
marioalbertocarrera @gmail.com

Yo, lector, soy un inconforme y, por lo mismo, un desadaptado. Por eso es que vivir en Guatemala es –para mí y seguramente sólo para mí- una tortura tan ilimitada como mi incapacidad hedonista de soportarla. Se requiere mucho cuero vivir en Guatemala y yo no lo tengo.

Yo, lector, tengo una piel demasiado sensible y unos oídos hiperestésicos como para soportar los discursos presidenciales que se han soltado –como gases intestinales- cada uno de los payasos que nos han presidido durante la llamada era democrática, cada vez que anualmente acuden al Congreso a contar una de vaqueros, de parodias y de grandezas inauditas.

Claro que durante la otra era –la del terror de Estado- las cosas eran peores (o acaso mejores porque no fingían) aquellos que como hienas devoraban a los pueblos originarios con napalm. Período de rapaces dictadores que, por turno, nos defendieron del comunismo ateo y protegieron las fincas y las fábricas de quienes nos dan el pan de cada día, sin explotarnos, y sin quedarse con la inmensa plusvalía de la que hablaba Marx…

Vivir en Guatemala, lector, significa atragantarse el pan diario de cada día -entre sorbo y sorbo de hiel bíblica- que brota por los canales informativos: falta de medicinas y de atención en la red hospitalaria que Jimmy –con la cara más dura que jamás se haya visto- niega; como niega que la Educación y la Seguridad continúen por los suelos. Igual que con Cerezo, Berger o Colom. Discursos falsos como los matrimonios modelos donde no existe la bigamia. Discursos falsos que nadie con dos dedos de frente escucha porque son pura paja. Discursos falsos como el colmillo de oro de Vinicio que todavía mama del Gobierno mediante sus anuales tenidas esquipuleras.

Vivir en Guatemala significa anidar las más vengativas esperanzas porque Vielmann Montes sea condenado en España. Tal condena sería un resarcimiento colectivo. Durante siglos, vivir en Guatemala ha significado soportar que un grupo de unas diez familias –educadas por la Inquisición Española- se sientan todavía dueñas absolutas de los cuerpos y las almas de hoy casi 20 millones de connacionales -y sobre todo de originarios- para hacer de ellos lo que la realísima gana les dé. Les dé, a ese grupillo de señoritos satisfechos que, entre otras fechorías centenarias, engendraron la famosa operación Pavo Real que acabó, mediante una ejecución extrajudicial, con la vida de casi una decena de presos, como se hacía antes de la Cooptación de la Bastilla (la Toma de la Bastilla) y la liberadora Revolución Francesa, cuyos aires refrescantes aún no llegan a Guatemala.

Por ello se debe comprender que entrañar un deseo de venganza –además de justicia- como los que yo anhelo, es comprender que tal sentimiento es comprensible cuando se vive en Guatemala, porque en Guatemala la justicia, su garantía y el debido respeto por ella, no existen. No existen, porque en cambio existen –cual operadoras del infierno- una Blanca Stalling, su cuñada y su amiga del alma que preside la Corte y toda una panda de satánicos magistrados y jueces de la corrupción y la impunidad, como los llamara D’Alanesse, el anterior comisionado que presidió la CICIG. No es de ahora que la Corte está podrida. Es de siempre. Como podrido está el Congreso donde abundan las mordidas y los cohechos activos y pasivos de un millón de quetzales o más. Y no digamos el Ejecutivo de Jimmy, con su Juntita, su FCN-Nación-de-chafas y su títere inédito y de confianza el señor Oscar Chinchilla. Al servicio –los tres poderes- del CACIF.

Vivir en Guatemala –lector que sigue estas disquisiciones al azar- es estar siempre listo para ser asustado por los hechos más surrealistas y más sorprendentes. Más que los cuadros atrabiliarios de Dalí o que el ostentoso elefante patas arriba de Efraín, en un país de miserables que debieran tener escuelas y alfabeto, antes que un Teatro Nacional para naciones del Primer Mundo.

Cuando una Corte Suprema de Justicia se encuentra tan podrida como la nuestra, hay que tener una paciencia infinita para vivir en Guatemala. ¿Confía usted en la Justicia nacional? ¿En la Policía? ¿En que existe una Prensa verdaderamente libre que no está vendida a los intereses de la alta burguesía? ¿Confía usted en los diputados -que transan y se dejan sobornar por millones de millones de dólares- y que soportamos porque no nos queda más remedio, aquellos ciudadanos que, inermes, nunca hemos medrado con el Erario?

Vivir en Guatemala, querido lector –para un inadaptado, desajustado y excéntrico como yo- es una tortura. Pero, como país y familia son destino (parafraseando la frase de Freud, que dijo lo mismo refiriéndose a la Biología), no me queda más remedio que morir en Guatemala. Menos mal que ya no me resta mucho tiempo de tortura. La mayor parte de mi vida ha transcurrido.

Vivir en Guatemala para un desajustado como yo -que no entra por el aro del stablishment- significa una frustración del tamaño de la Casa de Dios del señor Luna. Una frustración afincada en el dolor y en el pesar de que –además de todo lo que ya he dicho- en Guatemala no se lee y se publican libros por gusto. Por el placer de ir a sus presentaciones babosas, donde escritores de segunda elogian a escritores de tercera.

¡Qué lamentable es ser escritor y periodista honrado en Guatemala! Porque en Guatemala sólo se puede vivir a pene, diría Asturias, que migró a la Argentina. De otra manera el suicidio es un deber, proclamaría Vargas Vila, que finalmente no se suicido y que fue menos inadaptado que Rubén Darío, gran pontífice de lo que es vivir a pene, entre los azules nepentes del ajenjo.

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