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Una Guatemala realmente democrática, sólo bajo el ala radiante de una prensa ¡de verdad!, libre
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 18 de diciembre de 2017
marioalbertocarrera @gmail.com

Homenaje al recién pasado 30 de noviembre.

Cuando al presidente Franklin D. Roosevelt le tocó escoger cuál de los derechos humanos debe primar y tener privilegios sobre los demás, eligió el derecho a la libre emisión del pensamiento mediante los medios de comunicación, porque comprendió a fondo que la libertad de Prensa avala, garantiza, defiende y fiscaliza al resto de los mismos y de todas las leyes y normas. Que los Derechos del Hombre (como se les llamó en 1789) nada son, y muy poco puede bregar -por sí mismos- si no tienen como aliados incondicional a la libertad de Prensa.

Para ello ¡natural e imperativamente!, la libertad de expresión debe ser irrestricta y con tale carácter, sagrada. Es, para decirlo de manera simbólicamente literaria, el magistrado, el juez principal de los Derechos del Hombre. Por lo mismo, tal libertad ha de ejercerse –de parte de sus agentes periodísticos- con gran autoridad moral (esto es, sin coimas de ninguna clase de por medio) y, por otra parte, con gran sentimiento de la dignidad, evitando en su ejercicio, la injuria, la difamación, el ultraje, la calumnia. Preservando de tal manera su investidura de altísimo relieve en toda democracia. Evitando en lo posible, y cuando se trate de particulares y no de hombres públicos, inmiscuirse en la vida privada.

La libre emisión del pensamiento –de acuerdo con nuestra Constitución y la Ley respectiva- es irrestricta, pero existen restricciones y también sanciones para aquellos que abusivamente la rebasan, rebajando el sitial que debe ocupar en democracia. Hacer un periodismo de chisme y de runrún -cual de comadres- es poner en peligro la enjundia de nuestro fuero de comunicadores. Cuando se usa del papel de periodista para calumniar y difamar sin pruebas o, al menos, sin indicios, es ejercer más bien el terrorismo verbal que fue la profesión de cierto columnista de blog y conocido guatemalteco, que vivió holgadamente del alquiler de la palabra por él rebajada a excremento. El chisme y el chismoso no son ni Prensa ni periodista.

Los que de alguna manera somos los cultores, pastores dignos, sacerdotes del “ni un día sin línea” o dirigentes y directores de la libre emisión del pensamiento, estamos llamados al sacrificio y no al descarado medrar. Algunos mártires del honor, han pagado con su propia vida el ejercicio de la palabra. Ese es el más exigente llamado de nuestra vocación. Desde Alejandro Córdova hasta Otto René Castillo. La defensa a ultranza de los Derechos del Hombre constituye nuestra misión y labor más descollante y acendrada. Sabemos que cuando se oficia el diarismo con refinada vocación, no es fácil ni leve empresa. Decenas de intereses creados en las más altas esferas de la alta burguesía, el Ejército y la política se oponen a tal empuje. Y, por lo mismo, el paradigma de la empresa periodística guatemalteca, es comprable y vendible. Y ejercita la censura y la autocensura de sus trabajadores y colaboradores ad-honorem, inclusive.

Tal modelo de cohecho, de fafa o de coima –sea finamente gerencial o villanamente grosso- nos ha hecho, desgraciadamente y en detrimento de nuestra profesión, tomar ese modelo como normal. Tal y como normal toman padre e hijo presidenciales, el ejerció del delito contable-mercantil.

Nos hemos acostumbrado aquí al soborno, a la compra y al alquiler, a veces atenuando la culpa o justificando el cohecho por necesidad. Por los sueldos de hambre que muchos devengan en los medios, porque en el país a casi nadie se le paga el salario mínimo. Sueldos de Prensa que se devengan arrostrando riesgos constantes, en condiciones casi de pobreza material, de cara a la ya inalcanzable canasta básica o familiar.

Sin embargo, hay otro enorme y contundente muro ante el que se estrella la libre emisión del pensamiento, especialmente desde los fueros de la Prensa. Esta es la muralla de los lamentos del pensamiento que impone ¡implacable!, quien maneja la energía sin límites del anuncio y la publicidad. Ninguna prensa puede ser libre si el comunicador social debe estar vigilante y alerta de cara al manejo, formas y hasta maneras del canal de su expresión. Ejerciéndose autocensura frente a su editor o director que, atrás y como una sombra degolladora del pan de cada día, se alza imperial la del anuncio. Y aquí se vuelve la de Dios es Cristo porque ya no es sólo el dificultoso, de suyo, ejercicio de la libre emisión del pensamiento, sino que tal pensamiento se formule de acuerdo a lo que la clase dominante dispone que es vedad. O “posverdad”, en consonancia con este término (“posverdad”) que la Real Academia Española ha hecho aprobar expresamente al vapor hace cosa de dos meses.

En este punto y último que planteo -de cara a estas disquisiciones que en volandas hago sobre la libertad y la libre emisión del pensamiento- el que resulta ser el más peliagudo es: ¿cuál es “la verdad”? ¿La del editor o director? ¿La del empresario que mediante su publicidad y anuncio sostiene a la empresa periodística? ¿O la del comunicador -dando por sentado o suponiendo que este es un hombre en todo el sentido de la palabra ética?

¿La “verdad” en la Prensa también es un solipsismo?

Sí y no. ¡Qué contradicción!, porque una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo o a la vez. Vamos a ver.

Existe la verdad del comunicador ¡valiente y de rompe y rasga!, que no recibe, jamás, coimas o fafas de ninguna naturaleza. La verdad del medio. La verdad del empresario que graciosamente obsequia su publicidad.

Es que no quiero decirlo. Porque tendría que confesar que, en el fondo en el fondo, no existe la libertad de Prensa. Menos aún, en países tan postergados y abandonados de la democracia como el nuestro.

Pero, ¡que viva el 30 de noviembre, día del periodismo y de la Prensa; y de los medios de comunicación, aunque mal paguen y tanto censuren, no exactamente a mí, pero sí a otros más seducibles!

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