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El dolor de Guatemala
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 20 de febrero de 2018
marioalbertocarrera @gmail.com

El de Guatemala es un viejo dolor. Un suplicio que comenzó, acaso, hace 500 años y que, desde mi pesimista enfoque –no lo niego- es decir desde mi objetiva manera de ver, no encarna (no parece asumir) un desenlace prometedor, un término auroral.

El dolor de Guatemala es insondable. Tan insondable como la avaricia y la gula en el rostro de sus esperpénticos fantasmas de las mineras de plata y oro. El dolor de Guatemala no acabará con la “instrucción” o la “cultura” o con la demagogia que se cacarea por doquier. Acabará sólo cuando se rebelen ¡transgresores!, los dolientes, los condenados de la tierra encomendera.

Leo –en una novísima crítica contra Ortega y Gasset- que el gran pensador “de su circunstancia” nunca vio el dolor de España con realismo a ultranza, con perspectivismo socialista, inmerso en el dolor social. Parece ser –pese a mí gran admiración por él- que el periódico de su propiedad, el piso, la casa, el barrio y la cátedra orteguianas, estaban muy lejos de los cuartos y habitaciones de las colmenas madrileñas de Cela. Dicen sus -ahora acres críticos- que don José sólo podía ver las elegantes cimas aristocráticas de Madrid y que, desde tales elitistas construcciones, las callejuelas, las chabolas las covachas de Pío Baroja –en La Busca- como para muchos en Guatemala, nuestros asentamientos, quedaban escondidos, olvidados o “invisibilizados, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Leo, en esos crispados y despiadados comentarios al padre de España Invertebrada (que igual podría ser Guatemala Invertebrada) que Ortega exigía -para las muchedumbres de La Rebelión de las Masas- una formación más profunda y acaso medio filosófica, cuando lo que realmente necesitaban era urgentemente de pan, igual que en la agonía de Guatemala. Un cocido al medio día que no fuese ni como el de El Buscón ni como el de El Lazarillo… Ni menos como las tres tortillas con chile y un poco de agua de café, que es lo que toman nuestros niños, dentro y fuera de las grandes “metrópolis” chapinas.

Y tras leer tan severas críticas (que tengo que aceptar que están bien elaboradas y mejor argumentadas) estoy complemente seguro de que ante el dolor de Guatemala que arriba comencé a pergeñar, estamos algunos de nosotros (demasiado académicos o intelectualizados) entrando en una alucinación parecida, o aún más desproporcionada, que la de Ortega. Y cuyas entrañas acaso solo la conocen bien los hambrientos -que son la mayoría- ya que, en nuestra adolorida Guatemala, unos 12 o 14 millones de habitantes se van a la cama sin cenar. Y asimismo quienes –ya desde otra perspectiva- con los ojos pelados (como los de Los Ojos de los Enterrados) se ríen con tétricas carcajadas de las torres de marfil guatemaltecas cimentadas, sobre todo, desde las bases de las universidades más poderosas y pudientes del país, en cuyos claustros –al menos de unas tres o cuatro- son evocadas las palabras de un Carpintero que los hubiera echado a latigazos de sus propias y mismas “Aulas Magnas”.

Para Ortega, como para tantos “bienintencionados” políticos y burócratas guatemaltecos, el problema de España era un problema educativo Y, por otra parte, igual que aquí, el asunto fundamental era el desarrollo económico, pero el desarrollo económico de la alta burguesía y, no digamos, de finqueros y hacendados encomenderos
El dolor de Guatemala y su desolación son, para resumir, insondables y colosales. Por el asombro que produce saber hasta dónde la sonda de su alarido puede bajar. ¡Hasta el Xibalbá de los Kamek. Señores de las sombras, como el general Parrales Sonriente, el hombre de la mulita y sus secuaces del poder y del ejército.

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