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La envidia. Don Carnal y Da. Cuaresma. Petronio y Scott Fitzgerald
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 28 de marzo de 2018
marioalbertocarrera @gmail.com

21 de marzo

Yo también he de escribir sobre la envidia, lector, y escribiré todo un tratado en torno a ella. La conozco al revés y al derecho. De ida y de vuelta. Porque yo, sin ser Mozart, he tenido no uno sino un verdadero regimiento de Salieris en mi contra. De toda laya y condición. Sobre todo en dos universidades: S. Carlos y Landívar. Nenitos y nenones lo han sido. He sido intrigado. Me han ninguneado honores sin fin y me han zampado puñaladas traperas también y sobre todo en el lampiño y poco viril espacio de los plumíferos, aunque algunos periodistas, asimismo, no se han quedado atrás. Inmarcesible es el odio –y también la envidia que levanté por las muchas hormonas demostradas- cuando demandé a Prensa Libre en 1986-87.

Doctorados honoris causa me los paso por donde no me pega el sol. El que es perico donde quiera es verde. Con y sin títulos. Yo ya pasé a la Historia -con Medalla Universitaria o la Orden del Quetzal- o sin ellas, porque la calidad de mi obra y de mi prosa no está en discusión. Tampoco quiero regresar a la Facultad de Humanidades. Estuve casi tres décadas en ella y se la pueden hartar entera, con nuevas cátedras y doctorados falsos en Educación ¿Cuál educación? ¿Sin prerrequisitos?

Yo sí que podría escribir un Tratado Sobre la Envidia. Más les vale que no me den cuerda.

23 de marzo

De nuevo, y como todos los años (qué fastidio, que no pueden mutar el son) vuelvo a escuchar sobre que es tiempo de recogimiento y de pensamiento en la Pasión. Y puesto a reflexionar sobre estos días, vienen a mis mientes (como decían los antiguos) las figuras entre épicas y verbeneras de Don Carnal y Doña Cuaresma, primero pintados por Brueghel el Viejo y después dibujados -con divinas palabras- por el nunca bien revalorado Arcipreste de Hita, de quien estuve ¡tan enamorado!, cuando impartía Literatura Española de la Edad Media que, viviendo en 1990 en España, pedí a un amigo llevarme en su auto a Hita para venerar allí, en su propia tierra, al maestro de maestros del “Libro de Buen Amor”. Y allá estuvimos -con Luz y el colega- y derramamos una copa de madroño sobre la tierra del que fue antecedente de Cervantes y su realismo popular.

Brueghel y el Arcipreste creen y representan las guerras entre Don Carnal y doña Cuaresma: el sexo y el erotismo confrontados. La toegónica afrenta entre el bien y el mal.

Doña Cuaresma, con su sardina (que también en el fondo tiene una significación sexual) denuesta, infama y vence a Don Carnal, quien muere durante las fiestas de vida y muerte del Carnaval. Comienza entonces la ceniza. Pero Don Carnal jamás muere. Queda sólo latente en espera del calor y el color del verano con que resucita ardiente –con perdón- como Cristo.

Es tiempo de reflexión, de ensimismamiento. De recogimiento. Cada quien con cada cual. Cada uno a su manera.

25 de marzo

Pensando en aquellas cosas que arriba he puesto me digo, lector, que he de invertir este tiempo pascual en algo más interesante que cargar e incensar y agachar la cabeza, mendaz.

He de hacer -en estos días- un trabajo de comparación. De “collatio”, decían también los antiguos. Una lectura de tres textos casi al tiempo: “Trimalción” y “El Gran Gatsby” de Fitzgerald; y “El Satiricón”, de Petronio, novela –o antecedente de tal género- que influyó notablemente sobre la escritura del estadounidense, dos mil años después. Dos mil años después, siguen viviendo, resucitando y padeciendo los Trimalciones y los Gatsbys. La naturaleza humana no cambia. Ni sus mañas y agonías.

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