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Glosa y adiciones al discurso de Thelma Aldana, al recibir el Premio Nobel Alternativo en Estocolmo
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 5 de diciembre de 2018
marioalbertocarrera @gmail.com

Diarios

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Con la misma esperanza entusiasmada con que termina Otto René Castillo el más famoso y conocido de sus poemas, Thelma Aldana enhebra su discurso en Estocolmo. Dice el poeta:

“Pequeña patria, dulce tormenta mía,/ canto ubicado en mi garganta/ desde los siglos del maíz rebelde:/tengo mil años de llevar tu nombre/ como un pequeño corazón futuro,/ cuyas alas comienzan a abrirse en la mañana.”

Thelma, en Estocolmo, reconocida por su lucha por los Derechos Humanos, comienza tejiendo sus palabras de agradecimiento ante el premio que le otorgan, haciendo una síntesis avezada del perfil de la patria. Ella la ha vivido y conocido desde los escalones inaugurales de su vida profesional: paso a paso. Humilde paso y escalón de los juzgados donde conoció la injusticia secular de su país. Y así lo cuenta en su tenaz discurso ante el Parlamento Sueco. Les dice que somos de diversos colores y lenguas y de distintas culturas y etnias en una cartografía casi tan pequeña como la palma de la mano suya, y cuya diversidad sorprende justamente porque en un territorio así (pequeña patria mía, dice el poeta) cabe tanta policromía.

Pero, indica Thelma que esta suprema diversidad ha generado o ha procurado trágicamente –a partir de la Conquista y la Colonia hasta hoy- racismo y exclusión, por quienes han capturado el poder, en detrimento de la verdadera Guatemala:

“Guatemala también se caracteriza por una marcada exclusión histórica de los pueblos indígenas en general y de las mujeres en particular. (…) El racismo y la exclusión han generado diversas formas de violencia y discriminación estructural legal e institucional, que se profundizan en el caso de las mujeres indígenas”

Thelma Aldana tiene muy claro cuál es la esperpéntica situación social, humana y cultural ¡y sobre todo económica! (me corregiría Edgar Balsells) de Guatemala. Ella no se anduvo con ambages al pintar en Estocolmo cuál es el dramático perfil de nuestra Guatemala ¡en harapos!, tan bien dibujada por Otto René o por Asturias, sobre todo –en el caso asturiano- de la Trilogía Bananera, poco leída por cierto.

Les cuenta Thelma -en Estocolmo, o les recuerda según el caso o persona- que nuestra sufrida y victimizada Guatemala atravesó por casi 40 años de guerra civil. Ella dice, más diplomática que yo que fui diplomático: “un conflicto armado interno”. Y añade refiriéndose a la guerra: “Relato de violencia, condiciones de racismo, machismo y debilitamiento del tejido social (…) que dejó un saldo de más de 200 mil personas fallecidas, 45 mil personas desaparecidas (…)”.

Y aprovechando ese dato que es indiscutiblemente trágico, y que nadie clasificaría como exagerado o hiperbólico sino real y objetivo, Thelma relata -en Estocolmo para el mundo- las razones terribles y traumáticas de aquel espantoso saldo, cuando afirma contundente en contra de quienes simpatizan con la violencia genocida:

“Tuvo como elementos causales la injusticia estructural, el cierre de los espacios políticos, el racismo, la profundización de la institucionalidad excluyente y antidemocrática, así como la implementación de la doctrina de seguridad nacional”.

Aunque clara, concisa y precisa ¡y sobre todo brillante e iluminada!, Thelma no habla como lo diría yo. Por eso ésta es una glosa. Yo diría que la causa principal de la guerra es y fue el hambre: el pan negado ¡con avaricia!, por la alta burguesía semifeudal y empresarial. Porque esa es la razón de toda guerra: la desigualdad y la exclusión de lo fundamental.

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Con gran sentido de la política discreta, Thelma se dirige al Parlamento Sueco, contándole o recordándole que la guerra (digo yo) o sea “el enfrentamiento armado”, dice ella con sensatez, terminó el 29 de diciembre de 1996, con la firma de los Acuerdos de Paz:

(…) “que introducen las bases necesarias para un desarrollo en paz y que auguraban un futuro moderno para el país” y añade con justa desilusión: “pero la falta de voluntad política ha impedido durante 20 años su cumplimiento e implementación”.

Thelma Aldana continúa teniendo fe en los famosos Acuerdos de Paz y, con ella, muchos de sus simpatizantes. Sin embargo, y ojalá me equivoque en mi evaluación de ellos, tal documento fue elaborado en el seno de un gobierno cuyo jefe –y sus consejeros: cerebritos y cerebrales- eran y son el principal soporte de creencia medievales, centradas en una cosmovisión de criollos encomenderos que -justamente y más tarde- han sido los mantenedores de los Ciacs. Y lo peor del caso, es que tales acuerdos también fueron signados –por la contraparte- integrada por los comandantes guerrilleros, pero en plena derrota, esto es, en plena desventaja. No como en el caso histórico y similar de El Salvador.

Pero eso sí, Thelma ¡contumaz y firme!, da fe –asimismo ante el mundo- que tras 20 años, se ha impedido la implementación y cumplimiento de los acuerdos, “por falta de voluntad política”. Yo interpreto -en ésta que es glosa- que eso que ella llama falta de voluntad política, yo la nombraría llanamente: manipulación y turbios manejos de una clase social de extrema derecha, que se prestó ¡histriónica!, a firmar un documento de paz, a sabiendas de que siempre podría implementar recursos de guerra sucia y de explotación, con amaneramientos eufemistas. Además, tras 20 años, esos acuerdos necesitan ser actualizados.

Más adelante en su discurso –y otra vez con las palabras del poeta que dio su vida por la patria esperanzado siempre- “como un pequeño corazón futuro/ cuyas alas comienzan a abrirse en la mañana”: Thelma cuenta en Estocolmo la esperanza que significó –ante tal panorama desolador, de cara a los acuerdos de paz estigmatizados- el nacimiento de la Cicig, comisión iniciáticamente formulada en contra de los Ciacs, que jamás desaparecen y que resucitan como maldita ave fénix en este martirizado país. Y nos cuenta con ilusión:

“De la mano de la Cicig, el Ministerio Público inició una lucha contra la corrupción y la impunidad sin precedentes en la historia del país y con efectos importantes”. Y añade ya en papel de protagonista principal en estos hechos realmente históricos y memorables: “Descubrimos que aquellos aparatos clandestinos de seguridad y cuerpos ilegales de seguridad se convirtieron en redes político económicas ilícitas incrustadas en el Estado. (…) Guatemala se había organizado para enriquecer a los actores del poder y eso es lo que hemos empezado a derrotar. Hoy se sabe que la justicia puede operar para fortalecer la incipiente democracia.”

A partir de allí, las palabras de Thelma en Estocolmo se convierten en un canto esperanzador y así concluyen también: con gran ilusión por el futuro guatemalteco.

En conclusión, este es el mensaje que debemos recibir de Thelma: Se ha dicho que de la mano de Óscar Clemente Marroquín, podrían ser el próximo binomio presidencial que hará renacer la primavera y la mañana guatemaltecas, mediante la guerra a la corrupción y la impunidad, cuyo fruto será la sanación de las llagas históricas del país. Es una promesa suya y de Oscar Clemente, intrépida y valiente.

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