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Diarios
Cavilaciones sobre el tiempo, “el año nuevo” y el nombre de esta columna: “Diarios”
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 9 de enero de 2019
marioalbertocarrera @gmail.com

Diarios

1

La necesidad de escribir un diario traduce el deseo y la urgencia de detener el tiempo, de atraparlo y de no permitir que huya. El tiempo que se va es la proclama y la declaración de que el final –de los finales- se acerca. El tiempo, de alguna manera, de manera cotidiana, queda encarcelado en los periódicos y en las columnas que son crónicas de lo cual queremos dejar un documento, para recuerdo de los que vendrán.

La voz tiempo es dicha y repetida todos los días ¡y muchas veces al día!, casi sin darnos cuenta, porque es una categoría de la razón como lo definiría Kant. Es como si tuviéramos en el cerebro un filtro –el tiempo- por el cual todo tiene que pasar antes de conocerlo, reconocerlo y precisamente categorizarlo. Por eso es que decimos: ¡me falta tiempo para llegar a x lugar! No sé si tendré tiempo para verte. ¿Llegaré a tiempo? ¿Estoy a tiempo? ¿Me alcanzará el tiempo? Y en cada una de estas frases –y de muchísimas otras que podría citar- el tiempo cobra, asimismo, diversas connotaciones, que nunca dejarán satisfecho nuestro deseo –si es que somos capaces de sentir el asombro- sobre la pregunta sin respuesta satisfactoria entorno a qué es este concepto -y esta voz- que resulta inatrapable.
Y todo esto porque estamos en los primeros días de un “año nuevo” -2019- que provoca diversas reacciones en quienes tenemos la suerte ¿o el infortunio?, de desfilar –con ansiedad o al menos con preocupada curiosidad- hacia el porvenir ignoto de sus primeros días.

Un “año viejo” que se va y un “año nuevo” que entra en el pálpito de nuestras venas que se creen renovadas con su arribo. ¿Quiere decir, entonces que el tiempo es viejo y es nuevo. Que se renueva cada vez que envejece sin necesidad de un lifting, sin apremios de un retoque restaurador? ¿Es como una dama de la alta sociedad que pasa por el quirófano y sale tersa, juvenil y nuevamente sexual?

No lo sabremos nunca a carta cabal. Creo que fue San Agustín quien dijo alguna vez (que también era muy de disquisiciones agobiadoras) que cuando en solitario se preguntaba sobre el tiempo sabía lo que es. Pero que -cuando en público se lo preguntaban- ya no sabía lo que es…

Porque el tiempo es como el agua que fluye en un río sin contención: un fluido que se escapa y que en su escape nos conduce hasta la muerte. Lo cree Heráclito así y también Manrique.
Los niños -y también muchos jóvenes en su dichosa ingenuidad- creen que efectivamente -y tal y como los escuchan por aquí y por allá- el tiempo entra y sale a nuestro antojo por los almanaques (que ya nadie usa porque el celular nos dice los meses y los años con gran facilidad) y que unos años envejecen y otros nacen rejuvenecidos. Los años no envejecen. No es el año viejo el que se va. Los que envejecemos somos nosotros desde que nacemos y somos nosotros mismos con nuestras muertes y con nuestros nacimientos quienes creamos el tiempo, si es que el tiempo existe y es -de alguna manera- cuantificable.

Nacer y morir es tal vez la única forma existencial de hacer la cartografía del tiempo. Entre el nacer y el morir está el tiempo de cada quien. Ese es el tiempo tuyo y el tiempo mío. Los demás “tiempos” no nos pertenecen porque el tiempo se termina con tu muerte y con la mía, como todo.

¿Un trágico solipsismo? No. Solipsismo tal vez. Pero trágico, no. Somos la medida del tiempo y por eso morir es como nacer. De uno y de otro hecho no tenemos conciencia. Así que ¿Por qué preocuparnos?

2

De modo –lector- que el nombre de esta columna tiene una pretensión insólita o si usted quiere –porque es de los que oyen- inaudita: la de atrapar lo inatrapable, el tiempo y sus misterios.

Lo único, lo fundamental que determina nuestras vidas es el tiempo. En su cauce nuestra existencia deviene y lo tremendista de este hecho es que, este fluir, nadie lo ataja. Y cuando nos acercamos a su conclusión, o a su fin, nos damos cuenta de lo contundente de su andadura.

Podríamos pintar la Historia de la Filosofía en un solo lienzo de monumental preocupación: el tiempo. Por eso es que los griegos más antiguos creían que el más viejo de los dioses era Cronos. Cronos y Eros, según se discute en El Banquete de Platón, que en realidad fue un simposio ofrecido por Agatón, para hablar de diversos temas.

El tiempo es indefinible porque el tiempo no existe. Puede ser sólo –por un lado- cuestión de mediciones a partir del transcurso de los astros y de la cópula entre la Tierra y el Sol que danzan en los años y los siglos. Por otro, una larga cavilación humana que a ningún lado llega ni, menos, arriba a alguna conclusión. Y que nos preocupa en la media que lo único que podemos reconocer, distinguir y medio aclarar es que en él se produce –y se reproduce- la vida del Hombre.

Detener el tiempo y ser eterno como los dioses ha sido el ideal de muchos, y de Fausto, en los anales humanos, porque la muerte los aterra: nos aterra. Y por eso también hemos inventado las religiones. Todas ofrecen, garantizan y prometen al humano un más allá en que será eterno como Dios, Jehová o Alá. De ello se desprende el gran negocio que es ser rabino, cura o pastor, porque son los que nos despedirán -a la hora y en la hora de nuestra muerte amén- aquí, y nos entregarán al más allá, con un responso ¡y una misa de cuerpo presente!, para mayor aval de que el tránsito será absolutamente efectivo y cierto. Y cierta, ciertísima asimismo, la vida eterna y perdurable y nuevamente amén.

Qué difícil es aceptar que nuestro tiempo acabará un día, un día similar al del año que termina y que no hay un día más (de ese año) después del 31 de diciembre de 2018. Así de sencillo, así de fácil, así de simple y así de humano “demasiado humano.

Pero también –pienso yo en sintonía con Kierkegaard- que no morir sería espantoso, tan espantoso como una eterna cópula sin eyaculación: un como limbo en el que quedaríamos en suspenso, sufriendo y llorando en este valle de lágrimas.

Morir es necesario y es necesario aceptarlo. Es nuestro compromiso con lo intangible y presentido en la intuición cósmica. Debemos morir para dejarles –entre otras razones- un lugar a otros. Así como los árboles que caen derruidos por el tiempo -para heredarle sitio a otros más verdes y ardientes- que los han de remplazar en el espacio, que es la otra categoría de la razón.

En las vísperas de mi muerte hago esta reflexiones porque -si bien o mal me va- tengo unos escasos 10 o 15 años por delante y escribo, lector estos Diarios, para atrapar el tiempo que se escapa como un viento líquido entre los sobrevivientes cabellos de un cuerpo que se inclina ya hacia la huesa. Negarlo sería como negar lo poco que he aprendido en estos 73 años de vida.

Yo quiero esperar la muerte con la misma serenidad con que el capullo deja de pertenecer a la seda y se reclina en la nada.


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