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A.M. López Obrador abre las puertas a la causa zapatista, celebrando a Emiliano Zapata en el Palacio Nacional; y la narcotizada Guatemala
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 23 de enero de 2019
marioalbertocarrera @gmail.com

Diarios

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Por las redes se divulga un video que filma un momento conmovedoramente histórico -inverosímil a ojos de la extrema derecha porfiriana y ubiquista- que, aunque se diga que ya es inexistente y difunta, renace y renace “como cola de lagartija” en las nuevas generaciones, cual –en Guatemala- la de Arzú Escobar. Me refiero al video viral en que un nieto del inmarcesible Zapata da un discurso en el Palacio Nacional mexicano, acto que hospeda, propicia y escucha arrobado Andrés Manuel López Obrador, en el marco del primer centenario del fallecimiento de Zapata (1879-1919) que se conmemorará en México –con pompa y circunstancia- arropado por el horrorizado asombro de la alta burguesía mexicana, que acaso aún suspira por don Porfirio, como tantos guatemaltecos -de la misma condición socioeconómica- ¡anquilosada y atrofiada!, suspiran por los años de la dictadura de Ubico y preservan su “vintage” palacio de la incultura, mamotreto monumental a la ignorancia de la arquitectura -y el arte- con aes mayúsculas. Pero regresemos a México y a sus audacias morenas.

Los dioses y los héroes vuelven a la vida por ciclos y por edades. Emiliano Zapata no resucitó al tercer día. Resucita 100 años después de una muerte prematura, de una muerte en la plenitud de su tiempo, en la tercera década de la existencia –como Cristo- al igual que Cristo y tal vez por las mismas razones socialistas de Cristo.

No hablaba bien el español ni, menos, lo escribía con corrección. Pero entendía las rotundas verdades de la tierra mejor que los doctores en Filosofía, sólo que pobremente vestido y procedente de unas labores de aparcero despreciadas hasta por los “revolucionarios-socialistas de café”. En tan desgarrados atuendos campesinos no merecía ser escuchado o atendido sin voz –ni antes ni después de Porfirio Díaz- el tirano afrancesado y “reformista”, que jamás pensó que existían obreros y campesinos hambrientos y mugrientos, a lo largo y lo ancho del inmenso territorio mexicano, pero en especial en el Sur, vecino y gemelo de Guatemala.

Y para ¡y por ellos, los sin voz!, renace 100 años después de su fallecimiento, en la urdimbre dolorosa y dolorida ¿de la bandera de Morena?, y bajo el alero verde y ubérrimo de las selvas de Chiapas donde ni Madero ni Obregón -ni tan siquiera Lázaro Cárdenas- pudieron o quisieron hacerle justicia al campesino silenciado y humillado, cuyas labores son imprescindibles, pero no sus vidas, no sus sueños, no sus necesidades.

Emiliano Zapata, que murió de 39 años, de hecho fusilado mediante una ejecución extrajudicial por camuflados vicarios de Carranza, no pudo acaso sospechar que iba a reencarnar –hoy en 2019- en hombres que podrían ser sus nietos ¡y en brazos de Morena!, por las mismas causas por las que vivió y murió dentro de la Revolución de 1910, cuya andadura ha sido traicionada ¡largamente!, por el PRI, ante el lema que proclamaba el propio Zapata dando voces altivas y orgullosas y con causa: “¡Tierra y Libertad!”, eslogan conculcado entre las carcajadas de los “Artemios Cruz”, de Carlos Fuentes, cuya estafa y corrupción han reencarnado también, en las impúdicas dictaduras de partido, irónica y justamente en el Partido Revolucionario Institucional, durante muchos años de impunidad.

En la entrega del lunes seguiré hablando de este tema -de crucial importancia ¡hoy! para México y Guatemala, en el dolor que nos une- hablando de y elogiando a Emiliano Zapata, un héroe que debemos compartir los dos países, porque el Sur de Zapata es el indígena Noroccidente de Guatemala: dos llagas abiertas en un costado expuesto y compartido.

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Zapata vino al mundo en San Miguel Anenecuilco, Estado de Morelos, en el Sur de México y por lo tanto en el aún sector más olvidado de la justicia social y del reconocimiento de ese país. Por eso es que ese soldado del agrarismo está resucitando de nuevo en el Sur –cerca de Guatemala- en el corazón de un movimiento (el de su propia familia y en la voz de Jorge Zapata González) que rescata su nombre para bautizar su alegación, sus viejas apelaciones y sus quejas seculares. Trabajó y padeció en las oceánicas posesiones latifundistas y encomenderas de Ignacio de la Torre y Mier (por poco y Aycinena del Marqués) en el ignominioso papel de aparcero, en razón de lo cual tenía que entregar la mitad de lo que cosechaba al distante señor feudal (en la Ciudad de los Palacios), como en los crueles cortijos de “Los Santos Inocentes” de Delibes.

Un día Zapata presenció lo que tantas veces ha ocurrido y ocurre aquí en Guatemala: el despojo a los campesinos de unas tierras sin titulación, pero cuyos derechos de antigüedad eran y son perfectamente demostrables. Ese día se rebela por primera vez (porque en él reencarnará siempre la rebelión de los rebeldes sin tierra) contra el despojador. Un señor que ya poseía mucho (insaciable) y cuyo poder le permitía –mediante las artes nigérrimas de la vieja política “maquiavelesca”- ir expropiando para luego no dejarse expropiar, alegando derechos que le otorgaba una Constitución redactada por la clase social dominante, como la también vigente en Guatemala. En ese momento comenzó la carrera de guerrillero de Zapata, quien creyó en Madero, ayudó a derrocar a Porfirio Díaz y fue traicionado por todos, porque la justicia agraria que exigía el “Centauro de Morelos”, no estaba hecha a la medida de los escamoteos de una “revolución” que, como todas, acaban sirviendo casi solamente para hacer ricos a los nuevos ricos y dejar a los pobres en su misma condición o peor, trágicamente -en mayor proporción- en el sector agrario. Por eso es que los dioses y lo héroes justicieros tienen que regresar con su karma. Si tal cosa no fuera cierta, ellos no retornarían cada ciclo con la primavera, cada tanto con Prometeo y, en cada katún, resucitando con y en Emiliano Zapata. Para que los condenados de la tierra no tengan tierra únicamente sobre los pelados ojos de la muerte. Sólo sobre los pelados ojos, de “Los ojos de los enterrados”.

Estamos en una encrucijada hoy 21 de enero de 2019. El 18 se abrió oficialmente el período de elecciones, aún dentro de un alienado gobierno de un bufón deformado por la ambición desbocada.

Traigamos a nuestra memoria la figura de Emiliano Zapata cuyo centenario de fallecido se celebra ahora en Mexico, con colosal apertura -por el gobierno en turno- que encabeza ¡victorioso!, Andrés Manuel López Obrador, que debe ser inspirador e inspiración en Guatemala.

No podemos continuar en la Edad Media de los seguidores, imitadores y herederos de Álvaro Arzú: la derecha que nos mantiene hundidos en un statu quo lesivo a la dignidad del obrero y del campesino. Ellos deben ser los primeros en la agenda del nuevo Presidente (a) y en las políticas públicas de quienes pretendan dirigirnos desde el Estado, en nuestra representación.

Mi cerebro y mi corazón se enfocan en Thelma Aldana a quien, por sus orígenes humildes, la anima una empatía popular -que no populista- y quien, por lo mismo, puede ser un sabio aglutinador y negociador entre la izquierda y la derecha progresista.

¡Que Emiliano Zapata nos ilumine en el centenario de su glorioso tránsito a la inmortalidad humana!

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