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El Día Internacional de la Mujer: aniversario de Luz ¿y nuestro próximo matriarcado en 2020?
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 12 de marzo de 2019
marioalbertocarrera @gmail.com

Diarios

I

Las encuesta recientemente realizadas en este país de montañas y relatos mágicos –aunque no de Thomas Mann, sino más cercanos a los oscuros engendros de Kafka- nos señalan algo verdaderamente insólito en el territorio antiguamente primaveral: el umbral húmedo, tibio y agridulce de un casi seguro ¿matriarcado? ¿Ginecocracia? ¿O tal vez la dictadura de las beligerantes Amazonas?

Lo que sí que es cierto y objetivo es que las tres féminas que compiten por el solio máximo –o fruto codiciado del guayabal- ocupan en tales mediciones y pulsiones populares ¡los tres primeros lugares!, y los subsiguientes y últimos sitios del concurso y futura elección, un troupe de medio jubilados señores –porque después de los 40 ninguno podemos presumir de juventud que se acaba para la mayoría a partir de tal edad- en la que comienza una supuesta madurez que habría que demostrar -en una prueba o test- ante una corporación de psicólogos.

En resumen y axioma: el próximo Presidente de la República será una mujer y no un hombre. Y quizá con ello estaremos ingresando así a una era más bien de “feminocracia”, término que aún no existe en el Diccionario y que yo lo invento. Al fin y al cabo soy miembro correspondiente de la Real Academia Española, que ya nos permite decir un “putogobierno”, pues ha habilitado oficialmente tal prefijo para el sustantivo, adjetivo o adverbio que queramos. Supongo que pronto dará de alta al prefijo puta (no hay que ser sexista al revés) para poder decir sin inmutarnos: ¡soy tan desgraciado porque vivo en esta “putarepública”! Y digo todo esto de pasada, porque viene al caso en torno al tema que estoy tratando, que es el de un más que posible futuro matriarcado en Guatekafka, encabezado (en las encuestas) por estas candidatas presidenciales: Thelma Aldana, Zury Ríos y Sandra Torres. Las coloco en el orden de mi preferencia y no de las encuestas.

Con el hecho contundente y avasallador de que los señores han quedado a la cola de las mediciones electorales, ciertos valores milenarios pueden caer por tierra y son candidatos a ser sepultados para siempre por un régimen futuro acaso “feminocrático” que termine con el modelo que pontifica que el hombre es más fuerte, más inteligente, más valiente, más responsable, más creador, más racional y más guerrero que la mujer, axiología sostenida por un machismo muy vigente en el país, que se deriva de la entronización del macho colonial y encomendero que somete al ladino y al indio pero sobre todo a la ladina y a la indígena; seres ignorantes de cabellos largos e ideas cortas como predicaba misógino, encantador e ingenuo mi querido Schopenhauer, que nunca se casó ni tuvo hijos como lo hacen con gran sabiduría los colosales filósofos, porque la familia aliena, castra y anula la creación. ¡bien lo sé yo!, tan paradojal en todo.

Pero, ¿cambiará el modelo milenario-patriarcal por el hecho de que cambie el sexo del “personaje” que asuma en 2020 el solio guayabal? ¿Mutarán las formas y los modos de producción y el concepto de propiedad privada que establece nuestra vieja y capitalista Constitución? ¿Se promoverá la igualdad de género que exigen los ODS y los ODM porque el Presidente sea Presidenta? ¿Será aprobada la Ley de Desarrollo Rural Integral o se anularán las reformas que se pretenden hacer a la Ley de Reconciliación Nacional y se pondrá en vigor una Ley del Agua porque el género se alterne en la Presidencia?

Por el momento no me atrevería a prenunciar que tales cosas y hechos ponderables y encomiables se podrían concretar. Desconozco el plan de gobierno de las tres señoras mencionadas. Pero lo que sí puedo afirman contumaz es que el modelo machista y patriarcal seguirá vigente en tanto no cambien las ideologías filosóficas y políticas de los partidos en contienda de los que, por el momento, sólo conocemos vagas teorías.

II

Para continuar o iniciar el debate sobre el tema de qué pasaría al triunfo de una mujer en las próximas elecciones y su virtual posición en la Presidencia, debo desmitificar uno de los términos que empleo en el titular de esta columna, lanzando este axioma: nunca ha habido ni existido matriarcado ni ginecocracia auténticas en ningún momento de la Historia Universal. Ni geográficamente en ningún punto del planeta, a no ser en un pequeñísimo lugar de la China colindante con el Tíbet. El asunto del matriarcado se deriva de meras hipótesis que fijan en tiempos prehistóricos tal forma de gobierno.

Independiente de tal suposición, son los estudios antropológicos iniciados por la pionera Margaret Mead -en torno a la sexualidad- los que demostraron -para el asombro del mundo en 1930- que la definición de género y sexo es totalmente convencional, hecho que chocó frontalmente con las creencias, religiones y culturas de Occidente. La hombría no se define porque el macho salga de caza y pesca y la hembra se quede en casa y cuide y amamante a los hijos. En las culturas de Oceanía, que estudió la Dra. Mead, tales roles funcionan al contrario. Con ello puso en vilo los valores de nuestras religiones que condenan a la mujer a un papel insignificante y humillado y al hombre como jefe de gobierno en su casa y en la presidencia o imperio por derecho divino. No hay libro más misógino que la Biblia sobre todo en el Antiguo Testamento y no se queda atrás el Corán.

Las teorías de Mead y sus sucesoras (entre ellas Luz Méndez de la Vega pionera en Guatemala) y el movimiento mundial de la igualdad de género, es lo que, sin lugar a dudas, ha procurado que 10 mujeres accedan a la primera magistratura en América Latina.

Pero con todo el trabajo de Mead y otras intelectuales -y con todo, también, lo que los diversos movimientos feministas han desarrollado desde 1911- poco se ha emprendido y logrado en países como Guatemala, donde la indígena aún camina dos o tres pasos atrás que su cónyuge y ella es la esclava del esclavo. Poquísimo, porque no se logró tampoco, en el Congreso, una cuota parigual de género y de etnia. El Estado guatemalteco es peor que los tres monos sabios en estos temas cruciales. Por eso es un Estado paria.

Por el momento no veo viable ninguna posibilidad del utópico e imposible matriarcado o ginecocracia. Podría ser “feminocracia” a partir de las luchas feministas. Pero ninguna de las tres féminas –mencionadas en la entrega 1- procede de una tradición de tal corriente. Aunque creo que, sobre todo Thelma Aldana, incluirá en su programa de gobierno un respeto y una verdadera reivindicación de la igualdad de género: es gran amiga de las mujeres de Sepur Zarco y porque sé que conoce a fondo los numerales de los ODS y de los ODM que exigen la equidad de género.

Casualmente -para los que somos incrédulos, y para los creyentes acaso por decisión providencial- una de las mujeres que más luchó, en Guatemala, por los derechos de la mujer y que fue pionera en estas duras e ingratas tareas por la equidad de género, falleció el 8 de marzo Día de la Mujer. Me refiero a Luz Méndez de la Vega.

Compartí con ella lecho, ideales y techo durante 25 años. La acompañé en sus afanes feministas. Sé que le costó mucho. Venía de mundos muy tradicionales. Hoy vive la eternidad con Diótima, Hipatia y Lisístrata y yo -desde esta pequeña Guatemala- aún la contemplo asombrado, y desolado por su ausencia.


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