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La república de los enanos mentales: nuestra Pigmelandia. Cuadro de costumbres
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 23 de abril de 2019
marioalbertocarrera @gmail.com

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El poblacho está habitado por pigmeos. No es cierto que los pigmeos vivan y sean del África. No se ven así, entre las procesiones de Semana Santa, porque bastantes llegan al metro setenta y siete y algunos ministros de In-Morales alcanzan dos metros pero de estulticia. Hay que ponerse unos anteojos especiales que venden en la óptica “El Tuerto Entre Ciegos es Rey” –del Pasaje Rubio- para ver la enanez de nuestros compatriotas en su mayoría políticos pero también “intelectuales”. Estamos en Pigmelandia, mi querido Andrés Niporesas –personaje central de Larra- y nuestro ser interior apenas alcanza noventicinco centímetros de estatura. Y si nadie nos viera ni nos censurara, a todo aquel que alcanzara el metro con cinco –es decir, que sacara un poco más la cabeza que el lívido y amarillento término medio- se la arrancarían con los mismos dientes, hasta sentir su ¡arrogante!, sangre corriendo por nuestras encías, siempre ansiosas de carne sobresaliente pero no sólo sobresaliente sino transgresora.

En Pigmelandia no se sueltan los elogios así por así. A menos que seas menudo y parvo de hormonas: piadoso y religioso. Más bien se reparte para los rebeldes el vituperio y el infundio. Los chances o cargos de importancia no se otorgan por méritos verdaderos sino clientelares es decir, fecales. ¡Menos!, condecoraciones y honores. Para merecerlos hay que pertenecer a la “rosca”, a la cofradía presidencial a la que debemos jurarle no crecer. Como en El tambor de Hojalata de Günter Grass.

En cambio, si entregamos la vida, la honra, el “derriere” por un amoratado grupo de poder –o escribimos una biografía de un vergonzante Presidente recién fallecido- el descolorido y cadavérico “grupete” dirá que somos geniales, grandes escritores aunque seamos la esencia de la imbecilidad; que somos elegantísimos aunque no tengamos más clase que la que obtuvimos en la barriada, que somos doctorales porque sacamos un licenciatura y hasta un doctorado de garaje en una de tantas universidades que pululan en Pigmelandia y que venden carísimos los títulos de “dotor”. Incluyendo a la san Carlos y el caso Baldizón. Si somos tranquilos y no antisistema-transgresor como yo, nos colgarán babosas condecoraciones nacionales porque nos hemos adaptado y somos candidatos al cementerio de elefantes criollos y de linaje.

En el pigmeo país existe sólo la mordacidad, la ironía, la peladera obscena, el “sí pero” y el odio en general para lo que el pigmeo no tiene y que otro sí posee, en especial el talento subversivo. O lo contrario: la excesiva indulgencia y el pronto elogio desmedido sin reflexión cuando la panda o la rosca de corruptos cachimbiros de Palacio –los consagrantes de la coima- aprueban la conducta del iniciado en “política”, en un país en el que muy pocos saben de Política teórica, porque el iniciático es afín a sus intereses explotadores.

Pigmelandia-Guatekafka es un caso ya de gran rareza en el mundo civilizado. “Queer”, pero en un sentido de decadencia. Está habitado por seres con insana codicia y en el que quien sobresale por un verdadero talento transgresor, tiene un solo destino: dejar la tierra nugatoria antes de que te acaben a dentelladas. Este ha sido el camino de algunos que ha preferido ir a pasar penas al principio, pero que final y lentamente fueron reconocidos en extraños sitios: Galich y Asturias, quienes sin venderse a los necios de la aldea, pudieron triunfar sobre el país donde “El Elogio de la Locura” tiene los mejores ciudadanos.

Aunque lo franceses afirman que “partir es morir un poco”, quedarse en Pigmelandia también puede significar la muerte. Porque te lancen al Motagua -como decíamos antes- o porque languidezcas entre fracaso y fracaso, entre negación y negación de los políticos. O lo que duele más, de tu propia cofradía de orates escritores.

Así es Pigmelandia, Guatemala, país de las guapas mujeres y de la marimba.


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