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Policroma y radiante fotografía de la Guatemala profunda
Por Mario Alberto Carrera - Guatemala, 1 de septiembre de 2019
marioalbertocarrera @gmail.com

¡Sí, lector, confieso que hay días que me agradaría ser muy optimista o cuando menos “idealista”. Cultivar la esperanza y fe en general, pero aún más: fe en el porvenir –de cara al nuevo gobierno burgués de Giammattei- y fe en los hombres y mujeres que vinieron al mundo conmigo en el mismo contrastado territorio. Hacerme el ciego para no ver cómo se derrumba la miseria por las covachas de los barrancos en este invierno, ser sordo para no escuchar la querella y la protesta de los niños delincuentes de la calle –no hace mucho tiempo víctimas de la limpieza social- para no tener el deber de escribir entorno al cáncer que corroe los más finos tejidos de la “Guatemala inmortal”, que dice el Himno.

Me encantaría ser optimista para sostener ¡qué descaro!, que la economía del país asciende para los pudientes y gracias a las privatizaciones, a la desintegración de monopolios –otro descaro- al mercado abierto, a la economía de mercado y todas esas chuladas que enseñan en la Marroquín.

¡Me encantaría, pero no puedo! Este es el país donde la Historia ha quedado congelada, detenida, retenida y prostituida sobre todo hoy que se vuelve a hablar de las eternas pero ahora retocadas Ciacs que, según titulares de prensa recientes: “mantienen su poder en el país”. Este es el país-cangrejo que camina para atrás o se queda inmutable. A nada le tiene más terror el guatemalteco de “pro” y posibles, que al progreso y al desarrollo sostenible (PNUD) y aún más, al desarrollo humano que es casi absolutamente excluyente y del cual sólo gozan –en el verdadero sentido de la palabra– las élites privilegiadas. Así las cosas, se ha batallado para que se consolide la polarización de clases entre dos mundos cuya distancia es colosal: el mundo de los que son obligados a no pensar y el mundo de los que sólo piensan para el mal y la ganancia.

La tortura mental de vivir en Guatemala –para los que no andamos anestesiados– es a ratos insoportable. Por eso es que se dice que Asturias sentenció que en Guatemala sólo socado se puede vivir. Hundido en los vapores del nepente los ojos no ven y los oídos no escuchan. También hay muchos que no requieren de alcohol para no ver y no oír: depende de cuánto sea el cañonazo o la aceitada. Así, con esa sordera y ceguera se pasa de noche por el inmenso cementerio de la República y el general Tito Arias va quedando atrás (entre tanto estiércol) sin ver las merolicas sentencias de los jueces comprados –como sacados de “Luces de Bohemia” de Valle Inclán– esto es el esperpento vivito y coleando. Sólo que algunos no podemos o no queremos emborracharnos y no podemos por lo tanto evadir la tufarada de los cadáveres descompuestos de activistas sociales y la grotesca carcajada de las mujeres de la noche.

Hay dos infiernos bien delimitados en este país: el infierno agrario que disimula la mugre y el hambre en el reverberante verde en que se ahoga y se llena de policromía (aparentando el Paraíso) y el infierno citadino, donde la mugre y el hambre se olfatean –en cambio– a distancia inconfundiblemente y donde se mata a sangre fría acaso por las Ciacs, en juicios sumarísimos y ejecuciones extrajudiciales, porque aquí la vida humana –para la alta burguesía y cierta parte del Ejército– vale tal vez menos que la de un perro como esos de pedigrí y que cuestan miles de dólares igual que sus graciosos caballos con que van en los narco desfiles.

Este es el rostro de la Guatemala profunda que con el verde cosmético del invierno disimula sus horrores y sus terrores.


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