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In memoriam
Por Marco Antonio Flores, Guatemala, 3 de abril 2005

Cuando terminaba mi pubertad, a los 13 años, vi por primera vez la imagen de José Manuel Fortuny en un periódico, Octubre, que estaba vendiendo un tío de mis primos en el lobby del cine Palace. Para entonces, aquel nombre era ya odiado por los contrarrevolucionarios. Mi formación era cachureca y estudiaba sólo en colegios de curas, así que yo también participaba de la satanización -sin saber por qué- de aquellos hombres que intentaron darle a este país desarrollo y democracia real.

Cuatro años después volví a ver una efigie de Fortuny saliendo al exilio. Pero yo, para entonces, estaba en pleno cambio de pensamiento. Dos años después caí preso por distribuir volantes del PGT el día que asesinaron a Castillo Armas. Por esos años el nombre de Fortuny se convirtió en uno de mis paradigmas.

A finales de 1962 llegué a La Habana. Allí Fortuny era el delegado del PGT frente a la Revolución: una especie de embajador. Entonces lo conocí personalmente. Era un hombre seco, distante, serio, disciplinado. Así que no pude establecer de manera inmediata una corriente de simpatía, aunque seguía siendo uno de mis paradigmas. Sin embargo, cuando enfrenté un grave problema personal y me recluí más de semana y media en un cuarto de hotel sin salir ni a comer, me citó a su casa, y allí, con paciencia y cariño, me brindó la ayuda y los consejos que necesitaba. Mi respeto por él se hizo definitivo. Salí del bache con su apoyo.

Cuando quise salir de La Habana porque me harté, lo solicité al gobierno cubano, a las autoridades del ICAP. Ramón Calcines me citó en su despacho y allí encontré a Fortuny, quien se oponía a mi salida y quería que estudiara en una escuela de cuadros del partido cubano llamada Lenin. Me opuse y nos enfrentamos. Rompí una amistad que apreciaba. La ruptura duró 18 años. Sin embargo, mi respeto y aprecio no se rompieron.

En 1981, recién llegado a México, al exilio, asistí a una recepción en la Embajada de Bulgaria, a la que habían sido invitadas mis hijas. Cuando llegué, Alejandra me dijo que un señor quería saludarme. José Manuel Fortuny me esperaba; al verme me dio un abrazo caluroso e interminable mientras decía que "sólo yo podía haber escrito esa novela extraordinaria": Los Compañeros.

Desde entonces lo visitaba recurrentemente al periódico Uno más uno, en el que laboraba. A finales de esa década decidí escribir sus memorias. No encontré otra figura de talla histórica más importante que él. Se lo planteé y dijo que no. Dejé pasar el tiempo y la segunda vez aceptó. Durante casi diez meses, una vez a la semana, nos reuníamos en su casa, en la que conversábamos entre tres y cuatro horas. De ellas sólo grababa lo que me permitía. En 1994 el libro se presentó; Fortuny volvió legalmente al país. Asistieron más de dos mil personas a la presentación del libro.

Comencé a verlo cada vez menos. Hace aproximadamente tres años nos despedimos. Me dijo que era la última vez que nos mirábamos. Grabé su decisión de terminar su vida lo más pronto posible. Hace tres días supe de su muerte. Sentí un vacío y una congoja extraños. Siempre respetaré su memoria.

Fuente: de www.sigloxxi.com


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