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Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 4 - 2007

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1944
Por Marco Antonio Flores - Guatemala, 22 de octubre de 2007

Los pepitazos reventaron a las dos de la madrugada; mi vieja, totalmente arralada, saltó de la cama como que le hubieran zampado un tizón entre las nájeras y pegando de gritos corrió despepitada sin saber para dónde (puro espanto con su camisón blancuzco y flojote).

Puta, pensé adormilado, y ¿ahora qué pita se le habrá roto?. En eso tronó muy cerca un tapujazo y sin darme cuenta andaba yo también tatarateando todo atolondrado y descalzo por el piso helado (estábamos a finales de octubre y ya chingaba el friíto). No atinaba que hacer en la oscurana. En eso me topetié con la doña que no miraba dónde ponía las patas y me pegó un aventón: patojo idiota masculló. Encendió la luz en el preciso instante en que tronaba otro cachimbazo y se oían las primeras ráfagas de ametralladora.

Me vió, aulló, metete bajo la cama, no seás mula, y apagó la luz. Gateando y totalmente aflatado me zampé bajo la. La tirazón se extendió sobre la ciudad como granizada sobre lámina de zinc. La bullanga reventaba por todos lados como que fuera la Nochebuena. Sentía los huevos en el galillo y unas ganas insoportables de mear, pero me dije: hay que amarrarse el chile porque está mero pisado salir: una bala perdida y kaput.

Acuclillado, con las tujas y los colchones encima, nos enroscamos agarrados de las manos. Sentía que se me reventaba la vejiga y le tuve que decir quedito: mamá, ya me orino. Que patojo tan ocurrente, dijo entre dientes, y salió gateando del bunkercama. Al chilazo regresó con la bacinica que mantenía bajo la suya y espetó: meate allí.

Sentí el hedor ácido y caliente por los rincones de nuestro escondite, pero respiré con tranquilidad mientras la claridad se arrastraba debajo de la puerta mojando el piso. Estiré las patriarcas y me aflojé.

Al gran rato ella susurró: te vua a calentar un poco de leche, y gateó, aventurando por allá las tujas y los colchones. A pararse iba cuando todo se cimbró del tapujazo: una bomba perdida había desmostolado un lugar cercano, pero yo sentí que la casa se nos venía encima y grité: metete mama, y comencé a chillar.

Me abrazó, estrujó, rezó, me consoló: olía ha guardado, a sudorcito viejo, a mamá. Nos enconchamos otro ratón. Las ametralladoras no paraban de repartir barniz. Menudeaban los cañonazos. En la calle se oían voces, gritos, carreras, somatones; y en las vecindades pláticas, movimiento y, a veces, el charleo de un radio. Como a las ochoescampó un cacho la tirazón y nos salimos del escondite. Ella corrió para la cocina y yo para la calle.

Cabal los de enfrente, los Arroyo parriba y pabajo acarreando cubetas con agua y pegando de gritos. Me les fui detrás y en la esquina de la cuadra me fui a topar con el desbarajuste: el bombazo había hecho posta la casa que había estado ahí; quedaban puros escombros humeantes; unas viejas chillaban somatándose el pecho y unos cuerpos tirados en la tierra, tapados con una sábana ensangrentada. Quise echarles una choteadita pero no me atreví. Me fui regresando todo chiveado para mi chantre. A medio camino me topé con mi ruca que venía emputadísima y que sólo fue verme para comenzar a pegar de gritos mientras se le salían las de cocodrilo y me arrastraba de una oreja que por poco me arranca.

No habíamos llegado a la casa cuando recomenzó la tronazón. Me cargó como dios le dio a entender y rodando, pura pelota, me aventó bajo la cama. Ahí nos agarró el mediodía. No habíamos tramado lo que se dice nada. La leche se había consumido porque al salirme a buscar la dejó en el fuego. Con la tirazón se le olvidó. Las tripas me rechinaban pero no me atrevía a abrir el pocillo. Me fui durmiendo arrullado por la balacera.

Bien cuajado estaba cuando se oyó un gran cachimbazo. De sopetón me espabilé. Ella ya había salido en carrera para la calle. Salí detrás. Todo el barrio estaba afuera. La tirazón había cesado como de milagro. El bombazo le había hecho shó a la bullanga.

Me agarró de la mano y nos fuimos rapidito para la Avenida del Cementerio. Iba repitiendo entre dientes: en lo que paró la bulla, en lo que paró la bulla, ay dios. Cuando llegamos a la quince calle, nos parapeteamos detrás de un arbolón que había y desde ahí choteamos la humazón que se levantaba lejos, por El Amate. Era como si estuviera haciendo erupción el volcán.

Parece el Castillo de San José, dijo como entre sueños uno de los Arroyo que se había venido detrás de nosotros. Una moto con side car, en la iba sentado un muchacho de civil con una tercerola entre
las canillas, pasó levantando una gran polvazón. En sentido contrario pasaron tres ambulancias con la sirena abierta. Parecían almas en pena. Venían del Hospital General. Han de ir para allá, dijo Arroyo quedito, y se fue iyendo despacio para su casa. Nosotros detrás.

La tirazón se hizo escueta, como si la explosión la hubiera puesto triste. Ya no nos metimos bajo la cama. Mi mamá se puso a cocinar unas verduras y unos huevos. Me los pasé como si nada. El estómago me dio retorcijones porque era muy tarde.

Comenzó a anochecer. Ella se fue para la sala, se sentó en un sillón de mimbre amarillo y puso el radio. Dijeron alegres que la dictadura se había rendido y que en su lugar estaba una junta revolucionaria de gobierno.

Cuando sentí me llevaba cargado para mi cama. Me había quedado dormido en el sillón de la sala soñando con mis soldaditos de plomo.

Marco Antonio Flores “Los rollos que quedaron”
Premio Nacional de Literatura “Miguel Angel Asturias” 2006
Cortesía: Roberto Diaz


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