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La noche que renunció Arbenz, en Quetzaltenango
Por Mario Aníbal González - 26 de junio de 2004

Con cariño para mi amigo y hermano José Ángel Cifuentes Vásquez.
El 27 de junio próximo se cumplirán cincuenta años de la caída del Gobierno Revolucionario bajo la presidencia del coronel Jacobo Arbenz Guzmán. Ha venido a mi memoria cómo recibí la noticia de renuncia del coronel Arbenz y otras circunstancias de aquel momento histórico. Los acontecimientos los vemos según nuestras propias vivencias. Trataré de reconstruir una serie de hechos no conocidos por quienes han escrito en torno a la Revolución de Octubre y su caída, pues los acontecimientos nacionales no se viven en igual forma en la ciudad capital que en los pueblos del interior. Yo los viví en Quetzaltenango.

Me cupo la suerte de haber trabajado y ser amigo de un obrero muy especial, don Raúl Pérez, (q.e.p.d.) él había sido designado por Arbenz para ejercer el cargo de Cónsul de Guatemala en San Pedro Sula y por el mes de mayo de 1954, había sido forzado a abandonar su cargo por presiones del Gobierno de Honduras y al regresar informó al Gobierno sobre los preparativos bélicos del Coronel Castillo Armas y la intromisión de la United Fruit Company, los movimientos de los exilados guatemaltecos, etc., esta información se divulgó en la radio TGQ de Quetzaltenango y desde luego mayores detalles nos los relató a algunos amigos y autoridades.
Esto y ante la situación nacional que se vivía, hizo que confluyéramos una noche en una conversación un español republicano, amigo y hermano masón muy apreciado, Carlos Camblor Escobio, que había sido combatiente de la Guerra Civil de España y había comandado un batallón, preocupados por lo que ocurría, surgió la idea de Camblor de lo siguiente: si la situación se ponía difícil para el Gobierno de Arbenz, podría sugerirse que el Gobierno se replegara hacia Quetzaltenango, porque Arbenz era quetzalteco, tenía mucha simpatía y amigos, por una parte, y por la otra, decía Camblor, la situación topográfica de la región y en particular Quetzaltenango, hacía que militarmente fuera factible hacer una resistencia significativa. Razonaba Camblor que se podría colocar baterías antiaéreas en los volcanes, cerros y montañas que están alrededor de la ciudad, que en gran parte del tiempo están protegidos de nubosidades y otros factores topográficos, como los accesos vía la costa sur fácilmente bloqueables a la altura del Túnel de Santa María de Jesús y del lado de la carretera Panamericana se podría cerrar el paso a la altura de la Cumbre de Alaska. Las salidas a San Marcos y costa vía Colomba era conveniente controlarlas y dejarlas expeditas para tener acceso a la frontera mexicana, para garantizar posibles aprovisionamientos, etc.

Después de oír a don Carlos Camblor pensamos que el plan de defensa emergente era necesario trasladarlo de alguna manera a Arbenz y el mejor medio era el Gobernador de Quetzaltenango, don Manuel Aparicio, pariente político de Arbenz y amigo de él. Hicimos contacto con don Meme, así le decíamos, y él lo vio con gran agrado y propició inmediatamente una reunión con el alcalde de Quetzaltenango, licenciado Agripino Zea Magaña, el Comandante de la 5ª. Zona Militar Coronel Pedro Meyer, desde luego don Raúl Pérez y don Carlos Camblor y yo, porque en ese momento era Delegado del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social. Se discutió el asunto y se acordó que Manuel Aparicio lo transmitiera al Coronel Arbenz, por su parte el Coronel Pedro Meyer dijo que lo haría a las altas autoridades militares. Nunca supimos si efectivamente así se hizo. Solo Manuel Aparicio nos dijo que Arbenz agradecía el interés, que no lo creía necesario, pero lo tomaba en cuenta.

Relato lo anterior porque teníamos confianza en el Gobierno, en defender a la Revolución y en ese ambiente nos sorprendió la renuncia intempestiva y desorientadora, sobre todo después de haber oído el discurso del 25 de junio, tan enérgico en la defensa de la revolución.

El 27 de junio, como a las seis de la tarde se produjeron una serie de llamadas de emergencia de distintos lugares a los que hubo de mandar ambulancias del IGSS, pero había solo tres pilotos y cuatro ambulancias, yo decidí, sin que fuera mi obligación, hacerme acompañar de un enfermero e ir a Colomba, donde el doctor Héctor Aragón solicitó urgentemente se atendiera un accidente ocurrido a un campesino. A esa hora salimos a Colomba y retornamos con el herido como a las nueve de la noche, cuando a la altura de San Juan Ostuncalco escuchamos la radio del vehículo y el mensaje de renuncia de Arbenz, esto nos causó un terrible impacto, duda, etc. pero lamentablemente en ese momento el campesino que estaba gravemente herido falleció.

En medio del nerviosismo que se notaba al llegar a la ciudad de Quetzaltenango nuestra primera decisión fue llevar al fallecido al Hospital General de Occidente, y nos rechazaron lógicamente recibir un cadáver en esas circunstancias, nos dijeron tienen que llevarlo al anfiteatro, con orden de juez o autoridad competente, pro después de no poder localizar jueces, Gobernador o Jefes de la Policía, pues se habían desaparecido de la ciudad, ante lo cual y considerando la hora avanzada y las circunstancias políticas, decidimos dejar la ambulancia con su tétrico ocupante frente al Cementerio General, en la entrada del anfiteatro esperando resolver el asunto al día siguiente.

El parque de Centroamérica habitualmente tenía visitantes por las noches, pero ahora lucían calles y parque totalmente desiertos, pues había restricción de garantías y nosotros nos movíamos con salvoconducto por ser miembros del IGSS. Abandonada la ambulancia nos dirigimos con el enfermero a pie, a las oficinas del IGSS, situadas en la calle de San Nicolás, por lo que hubimos de pasar por el Teatro Municipal, como a eso de las 12 de la noche y escuchamos un altoparlante colocado en el local de la Radio Nacional TGQ en la cual estaba como director, mi amigo, José Ángel Cifuentes Vásquez, quien micrófono en mano arengaba al pueblo de Quetzaltenango y de los lugares donde se escuchara la radio quetzalteca, a seguir apoyando al Coronel Arbenz y su Gobierno, negándose a dar crédito a la renuncia, e indicando que en caso necesario el Gobierno se trasladaba a Quetzaltenango. Entré a la radio y José Ángel tenía una escuadra en mano, disparaba al suelo y conminaba a la marimba, creo que eran los Hurtado, a que tocaran Tristezas Quetzaltecas, composición musical muy del gusto de Jacobo Arbenz, los marimbistas, por emoción, eran amigos de Arbenz, o por miedo o por lo que sea tocaban y lloraban y, entre algunos locutores recuerdo a Víctor Salvador de León Toledo, hoy historiador, que decía: ¡Angelito, ya no dispare, nos puede matar! En eso estábamos cuando apareció un camión de la Quinta Zona Militar lleno de soldados bien armados y nos conminaron a abandonar la radio y recogieron el cristal para impedir la transmisión. Salimos con José Angel y otros amigos, a sentarnos a las gradas del Teatro Municipal, a medianoche, a la luz de la luna, profundamente conmovidos y... nos pusimos a llorar. Con esa experiencia amanecimos el 28 de junio de 1954, iniciando varios años de frustración y dolor para Guatemala.

Tomado del diario La Hora - www.lahora.com.gt


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