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El asesinato de Trotsky
Por M. Antonio Montenegro - Guatemala, 24 de julio de 2005

En el 60 aniversario del brutal atentado que puso fin a la vida de aquel genio político, el terrible piolet, que impulsara su asesino con ferocidad, será vendido a algún colector de cosas siniestras. Los detalles del horrendo crimen se conocieron, aunque no todos, porque la trama asesina, había sido tejida por el propio Stalin, en el Kremlin. Ya en 1925 Kamenev había advertido a Trotsky “...Stalin solo piensa en la manera de eliminarlo a Ud. sin exponerse a sufrir un castigo por ello.” (Cita de Julián Gorkin).

Vi el cadáver de Trotsky, expuesto al público en la funeraria Galloso, experiencia que no olvidaré jamás: al acercarme al ilustre muerto sentí gran emoción recordando la grandeza del genio impulsor de la revolución bolchevique, el que le dio fuerza cuando el propio Lenin se veía atribulado. Frente a mí estaban los despojos de quien había rendido la fortaleza de Pedro y Pablo, del jefe de las huestes revolucionarias que, dirigidas por él, habían tomado el Palacio de Invierno asumiendo el poder en nombre del pueblo y quien en los años de guerra, crearía y llevaría al Ejército Rojo a la victoria sobre las potencias coaligadas contra la naciente revolución. Aun en su sarcófago, el rostro de Trotsky, transpiraba su genio. Habría sido el sucesor de Lenin, pero, el destino dispuso que sería México su destino final, en donde le alcanzaría la garra acerada de la GPU.

Su asesino fue condenado a 20 años; la Comisión Penal mexicana ordenó trasladarlo a las Islas Marías, prisión de alta seguridad donde se confinaba a los reos peligrosos y de largas condenas, operación que se confiaba a una unidad militar. Al revisar el listado, mis ojos tropezaron con el nombre maldito: Jaques Mornard, el asesino de Trotsky. Le busqué en su celda, donde un individuo robusto, de tez blanca, cara cuadrada y mirada maliciosa me salió al encuentro diciéndome:

- Yo no seré trasladado, como si fuera un vulgar criminal. La situación se me reveló de inmediato: era el protegido de Stalin, cuyo poder llegaba hasta aquella lejana celda mejicana, llena de comodidades que incluían hasta una nutrida biblioteca.

- De aquí saldré hecho un sabio, o no lo seré nunca, me dijo.
No conversamos ni estrechamos saludos, al retirarme le lancé la pregunta que seguramente esperaba:

- ¿Ud. no se arrepiente de su acción? Cínicamente, viéndome fijamente a los ojos con mirada punzante, me respondió:

- No. He servido una causa.

“Una orden superior” impidió su traslado. Al cumplir su condena desapareció de México. Su verdadero nombre era: Ramón Mercader.
El 12 de marzo de 1953, el Congreso Nacional, observó un minuto de silencio en homenaje a Stalin, mientras las 12 diputados de oposición al régimen, encabezados por el Lic. Clemente Marroquín Rojas abandonaban el recinto legislativo.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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