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¡Viva Arbenz!
por Marco Augusto Quiroa - 27 de junio de 2004

La memoria regresa medio siglo hasta la noche de un largo día sembrado de rumores, taquicardia de pasos apresurados, noticias fragmentadas por tijeras de ansiedad. El miedo cierra puertas y la angustia, gargantas. El viento es aletazo de presagios funestos y en el árbol lejano el cenzontle ha despedido hace rato las últimas luces de la tarde. Las manecillas del reloj forman ángulo de noventa grados y precedida por marchas militares escuchamos por radio la dolida voz de Jacobo Arbenz, presidente constitucional de la República. Todo el discurso, razones y argumentos, caben en una palabra: renuncia. La traición ha triunfado y las treinta monedas de plata encuentran camino hacia el bolsillo de judas, con minúscula. Cae el telón sobre el inédito ensayo que por primera vez devuelve al ser humano su destino pisoteado por botas militares y siglos de opresión. La Revolución de Octubre cerró el negro pozo ubiquista de catorce años de profundidad y clausuró el reino de charpa, vara de membrillo y bala decretada en artículo único por ley fuga. En tiempos del dictador de fuete y ademanes napoleónicos, según certera definición de valioso intelectual, las únicas opciones para el hombre pensante y con ansias de libertad están escritas en la Ley de los Tres Hierros: encierro, destierro y entierro. En diez años de primavera democrática nacen niños con estrella en los ojos y bandera roja para enfrentar el mundo, transformar la sociedad y defender su derecho a una vida mejor.

Ese 27 de junio, las palabras del presidente Arbenz abren hondo silencio de tristeza y el desconsuelo pone crespones de luto en mesas campesinas. Sombras violentas oscurecen programas luminosos y estancias nuevas de reivindicaciones colectivas. Se repite la historia de golpes militares y traiciones estimuladas desde Washington y dando un paso atrás, Guatebuenita vuelve a poner la luz bajo el canasto. Como en otras circunstancias, en espacios distintos, sobre el corazón llueven horas amargas: Es la hora de partir, la dura y fría hora / que la noche sujeta a todo horario/. En la lejana India un hombre de rostro austero y mirada perdida, el primer ministro, Jawaharlal Nehru, interroga a un espejo del tamaño de la intolerancia: ¿Qué clase de colonialismo existe en Guatemala? Apartando con la mano el ronco lamento del océano y el canto de las aves marinas, en medio de la niebla llega Pablo Neruda a la mesa de cedro rescatada de residencias terrenales y mientras un sol apagado lame vidrios de ventana, rasga en el papel con tinta verde: ... profunda / Guatemala / no te enterró la ola / sucesiva / de la muerte / las invasoras alas / extranjeras, / los paños funerarios / no lograron / ahogar tu corola / de flor resplandeciente /. Nunca se recobrará la dulce Guatebuenita de la felonía criolla y la agresión yanqui.

(Abramos paréntesis en la trastienda de la Historia. Dejemos a cómplices de la invasión foránea, a Los Innombrables en lecho de cal y azufre, rumiando retazos de su propio infierno, consumiendo trozos de inmortalidad envuelta en mortaja podrida. No contaminemos el aire mencionando vendepatrias de cintura embisagrada para reverencias ante amos norteños. Silencio y olvido es única recompensa para prestamistas que sumaron su aporte al agravio más grande sufrido por el pobrerío de este irredento y entrañable paisito que nos duele hasta la médula del alma. Hicieron trabajo sucio en la oscurana tapados con chamarra de barras y estrellas, aliados al eterno agresor y llevarán hasta la consumación de los siglos indeleble mancha sangrienta en nombre y apellido. Allá ellos y su tiznada conciencia. No es blasón de orgullo, pergamino testimonial de hazaña, divisa de dignidad, clavarle a la Patria el puñal por la espalda y cortar la flor de la esperanza colectiva. El emblema, el símbolo gráfico usado hasta su extinción como organización partidaria habla por sí solo: daga con cruz funeraria. Más les valiera no haber nacido y ver la luz del sol bajo este cielo).

Después, el presidente Arbenz sufrió acusaciones en libros y panfletos escritos por amigos del diente al labio que le bajaron el pellejo hasta los calcañares, depositaron sobre sus hombros la carga de responsabilidad total del fracaso y con dos que tres golpes de pecho alivianaron el peso de su conciencia. El triunfo tiene muchos padres, la derrota, ninguno. Del enemigo no puede esperarse trato justo, su oficio es desprestigiar, manchar reputaciones, enlodar prestigio. Los propios compañeros pintaron el retrato del caído, señalando defectos, marginando virtudes. Ocultaron bajo el petate rasgos positivos, grandeza de espíritu y magnitud del ideal podado a ras del suelo. Se lucieron sacando al tendedero público los trapos remendados a pesar de que la mayoría cumplió sólo el primer mandamiento del catecismo revolucionario: Hacer la revolución, y olvidó el segundo: Defenderla. Engolosinados con el transitorio poder y obnubilados por el reflector del protagonismo personal, durmieron con los laureles por almohada. La peor cuña es la del mismo palo. Vieja constante en organizaciones de izquierda. Dejémoslo de este tamaño y no se hable más.

El derrocamiento del presidente Arbenz y la interrupción de la Revolución de Octubre salió caro: décadas de gobiernos militares con clausura a piedra y bala de espacios y participación política, represión por pensar diferente y violaciones a los derechos humanos, freno al desarrollo del país y democrático reparto de pobreza, extrema pobreza y miseria. Además, piñata de empresas estatales sin resultados positivos para las grandes mayorías, corrupción institucional y raquitismo del Estado, destrucción del tejido social con más de 200 mil muertos, un millón de desarraigados, 440 aldeas arrasadas. Cincuenta años después seguimos pagando la factura, naufragando en el modelo agroexportador, y en los últimos escalones en nivel de calidad de vida y desarrollo socioeconómico, en situación de dependencia con credencial renovada de limosneros vitalicios y sin respeto ni dignidad ante la comunidad internacional.

Hoy más que nunca, sentimos en carne propia la ausencia del proyecto revolucionario, nacionalista y democrático, y su visión futurista de independencia económica con reforma agraria y justicia social.

Es indispensable, urge, el vozarrón de Roberto el Seco Paz y Paz para gritar al unísono y en coro: ¡Viva Arbenz!

Jacobo Arbenz, coronel,
te dieron en mala hora
la puñalada traidora
tus colegas del cuartel,
hicieron triste papel
y perdieron el aprecio
al ver con total desprecio
la defensa del honor
porque para ellos valor
fue sinónimo de precio.


Tomado de www.elperiodico.com.gt


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