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Gudbai a las armas
por Marco Augusto Quiroa - 4 de julio de 2004
gatoviejo11@hotmail.com

Alberto Lleras Camargo, dos veces presidente de Colombia, secretario general de la OEA,rector de la Universidad de Los Andes y otras hierbas, dijo en los años cincuenta: Los ejércitos latinoamericanos son ejércitos de ocupación en su propio país. Sabias y certeras palabras que retratan de uniforme entero el triste y doloroso papel representado por las fuerzas armadas institucionalizadas como rémora y retroceso con retranca del progreso y desarrollo de esta irredenta región. La Historia, maestra de tiempo completo, enseña que la ocupación de territorios por tropas criollas o extranjeras es pésima práctica y a corto plazo salen chaqueteadas, sacadas a sombrerazos, a echar pulgas a chucho ajeno y tocar su fúnebre música a otra parte. Ejemplos sobran desde legiones romanas en las Galias, napoleónicas huestes en España, nazis en Polonia, rusos en Afganistán, chipilines masacradores en Santiago Atitlán y un largo etcétera a lo largo y ancho de este ingrato y perro mundo. Habría que acuñar otra doctrina de seguridad nacional:para país feliz, ejército chiquito, tan chiquito que desaparezca por presupuesto cero y profilaxis social, y quede reducido a dos que tres cuques ad honórem para hacerle los mandados a la madrina de los juegos florales de Canalitos y a Lencho Patas Planas, rey feo vitalicio de la Usac. De tocho morocho, la milicia nomás ha servido para reprimir a sus paisanos y justificar el viejo axioma heredado del bisabuelo de Gandhi por jipis pasados de moda: “En tiempos de paz los militares espantan moscas y se rascan la barriga, y en tiempos de guerra mandan a pelear a los civiles”.

A ejércitos invasores, prepotentes, abusivos y violadores de leyes internacionales y derechos humanos, más temprano que tarde la situación toma color de hormiga y se ven en trapos de cucaracha para salir airosos y sin rasguños, endosándole la papa caliente a políticos de papel y testaferros incondicionales. Si bien les va, porque de cuando en vez estiran el cuero y patean la cubeta en tan infame misión. Existen documentadas películas de las últimas horas de la caída de Saigón y el desesperado escape con señales de fuga de los gringos y sus lacayos vietnamitas ante el avance de los heroicos muchachos del tío Ho Chi-Minh. A nadie le gusta que alguien por sus pistolas, literalmente, o con pretextos espurios, invada la santidad de su hogar.

Hoy celebran otro aniversario de la independencia en los dominios del señor George doblevé Bush y en la embajada de la veinte calle, diplomáticos y orejas, burrócratas y soldados, brindarán bajo la cama temerosos de las estruendosas bromas de los chicos traviesos de Al Qaeda, bendecidos por Alá, que es grande y misericordioso con sus fieles e implacable y duro con infieles.

Lástima que nunca llega lo bueno para Juana y para Chana, y a lo ancho y largo de Latinoamérica seguimos sobreviviendo en situación de dependencia, aguantando las diarias agresiones del águila imperial y haciéndole fijo al tormento. Aunque dícese que no hay mal que dure mil años. Dentro del libre mercado hecho a imagen y semejanza de sus intereses y apoyados en la caritativa política del gran garrote, se despachan con la cuchara grande, firman tratados en inglés redactados en la oscurana, y aprietan la tuerca en el momento conveniente. Adquieren materias primas a precio de quemazón pero fingen demencia cuando se trata de productos terminados, y sin necesidad de solicitud formal exportan su democracia a países que no la necesitan ni la están pidiendo, pasando la factura al contado en vidas y recursos.

Dos días antes de fecha convenida y hora señalada, los grenchos ejecutaron esta semana el traslado formal del “poder” a lacayos iraquíes, ex agentes de la CIA y compañía, y testaferros de embisagrada cintura expertos en besamanos y lamebotas. En democrática movilización acarrearon reporteros a ojos cerrados para dar fe de tan singular muestra de desprendimiento a los territorios conquistados. Desde luego, entregaron la vaina pero no el machete, la cartuchera pero no la pistola cargada. A pesar de 135 mil cuques armados hasta las muelas con equipo de alta tecnología, se escondieron en fortificado búnker para pegarle la tenta a prestanombres obedientes y no deliberantes. Pareciera que ante las recientes y sincronizadas acciones de la resistencia del pueblo iraquí y temblor de 7.5 grados en la escala del pánico, actuaron bajo el conocido lema: “miedo no tengo, valor me falta”. Llama la atención que don Paul Bremer y otros funcionarios gringos de alto copete asisten a ceremonias oficiales de traje oscuro, camisa almidonada y corbata chilera pero con zapatones de combate. ¿Tienen miedo de machucar algún saltaperico chiíta, sunita o kurdo? ¿O son más cómodos para patear nalgas de prisioneros en cárceles de tortura? A lo mejor es nuevo look para promocionar el uso de productos de empresarios amigos, fabricantes de ginas, chancletas, alpargatas, calzado militar y botas de hule.

En nuestra entrañable Guatebuenita hubo desmoche en distintos niveles de la institución armada y los que se acogieron al retiro forcivoluntario se fueron con panchín sin hacer mala cara ni hablar mal del supremo y superior gobierno y su roedor comandante en jefe. Los generales de muchas estrellas, pecho cubierto de condecoraciones ganadas, heredadas o compradas, y ramas de roble en la cachucha, marcharon a casita a paso redoblado con más de 400 mil devaluadas aves mudas anidadas en el monedero y en escala descendente y por orden de estatura los restantes jubilados con retorcida de brazo. En este singular caso, según informes autenticados por lenguas entacuchadas dignas de credibilidad y con margen de error del 99 por ciento, muchos de los sin cuenta mil cuques buruques sólo existen en la imaginación de los jefes y en los listados oficiales, pero no son personas de carne y hueso, pellejo y pelo. Sueldos, uniformes, botas, raciones de comida y chicles, chocolates, pastillas, engrosan la billetera de los meros tatascanes DEM por hábiles manejos de la omnipresente mano de saraguate.

Revisando costuras y remiendos, ojales y paletones de la camisa de once mil varas hecha a medida para la potencia imperial y los paupérrimos trapos de Paquistán vestidos por ínfimos territorios con ínfulas de país, la conclusión obligada es que tratándose de ejércitos propios o ajenos, de ocupación o desocupados, son las siete plagas juntas de la humanidad y cuarteto funesto de jinetes del Apocalipsis.

Llegará el día que digamos: ¡gudbai! a las armas.

No necesita el país
brutal máquina de guerra
brazos faltan a la tierra
para cosechar maíz,
cortaremos de raíz
la causa de tanta herida
y al estrenar nueva vida
sin cuarteles, con escuelas,
demos trabajo a las muelas
los tres tiempos de comida.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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