Revista electrónica de discusión y propuesta social 
Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 1 - 2004

::::albedrío::::

Revista
Editorial
Artículos
Entrevistas
Noticias

linea

Redacción

linea

Enlaces

linea

SiteMap
Contacto


Otros documentos de consulta

De orden internacional
De carácter oficial
Comunicados

 

 

 

La sierra maestra
por Marco Augusto Quiroa - Guatemala, 25 de julio de 2004
gatoviejo11@hotmail.com

Mañana se cumple el cincuenta y un aniversario del fracasado asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba que inició el camino de la revolución y dio nombre al Movimiento 26 de Julio, semilla germinada bajo la lluvia de la Sierra Maestra y florecida el primero de enero de 1959, cuando el sargentón Batista huyó en la oscurana de la noche y el sol iluminó un nuevo día para el pueblo cubano. Los acólitos de San Fidel llenaron espacios en revistas y noticieros imponiendo un nuevo modelo de combatiente: el guerrillero barbudo y desaliñado por vicisitudes y privaciones de la guerra.

En la Guatebuenita sesentona, bohemio ilustrado y bolito con-suéter-ordinario, luciendo despeinada barba y mugrienta indumentaria por libaciones prolongadas de semanas o meses, sacaron de la trastienda el secular humor chapín y bautizaron el escenario de sus andanzas y correrías con nombre heroico: La Sierra Maestra. Espacio idóneo para batallas libradas a mano alzada con arma calibre 45 grados gay-lussac, sin límite de tiempo ni remilgos de boca chiquita. La revolucha cubana aún gestaba sus laureles victoriosos y no gateaba ni mojaba pañales cuando el ingenio popular bautizó con agua de alambique el callejón del Conejo, cuadra milagrera de la sexta calle entre el mercado central y las talabarterías. Húmeda biosfera y ecosistema vital para hombres de abundantes pelos en quijada y labio superior, y greñas despeinadas, hechos a imagen y semejanza de Fidel e imitación obligada de Camilo Cienfuegos. Para camino largo, trago corto. Quien no aguante el paso tiene oportunidad de arrepentirse porque bolo fondeado se atiene a las consecuencias. Beber a destajo y sin prejuicios neoliberales es cosa de hombres.

No importa que dictaduras militares y dictasuaves civiles ¡en su honor a carcajadas prorrumpid! decreten suspensión de garantías individuales y de las otras, estado de sitio y toque de queda. Aquí se cumple al revés, dijo el seco Pacipaz: garantía de individuos en suspensión, sitio de queda y estado de toque. Comer es costumbre burguesa, era la consigna revolucionaria acuñada en disciplinada dieta líquida y grabada en la cera dúctil de la mollera. El itinerario comprendía viaje redondo del Chapincito al Sin Miserias y de la Huehueteca de don Paco, cruzando calle, al portón de la Bigotuda. En días de suertudo cobro de peaje y aparecimiento de la santísima Virgen con repique de campanas mercedarias y ronca voz de La Chepona catedralicia, cuando billetón de veinte fierros alumbraba pupilas y hacía guaro la boca, era obligado el tour por las joyas de la corona: del Círculo 13 al Mango’s Bar con escala técnica en la capital de Italia o ya sea el bar Roma, donde el octubre sufría efectos inflacionarios a cambio de lunero caldo de mariscos, jueves de frijoles colorados con chicharrón y sabatino ceviche de concha.

La Sierra Maestra era desfile de barbudos en playera, zapatos con aire acondicionado y cincho de pita, y furibundos bohemios recitadores de Neruda, furiosos parroquianos que medían la bimestral parranda con hule canche y fúricos ciudadanos de estratosféricas galaxias que nunca aterrizaban, nomás daban el ranazo. Cívicos espíritus que ante apremiantes gomas de grandes ligas dejaban deberes domésticos propios de su sexo y compromisos adquiridos en mala hora, al responsable grito: ¡el beber me llama! Al primer morcillazo acompañado de atol blanco con tusazo de chile cobanero, ingresaba el pensamiento profundo, ideológico y reflexivo: trabajar es el primer paso hacia la degeneración capitalista.

Como no hay uno sin dos, en pocos meses inauguramos el Segundo Frente del Escambray con sobrevivientes de La Sierra y nuevos adeptos, d e c l a - rando territorio libre la séptima calle entre cine y mercado Colón. Chepe el caldo Alfaro propone que en acto de reconocimiento y justicia, los sobrevivientes de aquella gloriosa guerrilla que libró mil batallas frasco en mano, resistió años de fuego graneado y copiosos aguaceros de tragos de tacón alto, debemos sumar esfuerzos y en ejemplo de unidad granítica, aportar óbolo en rupias, yenes o euros, para fundir y develar in situ, inmortal tarja de bronce en honor de aquellas memorables jornadas sin importar vaso sucio, bocas mosqueadas, jocote verde con sal de paloma, amanezqueras de ajuste centavero y bienvenidas hogareñas con caldo de jetas, patitas en la calle y nalguitas pal rincón.

Debe valorarse el sacrificio de pedalear parejo y sin tregua en la vuelta Guadalupe- Reyes, portar el enlodado suéter emblemático, ganar Premio de Montaña el 24 y 31 y en el sprint final entrar victorioso a la meta el día de Reyes, luciendo arco superciliar zurcido con artísticas puntadas, taquicardia febril en clave morse y pulso apropiado para lloviznar ajonjolí sobre las champurradas. Debería constar en libro azul de efemérides nacionales el sufrimiento de pasar noches dicembrinas alejado del olor a pino regado, ponche piquetero y música de pitos y tortugas en posadas de fraternal espíritu navideño, y despreciar calor familiar por trinchera de cantina, arriesgando integridad física en guarachazo con mujeres desconocidas que hasta de vos tratan y exigen inmediata prueba de amor, y comprobando necedades axiomáticas de disco rayado: a palabras de borracho, oídos de mostrador. Se entone por angelical coro el siquitibin- a-la-bin-bom-bá y se oigan los claros clarines en honor a furiosos compañeros de La Sierra Maestra: lesionados, malheridos, lastimados, lacerados, lisiados, minusválidos, impedidos y con hígado como tabla de chupetero, pero conocedores del verdadero y solidario significado de la palabra ¡salú!

Era “La Sierra Maestra” trinchera de una guerrilla que disparaba alegría a diestra como siniestra, voluntad era la nuestra de hacer la revolución revolviendo cheve y ron, y sin caras ni mal modo empinar despacio el codo hasta ver al Colochón.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


Copyright © El credito de las contribuciones es única y exclusivamente de los autores. El contenido de las contribuciones no representan necesariamente la opinión de la revista; los autores son responsables directos del mismo.