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Queridísimo Maco
Por Marielos Monzón - Guatemala, 2 de noviembre de 2004

Hablamos para acordar cuándo salía su columna “Gato Viejo” en el nuevo programa de Radio Universidad. “Otra vez madrugando, Colocha”, me dijo al otro lado del teléfono, “Avisame con tiempo, así no te hablo dormido”.

Hubo risas de los dos lados y el acostumbrado beso de despedida con su respectivo “Ahí se me cuida”, a lo que me respondió: “La que se tiene que cuidar sos vos, Marielitos”. Esa fue la última vez que hablamos.

Ojalá hubiéramos hablado más tiempo y le hubiera repetido que lo quiero y lo admiro mucho, como le dije en la Antigua cuando presentó su retrospectiva. Porque a usted se le quiere de muchas maneras: como escritor, como artista, como diputado por la Capirucha, como miembro de la Rial, como columnista, como amigo, como referente.

Nos conocimos una tarde en la que nos tocó ser jurado de un certamen de cuentos cortos; la verdad es que no me atrevía a hacer mis observaciones ante la presencia del maestro, y usted, con su acostumbrado maullido cariñoso, me dijo: -A lo mejor y necesitás el micrófono de la radio para animarte a hablar, patoja. A partir de allí todo fue parte de una historia común.

Lo que Guatebonita recibió a través de sus manos, sus escritos, sus cuadros, sus caricaturas y sus ideas va a seguir estando siempre allí: sus recetas para escribir un cuento resultan maravillosas para los que se acercan al mundo de las letras; los cuentos del Gato Viejo son un bálsamo para el alma en aquellas noches cuando el insomnio aprieta porque los problemas crecen. “Basta la victoria siempre”, me escribió cuando me dedicó su libro en La Habana y dibujó un gato viejo y un ratón tierno.

Nos va a hacer mucha falta, maestro. Lo vamos a extrañar. Por suerte y aunque ahora no alcance ni para consuelo, siempre habrá donde encontrarlo; en las páginas de un libro de orillas dobladas y letras gastadas de tantos ojos que lo vieron, en uno de sus cuadros o en las aguas del lago de Amatitlán que guardarán sus carcajadas y sus afectos.

Seguiremos recorriendo las calles y los barrios, los pueblos, sus parques y sus tabernas para ver si Juanito Ixcoy de vez en cuando se aparece y sigue alzando la voz por esos que no la tienen o no los dejan tenerla. Lo queremos mucho maestro, amigo, compañero… hasta que volvamos a encontrarnos.

“No perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta, que tenemos que hablar de tantas cosas, compañero del alma, compañero”.

Miguel Hernández

Fuente: www.prensalibre.com


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