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Guillermo Monzón Paz
Por Marielos Monzón - Guatemala, 20 de junio de 2006
marielosmonzon@hotmail.com

Ni olvido ni perdón, justicia por el genocidio en Guatemala.

Este año se cumplieron 25 años del asesinato de mi papá a manos de uno de los escuadrones de la muerte del gobierno de Romeo Lucas García.

Guillermo Alfonso Monzón Paz, un abogado penalista de 37 años, murió el 27 de febrero de 1981, acribillado muy cerca de su casa, después que una decena de hombres le dieron alcance y lo remataron con un tiro de gracia.

Ese mismo día, siete profesionales guatemaltecos fueron asesinados en distintos puntos de la capital.

Horas más tarde en la morgue, cuando una pariente cercana de mi padre, que trabajaba en la Embajada de Estados Unidos, llegó para identificar el cadáver, un grupo de judiciales se comunicaron a la jefatura por radio y dijeron “ya está tieso el muñeco”. Luego se retiraron.

Yo tenía 10 años y 10 millones de preguntas en la cabeza. El cuerpo de mi padre que fue velado en una funeraria de la zona 9 estaba destrozado, la caja fue sellada a petición de la familia porque su rostro estaba desfigurado. Hubiera querido verlo una última vez, pero mi mamá me dijo que era mejor recordarlo con vida, apagando las velitas de mi pastel de cumpleaños, que habíamos celebrado juntos tres días antes.

Su trabajo como catedrático de Derecho Penal en la Universidad de San Carlos y su tenaz empeño por conseguir justicia, en lugar de impunidad, le costaron la vida. El gran pecado que cometió Guillermo Monzón Paz fue recorrer las cárceles, las estaciones de Policía y los cuarteles, buscando a personas desaparecidas por el régimen militar, interponiendo recursos de exhibición personal y denunciando públicamente los hechos; quizá también haber escrito un libro sobre la violencia institucionalizada en el país durante el régimen de Lucas hizo que firmaran su sentencia de muerte. “El compromiso le costó la vida a tu papá”, me dijo un compañero suyo, que fue asesinado tres días después.

A mi nadie me lo contó, yo viví en carne propia la represión que le costó la vida a cientos de miles de guatemaltecos, incluido mi papá. El terror era parte de la realidad cotidiana en el campo y la ciudad durante las dictaduras militares de los años 80 y sí hubo genocidio, aunque ahora haya quienes quieran disfrazarlo de lucha “anticomunista”.

Veinticinco años hace que murió un hombre justo, 25 años hace que aldeas enteras fueron borradas del mapa por la tierra arrasada, 25 años hace que en cárceles clandestinas, morían torturados hombres y mujeres que hoy engrosan las listas de los desaparecidos. Eso fue lo que Lucas García hizo y lo que continuaron haciendo sus sucesores. Eso fue lo que este general genocida pudo olvidar por una enfermedad que quitó el recuerdo pero no la culpa.

Si en este país, 25 años después, no se ha hecho justicia, bienvenida sea la justicia universal, en la persona de un juez español o en la que sea. El genocidio, la tortura, la desaparición forzada no se perdona y no se olvida, ni con Alzhaimer, ni con tiempo.

Fuente: www.prensalibre.com


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