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Detrás de la mano dura
Por Marielos Monzón - Guatemala, 23 de octubre de 2007
marielosmonzon@hotmail.com

Otto Pérez Molina: “Continuamos con la marca a través del eslogan de Mano Dura”.

Durante los peores años de la represión en Chile, el general Augusto Pinochet se dio a la tarea de explicar que su gobierno era de “mano dura”. Fue precisamente él quien acuñó el concepto que luego se extendió por toda América Latina y que fue utilizado por los dictadores y los represores para justificar la tortura, las desapariciones masivas, las ejecuciones extrajudiciales y las violaciones a los derechos humanos de la población civil.

“A mí no me tiembla la mano, mi puño está firme y duro”, arengó en una oportunidad Anastasio Somoza para responder a los familiares que se habían concentrado frente a la sede del gobierno nicaragüense, y quienes exigían la aparición, con vida, de sus seres queridos, secuestrados por los escuadrones de la muerte organizados desde el Estado.

La mano dura rápidamente se asoció al autoritarismo, al uso de la fuerza al margen de la ley, a las acciones de exterminio masivo practicadas por los ejércitos centroamericanos y a los planes de terror como el Plan Cóndor o la Tierra Arrasada. Por eso, no nos gusta la mano dura.

Pero no solo está asociada a las dictaduras; miles de mujeres que han sido víctimas de maltrato y violencia intrafamiliar la han escuchado una y otra vez: “En esta casa hay mano dura, aquí el que manda soy yo”. Los testimonios hablan por sí solos, la mano dura en la familia tiene que ver con el abuso, el uso de la fuerza bruta, el acoso y la violación sexual, con el terror y el miedo. Por eso, no nos gusta la mano dura.

Muy cerca de Guatemala, en El Salvador y Honduras, el término se hizo popular en los últimos años. Mano dura, mano súper dura y mano recontra dura, son los nombres de los planes impulsados desde los gobiernos de esos países para combatir el crimen y la inseguridad en las zonas rojas; en especial, para hacer frente a las pandillas juveniles.

Los desastrosos resultados de estas estrategias, cargadas de un altísimo componente de estigmatización hacia la juventud, están a la vista: no solo no se disminuyó la violencia, sino los crímenes aumentaron. Por eso, no nos gusta la mano dura.

Las mujeres estamos cansadas de la mano dura; las hijas e hijos de los muertos y desaparecidos durante las dictaduras no queremos más mano dura; los jóvenes de las villas de miseria, que son estigmatizados y detenidos únicamente por su aspecto físico, tampoco la quieren sufrir más.

Para miles de personas, “mano dura” no es un concepto en el vacío, una marca o un eslogan de campaña; es una concepción de la forma en que se ve y se entiende el mundo, en que se plantea el modelo del Estado, en que se forja la relación entre las personas, en que se concibe la aplicación de la ley. Hace falta más que cabeza y corazón para convencernos de que esta mano dura que se nos ofrece tiene un contenido diferente.

Fuente: www.prensalibre.com


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