Romper el silencio
Por Marielos Monzón - Guatemala, 10 de marzo de 2010
Para la mayoría de las mujeres guatemaltecas la vida es cualquier cosa, menos sencilla. Son innumerables las dificultades que hay que superar en casi todos los ámbitos. Nacer mujer en un país como Guatemala supone ya una desventaja, porque la desigualdad imperante en los planos económico, social, educativo, político y cultural —por citar unos cuantos— es aplastante. Si a esto se suma la discriminación y exclusión que sufren los pueblos indígenas en nuestro país, ser mujer e indígena supone una doble discriminación; que se vuelve triple cuando se nace en un hogar de escasos recursos.
Por si fuera poco, a estas desigualdades se suma la violencia permanente que en sus múltiples manifestaciones sufrimos las mujeres todos los días. Violencia física, sexual, económica, verbal, intrafamiliar, que tiene como respuesta la indiferencia y el silencio, que se transforma en impunidad. Entre el 2004 y el 2009 se contabilizaron tres mil 640 mujeres asesinadas; del 2004 al 2008 se reportaron cuatro mil ciento 35 mujeres lesionadas —el 71.65 por ciento con armas de fuego—; y entre el 2005 y el 2009, el Inacif reportó siete mil 900 casos de violación sexual, de los cuales solamente 213 recibieron una sentencia condenatoria —impunidad de 98 por ciento—.
La exclusión, la discriminación y la violencia contra las mujeres son históricas. Como histórica es la impunidad que impera frente a las exigencias de justicia por los múltiples crímenes que se han cometido y se cometen. Pero histórica también es la lucha permanente que miles de mujeres han librado desde diversos espacios con el único objetivo de garantizar sus derechos y alcanzar la equidad. Mujeres, que a pesar de todo han reivindicado su condición de sujetas políticas, han roto el silencio y se han convertido en actoras clave e impulsoras de procesos, que una vez iniciados, no tienen marcha atrás.
Lo ocurrido durante la realización del Tribunal de Conciencia contra la Violencia Sexual hacia las Mujeres durante el conflicto armado es una muestra de lo que afirmo. Con valentía y convicción en la búsqueda de verdad y justicia, para sentar un precedente y que estos hechos no se repitan, nueve mujeres que fueron violadas y torturadas dieron su testimonio, narrando los horrores cometidos por quienes usaron sus cuerpos como arma de guerra. Pero no hablaron como víctimas, sino como sobrevivientes, con el coraje de quien busca romper el silencio para que a partir de la verdad se garantice dos derechos fundamentales, el de la justicia y el de una vida segura para todas las mujeres.
El origen del 8 de marzo se remonta, cien años atrás, a la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, reunida en Copenhague, cuando se proclamó el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, a propuesta de la dirigente revolucionaria alemana Clara Zetkin, como una jornada de lucha por los derechos de las mujeres. La propuesta fue aprobada unánimemente por más de cien mujeres procedentes de 17 países. En 1917, reivindicado por primera vez el 8 de marzo en las calles, las obreras bolcheviques rusas en San Petersburgo, enfrentando las tropas zaristas, que cargaron contra ellas a sable y bala, dieron una muestra más de su coraje y valentía, con la primera gran manifestación que inició el proceso que culminó meses después en la Revolución de Octubre. Mujeres de ayer y de hoy, con un compromiso inquebrantable y una incansable lucha por transformar un sistema opresor, individualista y excluyente.
Fuente: www.prensalibre.com.gt |