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Juventud y Juventudes: Apuntes para la reflexión
Por Mario Castañeda - Guatemala, 2 de septiembre de 2005

Para construir nuestro sueño, han escogido un camino por donde no va nadie.

Jimmy Page
Led Zeppelín

Guatemala ha vivido muchas etapas difíciles y pocas realmente esperanzadoras a lo largo de su historia. Desde la conquista y colonización, pasando por la época independiente, luego las pugnas entre liberales y conservadores y sus correspondientes formas de dominio, un respiro democrático de diez años, dictaduras militares y “civiles” e intentos de construcción de una democracia participativa. Las juventudes han sido vitales para reproducir una o varias formas de control, o bien, para reivindicar espacios de participación y lucha.

A partir de la invención criolla del indio no como sujeto que piensa y siente, sino como productor de riqueza para la Corona española y posteriores grupos de poder, las y los jóvenes han transcurrido por generaciones en un plano donde sus contextos geográficos, culturales, económicos y sociales, han determinado su accionar en relación a las transformaciones de nuestra diversa y compleja sociedad.

Separados por lo urbano y lo rural, dimensiones que polarizan al civilizado del incivilizado o salvaje, y que diferencian el progreso del atraso, las y los jóvenes generalmente han sido vistos y tratados como unos que deben asumirse inferiores y subordinados. Primero, por ser “jóvenes”; segundo, por ser “incapaces” de pensar y decidir por sí mismos; tercero, porque las convenciones sociales les obligan a actuar de determinada forma en función de aparentar o mantener un status que garantice la reproducción de un sistema determinado; y cuarto, porque el imaginario colectivo ha sido constituido en base a referentes simbólicos que generan estereotipos destinados a que la y el joven ocupen un lugar específico según los deseos y necesidades del adulto, el autoritarismo y el capital.

Ejemplo de ello es que en el componente humano que conforma el Ejército de Guatemala seguramente nunca vamos a encontrar con el grado de cabo o simple soldado a un joven de apellidos Arzú, Berger, Botrán, Bosch o Gutiérrez (apellidos ligados comúnmente al sector empresarial oligárquico), situación que no viene de hace pocos años sino desde el sometimiento al trabajo forzado durante la colonia con la mano protectora de la Iglesia y los posteriores gobiernos liberales.

Durante la primera mitad del vigésimo siglo se evidencia un desarrollo en las formas de lucha, precisamente donde existe una participación juvenil con un alto grado de incidencia coyuntural y de una permanente reflexión y acción en torno a la necesidad de hacer cambios trascendentales.
Las caídas de Manuel Estrada Cabrera, Jorge Ubico y Federico Ponce Vaides durante la primera mitad del siglo XX, fueron posibles por distintos sectores sociales urbanos de las capas medias y altas, entre ellos, jóvenes que tenían ya contacto con corrientes de pensamiento llegadas de países en procesos de liberación que permitieron analizar no solamente la intensidad del autoritarismo sino también su fundamentación ideológica y aplicación deformada de las ideas liberales, y sus relaciones económicas basadas en la finca del café como eje de control.

De 1944 a 1954 gira totalmente la forma de entender y recrear la sociedad. Puede generalizarse el avance que en muchos sentidos Guatemala comenzó a tener con el gobierno del filósofo Juan José Arévalo en educación, en el marco jurídico y constitucional, la dignificación y organización laboral, entre otros; con ello, las juventudes pudieron construir a la par de un Estado más incluyente una participación productiva y política que fortaleciera el ideal de nación soberana e independiente, elementos que comenzaban a asentarse con el siguiente gobierno revolucionario representado en el Coronel Jacobo Arbenz Guzmán, quien sería derrocado por la CIA y la derecha extrema guatemalteca representada por jóvenes aglutinados en el Movimiento de Liberación Nacional.

Después de la intervención estadounidense de 1954 la situación se tornó áspera para ejercer las libertades individuales y de asociación. Comenzó a formarse el cerco que buscaría por todos los medios desarticular las formas de lucha que el compromiso, el contexto y la creatividad permitían y exigían. Las y los jóvenes de nuevo aparecen como actores que se encaminan a la búsqueda de la democratización del país y detener la imperante corrupción.

El movimiento del 13 de noviembre de 1960, las jornadas de marzo y abril de 1962 son dos ejemplos de una larga cadena de resistencia influenciada en alguna medida por el triunfo de la Revolución cubana y condicionada por el contexto latinoamericano, la guerra fría y la gradual conformación del Estado contrainsurgente que, bajo la sombra de Estados Unidos, echó raíces profundas para reformular el control social, el control del joven rebelde, del hippie, del rockanrolero, del revolucionario, del guerrillero, del que transgrede los valores que la Santa Iglesia y el Santo Estado imponen, del que se organiza, del socialista, del comunista, del que piensa por sí mismo y del que dice NO a la imposición de conductas.

Sucederían dos décadas de represión, secuestros, torturas, violaciones y asesinatos que obligaron a miles de personas a buscar el exilio, otras a incorporarse a la lucha armada y la lucha sindical y popular, y otras a convertirse en actores del Estado contrainsurgente. En todos lados, hombres y mujeres de diferentes edades pero muchos jóvenes -particularmente indígenas- fueron reclutados por el Ejército y obligados a realizar los actos más aberrantes en contra de la misma población indígena: Desaparecer aldeas, torturar, violar, asesinar a sus familiares, y en sí, a ser emisarios de la destrucción para evitar que el comunismo se radicara en el país y ejercer de guardaespaldas de la oligarquía guatemalteca.

La democracia llegó a mitad de la década del 80, un lustro después de las peores masacres realizadas por el Ejército, llegó vendida como una cajita de dulces y se compró con elecciones que le dieron a la estrella blanca sobre el fondo verde (símbolos que identifican al partido Democracia Cristiana con un supuesto fundamento ideológico de izquierda moderada), el triunfo y la imagen pacificadora que al fin de cuentas, y en acomodamiento a sus intereses aparentó una apertura democrática, con la que se seguiría asesinando población indígena y desapareciendo líderes estudiantiles, obreros y campesinos, y a la vez transformando los escenarios políticos y económicos para que en la década del 90 las transnacionales se posicionaran con sus medios de comunicación e insuflaran el consumismo, de una forma más descarada.

Este reacomodamiento del escenario nacional tuvo desembocó en la negociación y conclusión de los Acuerdos de Paz que terminaron de firmarse en 1996 y con los que se dio fin al genocidio estrictamente militar en Guatemala, entendida esta atroz política bajo el discurso institucional de Conflicto Armado Interno. Los Acuerdos de Paz, más que una apropiación de la sociedad fueron un cortometraje en exhibición durante algunos meses, los cuales han quedado relegados ante la democracia partidista y electorera, la cosificación del individuo (especialmente de la fuerza laboral infantil y adolescente) y la creación de necesidades que el capital impone.

Pero toda esa dinámica de decenas de años debe llevarnos ahora a pensar en cómo las y los jóvenes quieren pensar y ser pensados. Si la participación de las juventudes ha estado ondulante entre un punto y otro, siendo su expresión actual la indiferencia ante los embates del siglo XXI, es porque han existido condicionamientos, aciertos y errores históricos y estructurales, imposición y inexistencia de un diálogo intergeneracional, simple mistificación de una libertad que tanto derechas como izquierdas al final controlan bajo la idea del partido como centro jerárquico del qué hacer político, de mostrar la política como una acción partidista que le dice a la y el joven qué hacer y no como un ejercicio de reflexión y participación verdaderamente ciudadana, o al menos, permitirle decir qué piensa y qué desea hacer para sí y para el país.

No es de extrañar que actualmente los intelectuales estén produciendo cantidades de libros sobre juventud para que los lean sus amigos intelectuales y se guarden en las bibliotecas en vez de compartirlos o facilitar las herramientas que le permitan a la misma y al mismo joven crear y recrear su historia, la de su entorno; ser libre de elegir sus formas de lucha (es claro el ejemplo de América del Sur con métodos alternos de resistencia juvenil como respuesta al Estado y al control que las organizaciones de izquierda tradicionales creen tener y no han podido o querido superar), espacios de socialización y de construcción de identidades.

La juventud de Guatemala todavía canaliza su inconformidad de manera dividida. Existen cientos de organizaciones de diferentes tendencias y colores, muchas religiosas evangélicas, católicas; también las hay de izquierda -conformadas por poca cantidad de personas-, sumado esto a la ausencia de la participación estudiantil universitaria que hace 20 años se contaba por miles y que hoy no son más que 400 que intentan organizar y mantener un movimiento universitario.

Evidencia de ello fue el escaso apoyo que se tuvo a nivel nacional en las movilizaciones contra la aprobación del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centro América y República Dominicana, y la Ley de Concesiones para explotación de recursos minerales en el país. Después de varios días de protestas que no sumaron más de 50,000 personas de 12 millones que hay en todo el territorio , la Policía Nacional Civil y el Ejército de Guatemala se encargaron de asesinar a dos maestros y provocar la amputación de la pierna de otro, los tres eran docentes del área rural. Durante los disturbios fue fácil dispersar las marchas pacíficas, encarcelar alrededor de 15 jóvenes universitarios y de educación media y de girar órdenes de captura a líderes sindicales, aun sabiendo los derechos establecidos en la Constitución Política de la República; con ello afloraron las contradicciones del movimiento social y su debilidad en conjunto.

Esto lleva a pensar que tampoco debe caerse en una percepción de la y el joven que se queda encerrada/o en que es víctima exclusiva del capitalismo salvaje y de la represión estatal, porque entonces se negaría su capacidad de inventiva y se le reduce a la dependencia cultural y económica de las agencias de Cooperación Internacional, las cuales, desde la firma de la paz hasta la fecha, han fomentado “formas de vida libres” con fantasías postmodernistas que se expresan en figuras idílicas de nuevos y superficiales Ché Guevaras (que nunca llegarán a ser como el humano, teórico y práctico Ernesto Guevara de la Cerna), consumen cerveza Gallo producida con capital oligárquico, hacen la revolución en las Cien Puertas (bar ubicado en el centro de la capital al que acude la mayoría de jóvenes guatemaltecos y europeos que tienen vínculos con ONG´s), manejan un discurso políticamente correcto reivindicando posicionamientos que simplemente no empatan con su condición de clase y el entorno de donde vienen, y cuya herencia colonizadora tiene siempre diversas formas de reinventarse y mantenerse en esta Guatemala y en nuestra América Latina.

Aunque existen muchas organizaciones juveniles en Guatemala, juventudes de partidos políticos, organizaciones que reivindican la memoria histórica, las víctimas del genocidio, la diversidad sexual y cultural (pero escasamente su posicionamiento de clase), su trabajo no ha llegado a articularse en función de la transformación local y nacional.

El pensar en la juventud como concepto visto desde el desarrollo biológico y en las juventudes como expresión diversa con sus propias características geográficas, culturales, económicas, políticas y sociales, implica una práctica de lo más horizontal posible, donde quepa el diálogo intergeneracional, donde las y los verticalistas ya no digan qué tienen que hacer las y los jóvenes para ser aceptados en procesos transformadores, sino que ellas y ellos creen sus procesos; donde las palabras, los gestos, los pensamientos y las acciones no sean juzgadas como imprudentes solamente por ejercer conciente y libremente la expresión de una voz propia, de voces diversas; donde la censura no se manifieste argumentando que ahora no es el momento, que las condiciones no están dadas, donde se construyan realmente acciones independientes que eviten poner la mano para seguir recibiendo ayuda de la Cooperación Internacional, la cual, solo fortalece la dependencia económica y la transformación de identidad hacia modelos diferentes al nuestro, donde exista conciencia de clase junto a una lucha integral donde lo cultural, político y económico sea analizado permanentemente, donde la importancia de un discurso y una práctica realmente comprometidas en la cotidianidad con los procesos transformadores sea tangible, donde la emoción no pese más que la razón y permita planificar a largo plazo organización y acciones que transformen, y hasta que el adulto deje de tener miedo a que las y los jóvenes podamos rebasarlos en su liderazgo y supuestamente desplazarlos de sus espacios de poder.

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