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La propiedad privada de la izquierda
Por Mario Castañeda - Guatemala, 24 de septiembre de 2007
marioecastamal@yahoo.com

“Hay una pregunta metodológica fértil para entender el fenómeno social según nuestra experiencia de vida, de difusión y de academia: interrogarse siempre y con profundidad acerca de “cómo ha quedado constituido el momento actual”, indagar a partir de qué contradicciones sociales, de qué confrontaciones, fuerzas, límites y posibilidades estamos habitando en este instante al que denominamos presente. Hacer el ejercicio de respuesta a tal interrogante habilita a quien reflexiona no solamente una mirada histórica sino que le exige ver las tendencias en pugna que se sintetizan en eventos puntuales de lucha, de quiebre, de luto o de gozo.”

Raquel Gutiérrez Aguilar / Luis A. Gómez
Los múltiples significados del libro de Zibechi
Prólogo del libro: Dispersar el Poder. Los movimientos como poderes antiestatales.
Raúl Zibechi

Después de que los resultados electorales mostraran la realidad de la izquierda partidista, he percibido a través de correos y pláticas con personas conocidas que están inmersas en los espacios donde se mueven las dispersas expresiones de esta corriente ideológica con y sin “membresía”, que hay una necesidad urgente y además histórica de pensarse en el escenario actual y en los que la derecha y los dueños del capital han diseñado para que sigamos siendo parte de ese temible engranaje en el futuro.

Pero queda solo en eso. En esa urgencia que se hace eterna y no es considerada como práctica; no solamente de pensarse, sino verse frente al espejo, abrir los ojos para ver las distintas posturas desde otra perspectiva, escuchar los aullidos solitarios que han estado clamando por democratizar la lucha, la resistencia y la participación, pero no la unidad.

Es preocupante ver la posición post-mortem de la ANN y el agonizante suspiro de convalecencia que URNG-MAÍZ gime. Previo a la campaña electorera, ambas agrupaciones se disputaban la marca registrada de un posicionamiento ideológico del cual –comprobado a través de los votos que emitieron y con los que legitimaron la satisfacción de la derecha- la población ya no siente ni la menor intención por descubrir de qué se trata. Lo peor es que todavía la pelean en sus comunicados como trofeo de una gran victoria, cuando son palabras de derrota que solamente culpan al sistema y de manera verticalista responsabilizan a algunos de quienes participan en sus agrupaciones.

Y es que el aferrarse a un pasado de lucha que no ha sido analizado plenamente dentro de sus militantes, donde todavía el discurso sigue siendo como agua estancada, y los rencores, el fetiche del martirologio, las rivalidades y las cuotas de poder son evidentes, no permite darse cuenta de que ya el tiempo de los dinosaurios pasó; que se necesitan no solo jóvenes que piensen en la necesidad de luchar, sino luchar por sí y como clase para sí, individual y colectivamente, interculturalmente, que sean radicales y no extremistas sin fusil, que estudien, lean, aprendan a debatir y que no piensen que la transformación llega solamente con el desgaste del activismo y el bisar de las arengas y peroratas de los dueños de las membresías.

Es momento de pensar qué conceptos, categorías y acciones estamos hablando y aplicando. Es oportunidad para aprender a leer, escuchar, comprender y deshacer analíticamente los elementos de las estructuras conceptuales de la derecha desde una posición seria y crítica, sin sentimentalismos ideológicos que cieguen los argumentos válidos para asestar los golpes certeros a la oligarquía, el capital nacional y transnacional, y a este sistema constituido por instituciones dogmáticas.

Vuelvo a 1996 y me recuerdo de ese mentiroso juego del que formamos parte. De esa firma sucia de la paz en la que, con cierta ingenuidad de juventud, creímos que haría cambios. La ofrenda fue dada. La palabra clave fue desmovilización (¡y vaya que nos desmovilizaron y nos desmovilizamos!). Muchos asistimos al convite creyendo que la formación de un partido era el camino a construir para llegar a donde no se pudo con las armas; la negación sonriente de las derrotas infringidas por el enemigo a mediados de los años ochenta. Todavía no comprendíamos ni la historia interna de una desgastada guerrilla, ni la lógica de ese presente, ni la lavada de coco con pisto de la oportunista cooperación internacional.

Recuerdo también lágrimas de compañeros que no querían entregar su fusil, que dejaron su vida en la montaña y se encontraron con ese “nuevo amanecer” alumbrado por el sol de la incertidumbre. Nuestra nueva e inocua lucha era reflejo de las contradicciones, de los divisionismos, de no salir del dogma y las transas a lo interno y a lo externo.

No me arrepiento de haber participado en esa etapa por todo lo que hoy me ayuda a entender y por lo que en ese momento se logró hacer como mínimo por la incorporación de hombres y mujeres que a marchas forzadas y con empeño, buscaban dentro del programa de educación del campamento su nivelación escolar a primaria y a básicos, para al menos, salir al mundo que les negó la vida con una remota esperanza de oportunidad laboral, aunque fuera a trabajar las tierras de los inmutables terratenientes.

No me arrepiento de haber sido parte de ese teatro porque muchos participamos sin saber lo que a escondidas se cocinó y se concedió, pero si me duele pensar cómo se instrumentalizaron subjetividades, cómo se metieron de relleno cantidades de indígenas que no hablaban español y que ligeramente sabían qué era la URNG. Fueron convertidos a números para aparentar una cantidad considerable de combatientes a cambio de unos cheques y proyectos productivos que en su mayoría al ser implementados fallaron. Lo vi en el campamento de desmovilización ubicado en la finca Sacol.

En fin, esa lavada de rostro no se ha dado. Siguen los silencios disfrazados bajo el argumento de lo histórico de la lucha, de quienes derramaron su sangre, como si la mejor manera de reivindicarlos fuera callando eternamente las contradicciones, continuando con esa necia cantaleta de los mártires, que, honestos y concientes de la historia y si estuvieran con vida, seguramente no estarían jugando a legitimar al Estado y los monopolios con su voto. No se habrían desligado de la base social que creyó en el proyecto de partido. No se habrían sentado a esperar proyectos, modas europeas y a ser intelectuales de bar. No habrían sido universitarios emborrachados de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés con veinte años de desfase.

Ahora, esa urgente necesidad de “hacer algo” debe dejar de ser sempiterna perogrullada. Debe ser en verdad un hacer teórico-práctico. Debe cuestionarse el lenguaje de las ciencias sociales, debe debatirse sobre la vaciedad o pertinencia de seguir intentando alcanzar el poder. Debe cuestionar los trillados discursos de empoderamiento, participación ciudadana, democracia, sociedad civil y un largo etc.

Debe hablarse en serio de la unidad no como homogénea rectora de actitudes sino como proceso de organización, análisis, discusión y acción, más en este contexto en el que estamos a las puertas de una mano dura que implacablemente garantizará el respiro económico y político estadounidense y nos recordará “democráticamente” qué es ser militar con experiencia en inteligencia y masacres, o en su defecto, a un infausto partido que sus dádivas de esperanzas serán solamente eso: esperanzas paridas entre corrupción, saqueo de los recursos estatales y entreguismo al sector privado.

Debe entenderse por fin, que ser de izquierda no es una suscripción que se compra con golpes en el pecho; tampoco es una membresía en compra-venta; no es la negación de quienes no participamos en partidos, de quienes decidimos por reflexión y decisión no ser apadrinados ni bautizados por mesías terrenales, de no ser fetiche del mercadeo politiquero, símbolo de la propiedad privada de una ideología, ni mucho menos la subordinación a proyectos políticos que en el papel reflejan lo que no son realidad. Y entonces, ¿qué es ser de izquierda en el presente? …

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