Revista electrónica de discusión y propuesta social 
Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 4 - 2007

::::albedrío::::

Revista
Editorial
Artículos
Entrevistas
Noticias

linea

Redacción

linea

Enlaces

linea

SiteMap
Contacto


Otros documentos de consulta

De orden internacional
De carácter oficial
Comunicados

 

 

 

Inventar una victoria para encontrar la libertad
Por Mario Castañeda - Guatemala, 25 de septiembre de 2007
marioecastamal@yahoo.com

(De la ausencia de juicio sobre la proximidad inmanente e inexorable de la cesación definitiva de la existencia)*

La quietud predominaba. Sus ojos cansados eran reflejo del arduo intento que por años deambulaba en su mente y que –según él- por fin había conseguido. Creyó ver un cuervo posado en el inmenso balcón que a su derecha penetraba desde a través de las frías paredes, un pedazo de la noche. Y efectivamente, allí estaba. Pensó en la inexplicable razón de que el ave que siempre infirió inmortal, estuviera allí, muerta, sin más movimiento que el logrado sin pena por el viento sobre su negrura. Sin embargo, no movió más que la cabeza para verlo, y, estando sentado, regresó la mirada hacia el acto que consumó minutos antes y que le tranquilizaba.

Un suspiro profundo emergió de su ser y repitió gustoso, con los ojos cerrados, aquellas palabras de Paul Valéry que una sola vez leyó y grabó en su memoria:

“Magra inmortalidad negra y dorada,

consoladora horriblemente laureada,

que de la muerte hace un seno materno,

¡bella mentira y piadosa excusa!

¡quién no conoce y quién no los rehúsa,

este cráneo vacío y este reír eterno!”

 

Brotaban sobre el pecho delgadas líneas de sangre que sin prisa ante el tiempo, dibujaban un mapa fluvial que libraba las calladas dolencias del pasado. Sonrió a medias y se puso de pie sobre el piso de madera. Irguió su cuerpo y una sensación extraña impidió que diera un segundo paso hacia la evidencia de su hazaña. De la espalda comenzaron a salir dos alas recubiertas de agua salada que goteaban inconteniblemente hasta que las mismas lograron su necesario tamaño.

Él curvó su cuerpo, apretó los dientes y cerró los ojos; sintió cómo se vaciaba de tristeza en el nacimiento de esas dos formas obscuras que le permitirían volar. Pero antes lo primero. Debía darle el último beso y unas palabras amorosas que esconderían el antiguo deseo de poseerla y que nunca logró porque era ella quien lo poseía. Tomó entre sus manos a la pesada e inerte ex compañera de su vida y la besó. Decidió acostarla sobre la inmensa cama para verla de esa manera por primera y última vez, solitaria, sin compañía alguna, y sentir lo que sentía cuando ella era quien lo veía postrado clamando el fin de los tiempos.

La luna llena asomó por el balcón y el brillo del cuervo atrajo por instantes su atención. Entendió que debía cumplir con el ritual, levantar y llevarse a la amada de su último aposento. Antes, decidió tomar con ternura entre sus dedos al carnívoro y rendirlo ante la forzada viajera a los pies de su lecho. Y así lo hizo.

Libre el balcón, la cogió sereno y enfiló hacia la frontera con la noche. Desnudo y con las alas juntas, prestas a iniciar la despedida entre los paramentos, vio con ambición la luna llena que dominaba con su halo las féminas formas que el mar impelía hasta los confines engañosos entre la masa acuosa y los misteriosos bosques abrazados por la niebla.

Flexionó sus piernas y el impulso le permitió segundos después, sentir cómo rozaba el viento su efigie. Voló seguro de sí mismo, aun siendo su vez primera en el aire. Las gárgolas de su morada le acompañaron con la vista y se percataron de cuando posó su extraña forma bípeda en aquel que era el santuario de huesos y lamentos. Al descender se hincó, la colocó en medio de muchas anémonas y volvió a recitar las palabras de Valéry.

Como despedida levantó su mano derecha y sin explicación alguna manó de ella una lágrima sobre su cadáver. Dio dos pasos hacia atrás y a la vez que se elevaba, giró y recorrió la larga vía que le llevaría a su estancia. Entró por la misma ventana por la que salió; quiso reposar. Se percató que el cuervo ya no estaba donde lo había dejado. Encendió dos candelas negras e intentó dormir pensando en el paradero de la negra ave. No logró dilucidar el acertijo y tampoco logró el anhelado descanso, pues sus alas eran la imposibilidad de calma, de lo que había logrado con su hazaña, porque la libertad no era al encontrarla algo finito, sino una búsqueda constante para la que, a pesar de desearla, no estaba preparado para saber cómo vivirla.

Frustrado y sin capacidad de analizar, corrió atormentado hacia el balcón, se lanzó vehemente al vacío nocturno olvidando que tenía alas y desapareció dentro de su sueño.

Ella sonriente se despidió con su mirada melancólica de las serenas anémonas y regresó a la morada de la cual había sido expulsada o se había dejado expulsar. Su reinado no había terminado pero él no lo había comprendido, y es que su mortalidad nada podría hacer contra ella, la soledad.

Él despertó afligido, apesadumbrado, con la respiración escasa, el corazón latiéndole veloz y empapado en sudor. Palpó su cuerpo para cerciorarse de que era él y estaba completo, vivo. El sol le alumbró indiferente, como a cualquier otra forma inanimada. Ella, invisible pero tangible, estaba allí omnipresente y sarcástica; le abrazó sin que la viera, y, al ser tocado por su inmanencia, él dispuso llorar hasta que, paciente y a la par de la cama, la dueña del tiempo de los mortales rozó su rostro y en silencio reemplazó a la otrora compañera, a la soledad. Él quedó a merced de su nueva amante. ¿Libre al fin?

*Es el nombre de una canción escrita y compuesta por la desaparecida banda guatemalteca de rock experimental Octubre. Fue una producción de Qsha Records en 1996 distribuida por Primera Generación en la que se compiló una serie de canciones de bandas de rock centroamericanas. En esa producción aparece por error escrito el nombre de la canción con la palabra “inminente” en lugar de “inmanente”.

www.albedrio.org


Copyright © El credito de las contribuciones es única y exclusivamente de los autores. El contenido de las contribuciones no representan necesariamente la opinión de la revista; los autores son responsables directos del mismo.