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El jerarca, el supuesto Defensor de la Plebe, la Plebe y los Neocolonizadores
Por Mario Castañeda - Guatemala, 13 de diciembre de 2007

“¡Ay de aquellos mandamases
que se crean que sus frases
son brillantes cual rubíes…!
Somos buenos con los remos,
pero aquí, también sabemos
manejar los bisturíes…”

Lectura de la epístola del patrón Santiago a los argonautas
Monsieur de Sans-Foy

Advertencia: cualquier similitud con personajes, lugares y situaciones, puede que no sea coincidencia.

Había una vez, en un reino de papeles antiguos, un hombre que a simple vista parecía ser alguien respetuoso, claro, inteligente y convencido de sí mismo, de lo que hacía. Este hombre, a quien de aquí en adelante llamaremos SEC, se le ocurrió un día pensar que tenía la solvencia moral e histórica para gobernar su reino. Y lo logró. Se autoproclamó rey de aquella pequeña, pequeñísima villa que no excedía de 200 habitantes. Los primeros pobladores y trabajadores de aquel lugar le aplaudieron y se sintieron contentos de que él fuera su soberano.

Con matices de humildad y con la lengua dulce y habilidosa, lograba convencer a sus súbditos para que hicieran lo que el quería que hicieran, cual jerarca sabio y entendido de los riesgos de su entorno y de lo que afuera de su feudo pudiera amenazarle o beneficiarle.

Y aunque sus actitudes apacibles y sus palabras melosas le aseguraban contar con el respeto y la fidelidad de quienes le servían, no tuvo la capacidad de mantener por mucho tiempo sus cualidades.

Un día, cuando empezó a sentir la necesidad de creerse importante, comenzó a relacionarse con emisarios y jerarcas de otros reinos y pueblos bárbaros que disimulaban muy bien sus ambiciones de expansión. Y aunque sus habilidades diplomáticas tenían resultados sorprendentes para sus intereses, el gran señor SEC se despreocupó de lo que al interior de sus dominios sucedía.

Su séquito, conformado por mujeres y hombres de carácter guerrero, y algunos de ellos con tendencias autoritarias, se caracterizaba también por ocultar su placer por el egoísmo y la envidia. Sus ambiciones de poder les hacían jugar a la subordinación incondicional con su rey, lo que les valía la confianza del poderoso y a la vez posicionarse con retribuciones económicas considerables y cargos que les permitían ejercer un poder muy particular. Se habían olvidado que la dualidad habita dialécticamente en el ser humano. La negaron.

Cada una de estas personas que conformaban el grupo de confianza se mostraba ante los demás convencidos de su papel, orgullosos y siempre dispuestos a sacrificarse por el trabajo y por su señor. Pero al levantarse y encontrarse cada mañana con el espejo, era evidente que sus ojos no reflejaban ese sentir solidario y comprometido con la historia del cual hacían alarde en su discurso. Cada uno venía de ciudades, villas y reinos distintos, donde aprendieron el arte de la guerra, donde sufrieron la represión de un poderoso ejército que hacía un poco más de diez años les había dejado de perseguir, torturar y asesinar, más no de espiar.

Al sobrevivir, fueron buscando distintos senderos que de nuevo les pusieron en el camino principal, por supuesto, sin cambiar mucho sus actitudes de intrigas, autoritarismo, intereses y victimización, a pesar de los años, las enseñanzas y los cambios en el mundo.

Al unirse al jerarca, sintieron vibrar en sus venas el recuerdo de los años gloriosos de resistencia. Recordaban al compás de trovadores y bebidas embriagantes en casuales veladas que organizaban en una villa cercana, sus heroicos episodios y el dolor causado por aquel ejército despiadado. Los exilios obligados, los no obligados pero bien vividos, y toda aquella mística de una lucha que fracasó militar y políticamente, a pesar de los espacios de participación que lograron abrir y que ahora les permitía en época de paz vivir de otro modo.

Resulta que el jerarca, ya presionado por la coyuntura política que apremiaba con las venideras elecciones del pueblón en el que se ubicaba el reino que creía gobernar, y antes de ellas, las elecciones para escoger al que sería algo parecido como al Defensor de la Plebe, se propuso incrementarle el trabajo a sus súbditos con el pretexto de que debía avanzarse en el cuidado de los viejos papeles y escribir, escribir, escribir y escribir para la historia evidenciar y unos libritos publicar con la excusa de la memoria histórica rescatar.

Los vasallos de su séquito, sabidos de que había que condescender con el que nuevamente buscaba ser el Defensor de la Plebe, se esforzó hasta donde pudo. Cada uno de ellos asumía responsabilidades que ni entendían pero que les hacía sentirse felices complaciendo a su rey, bueno, y también les hacía sentir el placer que dan las mieles del poder. En fin.

Y así transcurrieron varias lunas. Trabajo y trabajo sin mayor sentido a dónde encaminarse, sin la más remota idea de lo que era, es y será la historia. Pensando solamente en el poder, el martirologio y el activismo. Y así, un día todo cambió.

El rey, con su dulce voz explicaba una vez a sus siervos (algunos de ellos recién llegados a la villa) los grandes logros de su reinado. Sus vasallos, complacidos veían desde sus elegantes asientos cómo en la corte todos escuchaban atentamente las palabras de aquel iluminado. Gran parte de ellos ya no creía en lo que decía y no callaron. Desnudaron lo que el jerarca y su séquito no querían ver, escuchar y menos hablar. Los recién llegados sí creían en él, pero con el paso del tiempo entenderían por qué gran parte no calló ese día.

Entonces se comprendió que SEC no era quien gobernaba, eran otros: el que pretendía llamarse el Defensor de la Plebe y otros que estaban en su séquito, además de los bárbaros que financiaban su reino y los que más adelante le elegirían nuevamente como el supuesto Defensor de la Plebe.

Secretos de pasillo, rumores de expulsión de la villa, privilegios para serviles e hipocresía eran de las cosas que se vivían día a día. Nadie confiaba ya en ninguno. Unos abiertamente mostraban su descontento, otros lo disimulaban para no ser desterrados y quedarse sin casa y la mesada neocolonizadora, otros eran fieles a su rey, y otros, simplemente indiferentes.

Una vez pasada la turbulenta época de elecciones, el rey se sintió protegido al saber que el supuesto Defensor de la Plebe era de nuevo elegido por sus amigos en la conferencia de nación que hacían cada cierto tiempo, esos amigos que odiaban al rey y a la villa, otrora enemigos durante las cruzadas emprendidas por aquel estado opresor al que enfrentaron hasta hacía poco más de diez años atrás.

Pero lo más evidente de esa alianza política resultó ser el destierro de una buena cantidad de población que hacía pocos días escuchaba de la voz de su rey que en aquella villa habría para todos el sustento diario que permitiría continuar aquel endosado esfuerzo. Todo lo contrario. Con el peso de la tristeza sobre los hombros, la rabia mascada entre los dientes y las disculpas del rey rebotando en los sentidos, salieron con sus cosas hacia tierras lejanas.

Unos, de avanzada edad cuya inteligencia y pasado guerrero no se encontraba en condecoraciones, menciones honoríficas, títulos otorgados por el rey, grabados vistosos de las antiguas rebeliones, ni alardeaban de ser estudiosos de la pontificia universidad cercana al territorio que el soberano gobernaba, pero que tenían más sabiduría que cien gobernantes como también tristeza por el destino de aquellos antiguos papeles. Otros, jóvenes, pensantes, críticos y rebeldes; y otros, jóvenes y mayores que sirvieron fielmente a su jerarca pero que entendieron por fin que las cosas, por extrañas que parezcan, se revierten cuando la ambición de poder y el servilismo hacen perder el sentido común.

Ahora, el señor SEC sigue en su reinado sin tener las agallas de defender a la plebe ante el dinero de los bárbaros y los pagos políticos que hoy hace el Defensor de la Plebe, quien sigue haciendo uso de su aspecto bonachón y públicamente defiende lo que a la plebe le niega con la ley en la mano pero no la razón. El séquito sigue ahí, fiel y con su mismo discurso ante la plebe pero con el latir agitado del corazón al verse cada mañana frente al espejo, leyendo en sus pupilas lo que es, lo que calla y lo que será. Seguramente todo transcurrirá como sucede en el pueblón, aquel repleto de historia pero que nadie la entiende como la transformación del presente con su conciencia forjada al conocer el pasado, y que en el futuro deberá ser no la parte anecdótica del cuento ni un museo estático, sino la liberación de los individuos y los pueblos, alejados de dogmas religiosos e ideológicos, sin bárbaros neocolonizadores, sin supuestos Defensores de la Plebe y sin jerarcas.

Será así cuando la Plebe que sigue casi en procesión a los jerarcas, supuestos Defensores de la Plebe y neocolonizadores, comprenda que no solo los enemigos poderosos niegan la historia y, que varios de los “amigos” –ideológicamente hablando y escribiendo- no solo la vuelven mercancía sino que se permiten entre sí la repetición de mañas bajo el manto de ella y de los nombres de los muertos.

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