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Despidiéndome del maistro
Por Margarita Carrera - Guatemala, 5 de noviembre de 2004

El más grande de tus tesoros era ese formidable espíritu entacuchado que siempre llevabas puesto

Ya nos dejaste Maistro Quiroa. Te fuiste cuando aún eras patojón. A los 67 años, como quien dice en plena juventud. Pero no te has ido del todo. Tu espíritu, reflejado en tus obras, está más presente que nunca, y eso tú lo sabés.

Imposible morirte así nomás. Yo te admiraba por tu obra artística y literaria, pero también por tu postura ideológica de izquierda, a la que fuiste fiel hasta el último momento. Porque jamás claudicaste de tus altos ideales políticos.

A través de tu arte decías lo que sentías y lo que pensabas, aunque tenías conciencia de que “el arte no sirve para botar gobiernos...” Te gustaba, como a todo mortal, la buena vida. Por el año 2000, nos convidaste, junto al maistro Monteforte, a un almuerzo en tu casa a orillas de Amatitlán, y aunque tú ya no tomabas, nos serviste güisqui del mejor.

“Con la venta de unos cuadros me puedo comprar un carro de lujo”, nos dijiste. Y no eran cuentos. Menos mal que había quiénes valoraran esas extraordinarias joyas tuyas y que ahora valen montón de pisto, más que cuando andabas vivito y coleando.

Pero que tuvieras dinero suficiente -nunca en demasía- no implicaba que te alejaras de la lucha por los desposeídos. Nineth Montenegro, tu compañera en el Congreso, tiene razón al decir que sabías reivindicar la lucha por los más pobres.

Con todo, y a pesar de tu admiración por Castro, Berger autorizó el uso del avión presidencial para que te trajeran de regreso de Cuba a esta tu tierra.

Y es que parecía imposible que no le cayeras bien a cuantos te llegaban a conocer.

Campechano, amable, siempre con la sonrisa en los labios, hablabas como escribías, con ese ingenio e ironía que formaban parte de tu personalidad. “Con ojos y corazón de niño, pero con sorna de gato viejo”, te describió Méndez de Penedo.

Y la verdad es que tenías mucho de gato: libre, independiente, rebelde, jamás te dejaste domesticar, jamás buscaste el falso elogio ni te vendiste a nadie. Porque -y eso en estos tiempos es un lujo- eras incorruptible.

¡Qué bueno que en tus 67 abriles fueras representante de la izquierda en el Congreso! Tú y Nineth, un milagro existente en medio de tanto diputado corrupto. Y fiel a tus principios, en tu campaña para diputado te apropiaste de “la maja” de Goya. ¡Sensualote como eras!

“Te admiro -solías decirme cada vez que me veías- porque tenés más huevos que una iguana”. Elogio semejante no lo he recibido de nadie. Me venía de perlas cuando me sentía de bajón.

Si tenías riquezas materiales ganadas con tu arte, no sólo sabías cómo gozarlas sino jamás te quitaban el sueño; simplemente porque el más grande de tus tesoros era ese formidable espíritu entacuchado que siempre llevabas puesto.

Tomado del diario Prensa Libre- www.prensalibre.com


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