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La canción del oro
Por Margarita Carrera - Guatemala, 28 de enero de 2005

¿Y qué si fuéramos terratenientes y descubriéramos oro en nuestra propiedad?

¡Ah de los poetas que cantan al oro y lo bendicen y maldicen!

Desde Shakespeare hasta Rubén Darío. En el cuento poético La canción del oro, este último lo alaba y vitupera: “Cantemos el oro, porque tapa las bocas que nos insultan; detiene las manos que nos amenazan, y pone vendas a los pillos que nos sirven. Cantemos el oro, amarillo como la muerte.

Cantemos el oro, porque es la piedra de toque de toda amistad. Cantemos el oro, esclavo, despreciado por Jerónimo, arrojado por Antonio, vilipendiado por Macario, humillado por Hilarión, maldecido por Pablo el Hermitaño, quien tenía por alcázar una cueva bronca y por amigos, las estrellas de la noche, los pájaros del alba y las fieras hirsutas y salvajes del yermo...

¡Eh, miserables beodos, pobres de solemnidad, prostitutas, mendigos, vagos, rateros, bandidos, pordioseros peregrinos y vosotros los desterrados, y vosotros los holgazanes, y sobre todo, vosotros, oh poetas! ¡Unámonos a los felices, a los poderosos, a los banqueros, a los semidioses de la tierra! ¡Cantemos el oro!...

Y el eco se llevó aquel himno... Pasó una vieja y pidió limosna. Y aquella especie de harapiento, por las trazas un mendigo, tal vez un peregrino, quizá un poeta, le dio su último mendrugo de pan petrificado”.

Ahora imaginemos, como Raúl Wiener, que en el patio de nuestra casa descubrimos oro, pero no teniendo dinero para explotarlo, encargamos lo haga una empresa con equipo y capital necesarios.

Pero dicha empresa nos dice que si le pedimos participación en las ganancias, se irá donde el vecino que tiene también oro en su patio, pero no cobra.

A cambio nos ofrece dar trabajo a nuestros hijos para que hagan el hoyo. Tampoco éstos deben pedir gran salario porque los vecinos trabajan por casi nada. ¿Dejaremos que la empresa nos deje sin tierra, sin agua y sin oro?

¿Y qué si somos terratenientes y descubrimos oro en nuestra finca? ¿Abandonaremos plantaciones que nos rentan millones (a cambio de pagar míseros salarios a los campesinos) y contrataremos una empresa como Montana para que las envenene con cianuro?

¿Y qué de la felicidad que nos proporcionan el verdor del campo, sus riquísimos frutos y la cristalina agua con que nos bañamos y regamos los sembrados? Entregar la tierra a Montana, ¿no será como prostituirnos junto a la heredad que quedará hecha un desierto para siempre?

Ahora enfoquemos San Marcos: nueve de cada 10 habitantes de San Miguel (donde se asienta el 90 por ciento del área minera) vive en la pobreza. Ahí Montana contrató a mil 600 personas para dos municipios con 51 mil almas. Pronto no serán mil 600 personas, sino 350. A estas se les pagan Q50 diarios, y qué más quieren si están acostumbrados a ganar sólo Q20.

Fuente: www.prensalibre.com


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