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Pasión y la compasión
Por Margarita Carrera - Guatemala, 1 de abril de 2005

Por la compasión Gerardi entró en los tormentosos linderos del que sufre.

La pasión lleva al alma a desgarres desmesurados, a infiernos internos que pueden culminar con el crimen o el suicidio. El ser apasionado desdobla su personalidad y se encuentra con su otro yo como con un extraño.

Alguien con una fuerza inaudita que trastorna y desbarata todo aquello que se ha ganado con tesón y trabajo. Como tormenta, como huracán, como terremoto, la pasión acaba en pocos segundos con la paz interna, conduciéndonos a desastres impensables.

Y es por la mirada que nos delatamos. En el fondo de ella se vislumbran los sacudimientos tumultuosos del alma acongojada. Los ojos, no sólo de los humanos, también de los animales, revelan el caos y la muerte.

Asomarse a ellos es tocar la llaga desnuda, la herida sangrante. Es asomarse a la fosa infernal en donde se escuchan los eternos alaridos dantescos.

Frente a la pasión se alza la compasión, su hermana gemela. Se acompaña, por ella, al ser que es víctima del dolor. Lo cual conlleva un riesgo; quien compadece padece casi idéntico mal: un desasosiego infernalmente sobrecogedor.

La compasión viene siendo, así, el acompañamiento de la pasión. Implica entrar en los tormentosos linderos del que sufre, olvidando los propios sufrimientos.

No todos tenemos la misma sensibilidad para padecer y compadecer. Para que estos sentimientos se manifiesten es necesario amar en forma desmedida. Algo que equivale al ansia de ser amado.

Uno ama intensamente, como desearía ser amado. El que compadece deja de ser él mismo, como también lo hace quien padece. Pero si el que padece de una pasión no tiene ojos sino para su otro yo egoísta que le habita, el que compadece se sale de sí mismo en su entrega total.

Entonces olvida todo lo suyo y se concentra en el dolor ajeno. Pero, en el fondo, se está buscando a él mismo (¿desesperada búsqueda de Dios? Sólo quien ha caminado por las vertiginosas cumbres del amor y del dolor, es capaz de compadecer.

Es tremenda la compasión pues nos hunde en el tenebroso mundo de la pasión del otro ser que viene siendo nuestro otro yo oculto. No es extraño, luego, que el que tiene capacidad para la compasión, posea como virtud la valentía que lo conduce a acompañar a quienes sufren: los miserables, los condenados de la tierra que nacen, viven y mueren sin esperanza.

Porque por compadecer (léase amar) se puede llegar a la tortura o a la muerte. Monseñor Gerardi es un claro ejemplo. Su amor por los desamparados campesinos indígenas lo llevó a realizar el Remhi.

Por ello fue asesinado: un nuevo Cristo que vivió y murió siguiendo los imperativos dictados de su amor y de su fe, que eran su pasión.

Fuente: www.prensalibre.com


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