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¿Cómo era Gerardi?
Por Margarita Carrera - Guatemala, 29 de abril de 2005

“No podemos tergiversar la historia ni debemos silenciar la verdad”. (Gerardi).

El 26 de abril se cumplió el séptimo aniversario del asesinato de monseñor Gerardi. Sin embargo, su presencia está viva en Guatemala y su espíritu se encuentra vigente siempre que se habla a favor de los pobres y en contra de las violaciones a los derechos humanos. A través de esta columna he tratado de dar a conocer cómo era este santo varón, porque es bueno recuperar su imagen como ser humano.

Saber cómo era física y espiritualmente. Un hombre de carne y hueso, capaz de reír y capaz de llorar. Su honda mirada lo delataba. Humilde, sencillo, bondadoso, alegre, optimista. Como amigo, sincero y servicial, aunque al principio un poco desconfiado.

Ajeno a la prepotencia, huía de la vanagloria. Desconocía lo que es la soberbia. Profundamente religioso; sin embargo, jamás era cerrado y dogmático. Y una virtud muy rara en los humanos: sabía oír. Escuchaba en silencio las penas y alegrías del prójimo, pero al final siempre tenía una palabra de consuelo.

De joven había sido alto, delgado, buen mozo, aunque siempre vestido de negro. Más de alguna jovencita habría suspirado por él. Pero su amor a Jesucristo y su profunda religiosidad eran más intensos que cualquier tentación. Sus grandes amores eran Cristo, la Iglesia y la gente humilde.

Eran su pasión. Por ellos vivió y murió como mártir. Aunque abierto a todas las ideas, su fe era inquebrantable, aún en los peores momentos de su vida. Reconocía las bondades de la Teología de la Liberación, pero estaba en contra de la violencia de la guerrilla y el comunismo ateo.

Su interés no se limitaba sólo a la vida eterna. Pensaba que esta vida ha de ser vivida con dignidad y decoro. Consideraba la pobreza un gran mal pues atenta en contra de la dignidad humana.

Todo un intelectual, poseía una inteligencia privilegiada y perspicaz, casi visionaria. Si algo lo caracterizaba era su enorme valentía. A través de comunicados públicos, desde la diócesis de Quiché acusó directamente al Ejército por los asesinatos, torturas y masacres. En más de una ocasión enfrentó a militares para reclamarles, cara a cara, por sus crímenes.

Durante la elaboración y después de la entrega del Remhi, temió por la vida de quienes habían colaborado con él en su realización. No pensó jamás en protegerse, pues quien nada debe, nada teme. Y eso enardecía a sus enemigos, que no eran, que no son pocos, y que planearon su vil y cobarde asesinato.

Su heroísmo culminó al romper el silencio y sacar a luz los crímenes cometidos durante la guerra sucia. Sin duda se sentía orgulloso (que no soberbio) porque él y sus colaboradores habían llevado a cabo el Remhi. Por eso, había amanecido feliz el día en que lo mataron. Pero su muerte hizo brillar más la verdad (escrita con amor y sangre) y ya nadie podrá borrarla.

Fuente: www.prensalibre.com


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