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Periodistas mártires
Por Margarita Carrera - Guatemala, 6 de mayo de 2005

Sobrevivir en Guatemala durante la guerra sucia, no era fácil.

El libro se titula “Y la verdad nos hará libres”, editado por la ODHAG en el séptimo aniversario del asesinato de monseñor Juan Gerardi. En él se da a conocer la vida y obra de diez periodistas, víctimas de la guerra sucia, que murieron o salieron al exilio.

En el prólogo de la obra, se recogen estas acertadas palabras de Mario Sandoval, escritas en 1970 en “Prensa Libre”, con motivo del asesinato de Isidoro Zarco: “...Si se quería darte muerte, se te ha inmortalizado; si se quería silenciar tu palabra, tu pensamiento admonitorio cobrará más fuerza y será más convincente, porque cuenta ahora con el aval de tu sangre y de tu martirio...”.

Sobrevivir en Guatemala durante la guerra sucia, no era fácil. Aún recuerdo aquel día de diciembre de 1980 cuando, caminando por la sexta avenida, leí en una venta de periódicos la terrible noticia: Alaíde Foppa, mi amiga y colega, había sido desaparecida.

Una sensación de angustia infinita me invadió. Seguí mi camino automáticamente pero el aliento me faltaba. Meses antes, había asistido a los funerales de Mario Ribas Montes, asesinado el 5 de agosto.

En tal ocasión mi hermano Antonio se había acercado a mí para informarme que mi nombre aparecía en una de las listas negras. -Debes salir al exilio- me dijo, ¿A qué lugar preferís irte?

Sin pensarlo dos veces le dije que a España, pues recién regresaba de aquel país después de trabajar con la Real Academia Española. Pero pronto me di cuenta de que era imposible. Mi trabajo y mis hijos estaban en Guatemala.

En medio de una angustia infinita, vi entrar a David Vela. Le pedí consejo: Usted quédese en Guatemala, no le pasará nada, fue su respuesta. Así lo hice, pero con la certeza de que estaba condenada a muerte.

De un día a otro me desaparecían o asesinaban. Pero la suerte estaba echada: yo no me iría al exilio. Mis hijos me necesitaban y mi única entrada económica era el sueldo que ganaba como universitaria.

Eso sí, cada noche al regresar a casa, después de mis clases, me sentía feliz. ¡Aún estaba viva! Pero el terror me volvía acompañar al día siguiente, cuando iba en mi carro rumbo a la Ciudad Universitaria. Así fueron corriendo los días, los meses, los años.

Con el libro “Y la verdad nos hará libres...”, he revivido aquella época terrible.

Poco antes de que Manuel José Arce saliera al exilio, nos veíamos diariamente en la USAC. Él trabajaba como jefe de la editorial; yo, de relaciones públicas. Por 1978, más que aconsejarme, me ordenó: vas a tener una columna en El Imparcial. Hasta le puso nombre: “Contra-reloj”.

Luego, hubo de irse y le volví a ver en la Sorbona en 1980. Llevaba algún tiempo lejos de su patria y estaba delgado y pálido. Reía con inmensa tristeza. Sentí su hondo dolor desesperado.

Le hacía falta su Guatemala. Murió lejos de ella, en 1985. ¡Maldito exilio!.

Fuente: www.prensalibre.com


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