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Testigos fieles del Evangelio
Por Margarita Carrera - Guatemala, 19 de mayo de 2007

“Su testimonio es signo de esperanza, en medio de un mundo sin corazón”.

Para conmemorar el 9o. aniversario del asesinato de monseñor Juan José Gerardi, surge la segunda edición del libro-documento Testigos fieles del Evangelio, cuya publicación fue coordinada por monseñor Julio Cabrera, obispo de Jalapa, y editado por H. Santiago Otero Diez.

La dedicatoria de tal obra me llegó al corazón: “A Margarita Carrera: porque con su amor a la verdad y la justicia lucha cada día por los valores del Reino de Dios. Santiago Otero, Guatemala, 29 de abril 2007”.

En la solapa del libro se nos da a conocer su contenido: se refiere a todos aquellos agentes de pastoral, sobre todo laicos, que en Guatemala dieron su vida al luchar por una vida mejor para quienes carecían de todo.

Considerados como mártires porque “en años no muy lejanos se dio una contradicción fundamental entre quienes buscaban el Reino de Dios y su justicia, y aquel sistema que se cristalizó en estructuras cuyo supremo valor se depositó en el egoísmo, el poder y el tener, defendido con la violencia más extrema", como consta en documentos como el Remhi y la CEH.

El Estado -durante la guerra sucia- mandó asesinar a quienes defendían las causas de los seres más empobrecidos y humildes: los indígenas campesinos que aún hoy poco han mejorado en su condición de vida.

A partir de 1976, después de que el terremoto desnudara la miseria en que vive la gran mayoría de guatemaltecos, se inició una encarnizada persecución contra miembros de la Iglesia Católica.

Pero antes del terremoto, había principiado el drama de Ixcán. El padre Guillermo Woods, de la orden Maryknoll, originario de EE.UU., había logrado, con trabajo intenso, establecer ahí cooperativas, las cuales empezaban a tener un éxito extraordinario.

Eso disgustó a terratenientes y al Gobierno. A cualquiera que luchara a favor de los desposeídos se le tildaba de comunista.

El acoso del Ejército contra Woods se incrementó al ver que, a pesar de las advertencias hechas, no abandonaba Ixcán. Poco tiempo después, el Ejército derribó su avioneta. Muerto Woods, las cooperativas desaparecieron.

En Testigos fieles del Evangelio se dan a conocer los nombres de sacerdotes, monjas y catequistas que fueron asesinados: “Los aparatos de seguridad del Estado llegaban a las casas, apresaban a catequistas y otros agentes de pastoral laicos, y los desaparecían. En otros casos les daban muerte ante la familia (...).

En ocasiones hacían todo lo posible por disuadirles de sus creencias y conseguir que se integraran a la contrainsurgencia del Gobierno o se pasaran a otras iglesias. Les hablaban mal de la Iglesia Católica, y que ella era la causa de todo el mal (...). En casi todas las aldeas y cantones del altiplano guatemalteco, los oratorios e iglesias (sobre todo en el departamento de Quiché) fueron cerrados por orden del Ejército (...)”.

Actualmente, la Iglesia, en un proceso para dignificar a víctimas, promueve ante el Vaticano un reconocimiento canónico de 10 personas, asesinadas durante la guerra sucia. Dicho proceso ha sido abierto por la Iglesia de Quiché. La lista es encabezada por sacerdotes amigos de monseñor Gerardi, entre ellos: José María Gran Cicera, Faustino Villanueva y Juan Alonso Fernández, miembros de la congregación de los Misioneros del Sagrado Corazón, y que fueron asesinados entre 1980 y 1981, mientras efectuaban su labor pastoral en comunidades de allí.

También se promueve la causa de varios de los catequistas y líderes comunitarios y campesinos muertos por fomentar el desarrollo de sus aldeas. Monseñor Mario Alberto Molina Palma expuso que se busca dignificar a los cientos de víctimas inocentes en la guerra interna, en la que el Ejército perpetró la mayor parte de crímenes.

Otro de los sacerdotes más queridos por su entrega y humildad es el padre Hermógenes, párroco de San José Pinula, asesinado por el Ejército en 1978. A partir de 1980, el gobierno de Lucas ya no distinguía entre guerrilleros y gente de la Iglesia.

Ser catequista o sacerdote en Quiché se tomaba como una actitud de reto al Ejército, el cual parecía tener una consigna: acabar con aquellos curas que parecían comulgar con comunistas y guerrilleros.

Fuente: www.prensalibre.com - 170507


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