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Las restricciones de Ratzinger
Por Margarita Carrera - Guatemala, 8 de junio de 2007

El papa Benedicto XVI ha dicho “no” a la lucha en favor de los desposeídos.

Ante la postura del papa Ratzinger, Benedicto XVI, me parece que, si monseñor Gerardi estuviera vivo, se sentiría desolado. Porque frente a la teología de la liberación, que profesara Gerardi (sin por eso comulgar con la guerrilla y el comunismo), Ratzinger ha dicho un lacónico “no”. Un “no” que prohibiría la actuación de sacerdotes que defienden a los desposeídos en general y a los campesinos en especial en contra de la minería.

“Ni siquiera Pío XII llegó al extremo de tomar medidas tan restrictivas y agresivas. Borró medio siglo de historia”, escribió el diario italiano Liberazione. Ratzinger parece oponerse al Concilio Vaticano II, el cual rescata la lucha cristiana en contra de la miseria. Lucha continuada en Latinoamérica, en Medellín y Puebla, por la década de 1960.

¿El clero deberá dedicarse a predicar y auxiliar únicamente problemas espirituales y abstenerse de combatir las injusticias materiales? “Iniciativas como las que encabezó el obispo de San Marcos contra la minera de Sipacapa o la reciente mediación realizada por el cardenal Quezada para superar el conflicto magisterial quedan, de acuerdo con lo que el Papa dice, fuera del ámbito de lo deseable y permisible para los obispos” (Gustavo Berganza, elPeriódico, 15/5/07).

Ante semejante postura, es bueno conocer la carta que el papa Juan Pablo II dirigió al cardenal Mario Casariego y a los obispos de Guatemala: “...Es un deseo general desde hace tiempo, que se realicen las reformas sociales necesarias para una vida, en Guatemala, más justa y más digna de todo hombre (...); la Iglesia debe animar a los responsables del bien común a emprender oportunamente tales reformas (...) ateniéndose a criterios de justicia y a los principios de una ética social auténtica. Una vez más es el caso de recordar que la Iglesia Católica quiere ofrecer su colaboración específica, en vistas a un progreso social que respete en el hombre las exigencias tanto espirituales como materiales.

El camino que ella indica para lograr dichos objetivos es el del compromiso solidario de todos, para sustituir las ideologías del egoísmo, de prepotencia y de interés de grupos o partes, con los valores genuinos de la fraternidad, de la justicia y del amor (...). Vaticano, 1 de noviembre de 1980. Joannes Paulus PP. II. No sólo los sacerdotes sino los católicos en general se encuentran, entonces, ante un dilema: ¿a qué Papa obedecer? ¿A Juan Pablo II o a Benedicto XVI?

Y sobre el hecho de que Benedicto XVI quiera buscar frenar el éxodo de católicos hacia sectas, recordemos la proliferación de las sectas fundamentalistas cristianas en Guatemala y Brasil a partir de los años 60, las cuales se incrementaron en 1980. Por este año ya había 160 sectas, entre las cuales cabe mencionar la Iglesia del Verbo, la Iglesia de la Unificación (Moon), la Iglesia Niños de Dios, etcétera.

Estas sectas estaban bien organizadas y disponían de enormes recursos económicos provenientes del Departamento de Estado estadounidense, para hacerles frente a las políticas de la Iglesia Católica de aquel entonces. En efecto, su amplio despliegue numérico y el gran respaldo financiero que poseían estas sectas tenían su origen en un informe a Washington, elaborado por Nelson Rockefeller en 1969, al final de un viaje por América Latina.

En este informe, Rockefeller señalaba como algo necesario para el Gobierno de los EEUU sustituir a los católicos con protestantes conservadores. Un informe por la década de 1980 de la Comisión de Ecumenismo de la Conferencia Episcopal de Brasil, enviado a la Santa Sede, señalaba la actuación de la CIA en estas sectas.

El propio Consejo Mundial de Iglesias, con sede en California, era promotor de un gran número de sectas en muchos países del continente, sobre todo, en Brasil y Guatemala. Frente a la actitud beligerante ante la pobreza que tenía la Iglesia Católica, estas sectas predicaban la resignación. En 1983, un diario italiano señalaba que en Guatemala se habían construido seis mil 700 nuevos templos y gastado US$1 mil millones en las sectas.

Fuente: www.prensalibre.com - 070607


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