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Otto-Raúl González
Por Margarita Carrera - Guatemala, 6 de julio de 2007

Para mí que Otto-Raúl no ha muerto. Simplemente ha entrado al mundo de los inmortales.

Como legado, nos ha dejado 40 libros que son obras maestras. Empezando por su poesía y, entre sus poemarios, “Voz y voto del geranio”, editado un sinnúmero de veces.

En septiembre de 1971 se realizó en Costa Rica un “Encuentro de intelectuales, artistas y escritores”, patrocinado por el Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA). Pasaba yo por una crisis emocional profunda.

Asistir a dicho “Encuentro” me hizo recuperar las fuerzas. Entre otros escritores guatemaltecos, asistieron Otto-Raúl y Tito Monterroso.

Estábamos en el mismo hotel. Tito no se había vuelto famoso y compartía su habitación con Otto-Raúl. Después de las intensas jornadas de trabajo, nos reuníamos a platicar y cambiar impresiones.

Como yo era todavía joven, Otto-Raúl y Tito me cortejaban, lo que me agradaba porque ambos poseían un talento especial y su ingenio hacía que cualquier conversación fuera un deleite.

En el año 2005, Otto-Raúl me envió un librito: “Sea breve”, publicado por Editorial Praxis: “Para Margarita Carrera a quien siempre he querido y admirado por su poesía y su prosa excelentes, con viejo afecto, Otto-Raúl”.

No sé por qué razón Tito se volvió más famoso que Otto-Raúl. Para mí que este último es superior a Tito, a pesar de no haber escrito el cuento más breve del mundo: un dinosaurio dormido.

Y es superior, porque Otto-Raúl abarcó todos los géneros: poesía, narración, ensayo. En “Sea breve” da a conocer su ingenio, “un libro pequeño que se convirtió en un clásico de las letras guatemaltecas”, apuntó Carlos López. Buen amigo de Monterroso, Otto-Raúl escribió el “Dinosaurio enamorado”: “Hace millones de años, en plena selva jurásica, un dinosaurio cachondo se acercó a su pareja y le susurró al oído que estaba muriéndose de amor y de deseo. –Ahora no se puede –dijo ella–, lo siento mucho, pero es que estoy en mi milenio”.

“Gastaré pocas palabras y haré gastar poco tiempo”, escribió Quevedo, del cual es discípulo Otto-Raúl, que jamás dejó el trago y el cigarro. Leamos este cuento: “Demanda de divorcio: –Sí, señor. Me quiero divorciar de él, porque se ha convertido en un aburrido y detestable alcohólico anónimo. Me gustaba más cuando era un borracho alegre, simpático y conocido”. Otro, llamado “Entrada”: “Y cuando Tito Monterroso dijo que mis cuentos breves estaban bien, todavía estaba aquí”.

Otra obra maestra reciente es el poemario “Oír con los ojos”, de la Editorial Universitaria en el 2001. Un himno prolongado a la belleza que encierra la tierra. “Copioso aguacero de la más límpida poesía”, dijo L.A. Arango.

“Maravilla es oír el suspiro de una mariposa/ que lleva todo el bosque en sus alas”. “Oír con los ojos” toma su título de Quevedo: “Retirado a la paz de estos desiertos,/ con pocos, pero doctos libros juntos,/ vivo en conversación con los difuntos,/ y escucho con mis ojos a los muertos”.

Leamos a Otto-Raúl: “Oigo el pequeño estertor y el último suspiro/ de la flor que perece para que nazca el fruto”; así escucho yo el último suspiro de Otto-Raúl; ahora crecerá aún más el fruto sembrado: su hermosa poesía.

Fuente: www.prensalibre.com


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