Revista electrónica de discusión y propuesta social 
Revista · Documentos · Archivo · Blog   Año 4 - 2007

::::albedrío::::

Revista
Editorial
Artículos
Entrevistas
Noticias

linea

Redacción

linea

Enlaces

linea

SiteMap
Contacto


Otros documentos de consulta

De orden internacional
De carácter oficial
Comunicados

 

 

 

Una luz al final del túnel ¿cuestión de confianza también?
Por Margarita Castillo - Guatemala, 24 de abril de 2007

La crisis que en sus múltiples manifestaciones enfrenta el Estado guatemalteco, tiene que ver, entre otras muchas cosas, con la ausencia o el escaso desarrollo de ciertos atributos, cuando no valores éticos y morales, referencia expresa: la confianza y su contrario la des-confianza, inscritas ambas en el marco de las luces y sombras. En este espacio me referiré a las primeras, por sobrados los análisis e información sobre las otras, es decir, las sombras. De manera que la confianza deberá ser una de las luces al final del túnel.

Hipótesis: mientras desde el liderazgo de las instituciones de Estado no se asuma responsablemente la construcción y fortalecimiento de valores y atributos asociados a la ética del servidor público, cuyos resultados se orienten a rescatar la confianza ciudadana en el Estado mismo, no habrá de avanzarse en la ejercitación de la democracia.

De acuerdo a diversas corrientes de la sociología y también de la psicología social, la confianza resulta en una suerte de percepción y creencia individualizada o colectivizada respecto que una persona o varias, así como la o las instituciones en genérico, serán capaces de actuar en forma adecuada de cara a determinadas situaciones y contextos, sean o no apremiantes. En consecuencia, inicia con un en sí y para sí y derrama hacia; esto quiere decir: confío en mí, en consecuencia, puedo confiar en los demás, porque sin lo primero no puede producirse lo segundo. Ésta (la confianza), podrá verse más o menos fortalecida a partir de la toma de decisiones, las actuaciones y sus resultados, provengan de una persona, grupo o institución.

Confío en que esta persona puede enseñarme algo, o bien que lo que me dice es verdadero, así también confío en que tal o cual institución pueden darme determinado/s servicio/s y estos llenan mis expectativas de calidad. Lo anterior puede traducirse en que la confianza (tanto como su opuesto) hacia una persona o institución (porque ésta, como agrupación de personas, puede también ser singular), es probabilísticamente expansiva al colectivo, a las personas a las instituciones: desconfío de un policía por el trato que me dio en un encuentro casual, por lo tanto desconfío de la institución policial; confío en que un médico resolvió mi problema de salud, así confío en la medicina, otro ejemplo: confío en la persona humana, en consecuencia en la humanidad. Ésta última es una declaración de orden filosófico y de ideario, en la cual el peso se sustantiva en lo emocional más que en lo racional, porque cualquier ser humano, al menos desconfía de alguien, aún cuando no sea la constante, ni totalmente. Se construye, se alcanza se la tiene, pero igual se la pierde, esto último se patologiza en un agotamiento intelectual y emocional, y se produce desde las micro relaciones hasta las más ampliadas.

Como potestad humana se da o no, parcial, total, paulatina o instantáneamente, a veces sí a veces no: desde que lo vi o la vi me transmitió total confianza o al contrario. Pero, también confío en sus valores más no en su capacidad o viceversa, de manera que confió en una parte no en la totalidad. Por afectiva: intuitiva también, y por intuitiva plagada de incertidumbre o certidumbre, lo cual depende. De ahí entonces, que un asunto afectivo y psicológico como es confiar deviene tan complejo y frágil a la vez. Certidumbre vendría a ser un indicador de confianza, como ésta podría serlo de certidumbre y la ausencia de ésta, es decir, la incertidumbre, podría traducirse en indicador del concepto confianza. Ni total, absoluta y sostenida la confianza, como un genérico, así tampoco la incertidumbre; por eso el asunto de parte, no necesariamente totalidad.

Al introducir la incongruencia; su resultado: “no se puede confiar”, es decir, divorciado lo dicho y lo hecho (digo lo uno, hago lo otro) siembro la desconfianza, así cosecho: temor, incertidumbre y lo vago también.

El terreno donde se produce la confianza es vasto, va desde una relación íntima: confío en mi pareja, pasando por las confianzas más pedestres: confío en que tal o cual aparato o equipo sea de buena calidad, hasta confiar en la institucionalidad del Estado. Todo esto tiene que ver con la información que nos traslada la contraparte (persona, objeto, animal o cosa), cómo la procesamos y la contrastamos con nuestras expectativas, con nuestro conocimiento y con el contexto o ambiente donde se produce. Para los estructural-funcionalistas, la confianza se concibe básica para todas las instituciones y funciona como correlato y en oposición del poder. Incluye una cierta capacidad para influir en las acciones ajenas forzándolas a ajustarse a las expectativas propias.

Tomemos en cuenta que, la confianza tiene dos caras de una misma moneda, la que construye en sí y para sí quien la ofrece (lo cual supondríamos se asocia a la autoestima y a otros valores), como la que las personas construyen de los funcionarios públicos y de las instituciones del Estado. ¿Por qué los ciudadanos vamos a votar por autoridades locales, diputados y presidentes, si en algunos casos, incluso reconocemos que al llegar al poder nos traicionan, al no dar cumplimiento a lo ofertado y a las expectativas que nos había creado con su discurso? ¿Es acaso que la ética en la que se fundan las campañas electorales es tan populista que se vale el engaño al cliente-ciudadano, bajo el argumento de “no sabía que no podía”?

Pero el concepto sobre el cual discurro también está asociado a otros, tal el caso del riesgo; generar, fomentar e irradiar confianza lo incluye: ¿Hasta dónde, responsablemente me arriesgo y continúo fomentando la confianza hacia mi persona o hacia la institución que represento? ¿Cuáles son los mecanismos de los que me valgo para alcanzarlo? Las intuiciones por ejemplo, también están sometidas en mayor o menor medida al riesgo, intuimos un amplio abanico de cosas, por naturaleza somos intuitivos. Las percepciones íntimas e instantáneas de una idea o una verdad que aparece como evidente, también le dan sentido al especto del confiar en algo, en alguien, en algunos y demás.

Confío en que esta persona quiere hacer algo si muestra voluntad, lo percibo, entonces confío en ella. Pero entonces ¿qué hace que el ser humano confíe?: una serie de condiciones orgánico- biológicas asociadas a la psique, al pensamiento, que permiten procesar información, pero también otra parte fundamental conformada por las emociones y la afectividad, ¿qué pesa más en todo ello? Es muy difícil de precisar, porque los humanos penduleamos hacia lo uno y lo otro, o sea vamos de lo racional a lo emotivo y de éste a lo otro, sin conciencia plena necesariamente.

Hay que tomar en cuenta que las anteriores son condiciones endógenas a las personas, pero no olvidemos lo exógeno, lo externo, y cómo ello influye en mayor o menor medida. Algunos entornos son más propicios para la creación de confianza que otros y son las personas quienes juegan un rol importante en irradiar confianza y en propiciar un ambiente que la fortalezca. Al menos podríamos hablar de tres variables a considerar: liderazgo, actuaciones o acciones y comunicación. Para que la confianza surja requiere de ciertas condiciones ambiente, y es el líder el elemento humano fundamental para que se produzca. Expresado de otra forma, son los hechos los que dan pie a la confianza, porque bien dicho está, las palabras se las lleva el viento.

¿Pero a qué viene este discurrir?, a que en el caso de los funcionarios públicos y liderazgos políticos, el asunto de la confianza es un principio político de responsabilidad ciudadana, fundamentalmente porque es expansivo, es decir alcanza a otros, de manera que cuando se siembra la desconfianza ésta afecta, tal como ha sido dicho, patológicamente a un conglomerado. Esto sugiere una pérdida inconmensurable por ser básicamente afectiva y un Estado pobre como el nuestro no puede darse el lujo de desperdiciar recursos, para el caso: asociados a lo humano. Como atributo tiene una concreción, el depósito a plazo fijo (aunque peligrosamente puede ser muy temporal), de un bien inconmensurable: la certeza de que no hubo fraude, engaño ni falsedad.

Finalizo este artículo con las elocuentes palabras del gran filósofo Michel Foucault, expresadas en su libro Saber y Verdad “La función de “decir la verdad”, no debe adoptar la forma de la ley; sería asimismo vano creer que la verdad reside de pleno derecho en los juegos espontáneos de la comunicación. La tarea de decir la verdad es un trabajo sin fin: respetarla en su complejidad es una obligación de la que no puede zafarse ningún poder, salvo imponiendo el silencio de la servidumbre”. Llegados a este punto valen las interrogantes ¿Exigimos ciudadanamente la verdad a las instituciones del Estado, sus funcionarios y liderazgos para reconstruir confianza institucional o nos sometemos a la servidumbre y renunciamos a la verdad? ¿Por cuál de las dos optamos?, la carrera electoral nos obliga a pensar.

Fuente: www.i-dem.org - Nueva Época número 1186


Copyright © El credito de las contribuciones es única y exclusivamente de los autores. El contenido de las contribuciones no representan necesariamente la opinión de la revista; los autores son responsables directos del mismo.