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Esto de la corrupción ya nos tiene chinos...
Por Marcelo Colussi - Guatemala, 30 de junio de 2016

Desde el año pasado parece haberse disparado una fiebre en torno a la corrupción. Algo que, sin la más mínima duda, es una conducta condenable, pero que de todos modos atraviesa la historia del país desde la época de la colonia española, ahora pasó a ser una nueva plaga bíblica. ¿Llamativo, verdad?

Si efectivamente estuviéramos ante una genuina crítica a la corrupción podríamos alegrarnos: eso sería muestra que algo está cambiando en la sociedad guatemalteca. Pero la fanfarria pirotécnica que hay en torno a todo esto abre serias dudas.

¿Cambió realmente la sociedad? Hay elementos que permiten pensar que existe más montaje político-mediático que otra cosa. ¿Desde cuándo el embajador de los Estados Unidos está tan interesado por algo así, ayudando a cambiar ese “mal” que tiene empobrecido a los guatemaltecos? ¿Desde cuándo y por qué los medios de comunicación comerciales están tan preocupados por el tema? (los mismos medios que criminalizan las protestas populares en otros ámbitos, como las luchas campesinas o sindicales). ¿Cómo es eso de una comisión internacional de las Naciones Unidas, financiada por las potencias capitalistas, ayudando a combatir el flagelo? La actual Fiscal General, claramente de derecha, elegida en reemplazo de una abogada acusada de “guerrillera”, metió presos más delincuentes de cuello blanco que Claudia Paz, que promovió el juicio por genocidio. Algo huele mal.

La historia de Guatemala es una historia de explotación inmisericorde, de exclusiones sociales, de impunidad ¡y de corrupción! Desde la llegada de los ávidos y sangrientos conquistadores españoles, la corrupción marca la historia. La compra-venta de títulos nobiliarios y la corrupta relación de los funcionarios coloniales con la metrópoli hispana dan cuenta de esa dinámica. La corrupción no nació con Pérez Molina y Roxana Baldetti, ni con Vinicio Cerezo: es algo más profundo, cultural, incorporado en la “normalidad” de lo cotidiano. ¿Cuántos de los que están leyendo esto no “pistearon” para conseguir su licencia de conducir, o compraron facturas para evadir impuestos ante la SAT?

La idea que los funcionarios públicos de alto nivel son ladrones y corruptos es una inveterada frase hecha. En muchos casos ello es así. Pero sucede que quedarse solo con esa noción es ver el árbol perdiendo de vista el bosque. No hay dudas que la corrupción existe (pensemos autocríticamente en muchas de nuestras prácticas cotidianas. ¿Nunca dimos “mordida”?); ahora bien: la pobreza estructural e histórica de la sociedad no es producto de la corrupción. Y ahí es donde justamente debemos ser críticos.

¿Qué hay detrás de toda esta cruzada anticorrupción, que ahora incluso llega a hablar de cooptación del Estado? ¡Increíble! El mismo Estado que masacró 245,000 personas hace unos años, que permitió vender a precio de remate empresas públicas (¿eso no es corrupción también?), que ahora aprueba un salario mínimo que no cubre ni siquiera la mitad de la canasta básica, que reprime las protestas populares de ciertos sectores, ¿ahora es “protegido” por esta lucha contra prácticas corruptas? ¿Desde cuándo esa preocupación?

Insistamos: algo huele mal. Cuando se disparan esas olas mediáticas tan abrumadoras, tal como ahora es esta insistente prédica contra el espacio de la corrupción, debemos pararnos a ver qué agenda se juega ahí. La de los amplios sectores populares por siempre olvidados pareciera que no.

La pobreza histórica en que están cerca de dos tercios de la población tiene raíces distintas y más profundas que la corrupción: ¡tiene que ver con la forma en que se reparte la riqueza nacional!

Es curioso la forma en que la prensa “ataca” el tema de la corrupción: con Vinicio Cerezo parece que se alcanzaron cotas inauditas. Con Álvaro Arzú (cuando se remataron las empresas públicas) ese no fue tema preocupante. Pero sí lo fue con Alfonso Portillo (quien luego cayera preso. De Arzú y sus negociados –acordémonos lo del Campo Marte, por ejemplo–¿quién habló de juicio acaso?) Con Oscar Berger ¿desapareció esa lacra? Lo cierto es que en su período no se habló mayormente del tema, pero sí reaparece con el gobierno de la UNE. Ahora, con el anterior binomio presidencial, asistimos a este renovado festín.

Lo que pensamos en términos políticos cada vez está más determinado por la industria mediática (eso afirmó la encuestadora Gallup, nada sospechosa de “izquierdosa” precisamente). ¿Es la corrupción nuestro principal flagelo, o hay ahí una enorme manipulación?


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