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Sanguinarios humanos. ¡Viva la civilización!
Por Marcelo Colussi - Guatemala, 16 de febrero de 2022


Los seres humanos nos decimos “civilizados”. Sí, sin dudas. En sentido estricto, lo somos. Somos una especie animal absolutamente civilizada, transida de cabo a rabo por el orden simbólico. Todo lo que hacemos está tocado por el proceso civilizatorio, todo, incluso aquellas cosas que parecieran más naturales. La alimentación, o la reproducción, por ejemplo, funciones básicas para mantener vivo a cada sujeto o para perpetuar la especie, como productos de la civilización ya dejaron de ser pura biología. Por eso hay quienes no tienen para comer y pasan hambre, o mueren de inanición (en tanto sobra comida en el mundo: 40% más de la necesaria para alimentar perfectamente a toda la humanidad), o son obesos o presentan anorexia. Nada de eso es algo estrictamente biológico, explicable desde parámetros físico-químico. Es un tejido social el que lo determina, una historia.

Otro tanto pasa con la sexualidad: no hay estricta correspondencia entre la realidad anatómica y la identidad sexual. Hoy día hablamos de LGTBIQ+. Nada de eso que llamamos sexualidad queda enteramente determinado por la biología. Es nuestro ser social –historia subjetiva e historia colectiva– la que nos moldea. La procreación es también un asunto simbólico (¿cómo entender desde la carga genética la homosexualidad, el voto de castidad, la esterilización o todas las confusas y erráticas conductas a las que asistimos en este ámbito?). En sentido estricto, no hay sexualidad normal. La procreación es una de las tantas posibilidades que se derivan del acto sexual, pero no la única. El placer en este campo puede ligarse a una multitud casi interminable de acciones.

Es decir: todo lo que hacemos tiene que ver con nuestra civilización, con nuestra socialización. Incluso el primitivo garrote del hombre de las cavernas, eso ya es un refinamiento civiliazatorio comparado con cualquier animal. De allí, desde la primera piedra afilada por el primer Homo habilis hace dos millones y medio de años hasta la computación cuántica o los viajes espaciales, el único animal que pudo lograr transformar la naturaleza es este bicho civilizado que somos los humanos. “El trabajo es la esencia probatoria del ser humano”, dirá Marx parafraseando a Hegel.

En esa línea podría decirse que la civilización es aquello que nos va alejando cada vez más de lo animalesco, de la pura sobrevivencia natural, del instinto (que es un esquema de comportamiento heredado que varía poco o nada de un individuo a otro, y que se desarrolla siempre según una secuencia temporal fija, teniendo un objeto y una finalidad invariable). Civilizarse es refinarse, es utilizar cada vez más las funciones intelectuales superiores en desmedro de la animalidad instintiva, de la pura fuerza bruta. El instinto, como se ha dicho en psicoanálisis, está “pervertido” por lo social. No hay ser humano “normal” por nacimiento –lo puede haber en términos biológicos, claro–: todo lo demás es construcción histórica.

De todos modos, la fuerza bruta persiste. La violencia es algo enteramente humano. Ningún animal ejerce violencia como nuestra especie: los depredadores cazan, y punto (el león, el cocodrilo, el tiburón, el águila). Nunca un depredador carnívoro ejerce el poder, la supremacía social, la arrogancia con el más débil. Se lo come simplemente; en el mundo animal no hay racismo, machismo, diferencias económicas, soberbia y arrogancia, tortura, discriminación de ningún tipo, pornografía, ropa de marca… o ni siquiera ropa (ningún animal esconde sus órganos genitales; los humanos sí, en todas las culturas). Los animales no son sanguinarios; nosotros sí. Podemos experimentar goce con el sufrimiento ajeno. Ahí están las cámaras de tortura y cuanta perversión sádica se nos ocurra. ¿Festín de sangre? No somos Drácula, pero pareciera… ¿Por qué, si no, la permanencia de prácticas como las corridas de toros, las peleas de box o de kickboxing, las riñas de gallos o de perros? O, en la Antigüedad romana clásica, el Coliseo con leones devorando cristianos y peleas a muerte de gladiadores. Esto podría llevar a pensar también el porqué de las guerras y su nada cercana perspectiva de erradicación, pero eso nos conduciría por caminos que exceden este breve y poco profundo opúsculo. Aunque no está de más recordar eso, justamente en estos momentos en que caminamos sobre un campo minado con la provocación de Estados Unidos y la OTAN a Rusia.

¿Cuál puede ser el placer de ver una lucha a muerte entre dos adversarios?, porque no otra cosa son, en definitiva, estas prácticas sanguinarias arriba mencionadas: la búsqueda de la eliminación del otro, la sangre, el festín de la muerte. ¿Qué deseos alimentan todo eso? ¿Por qué ese placer en gozar, incluso excitarse, con la sangre que corre? En todas estas prácticas culturales la muerte es el convidado especial. En el box, justamente como producto del “avance” en la civilización, ya no se persigue la muerte del rival –se usan guantes y protectores bucales, hay reglamentos estrictos a seguir y un árbitro que media entre los contrincantes– pero sí el sacarlo fuera de combate. De todos modos, no deja de ser llamativo el enardecimiento del público en las graderías: “¡Mátalo!, ¡Sangre!, ¡Dale en la herida!”. O el festejo gozoso del ganador que noqueó al adversario, rebosante de alegría mientras el perdedor es retirado en camilla. Todo esto puede hacer pensar en palabras de Sigmund Freud con motivo de la llegada de los nazis y la anexión de su Austria natal al Tercer Reich: “Hoy día los nazis queman mis libros. En la Edad Media me hubieran quemado a mí. Eso es el progreso humano”. Es decir: somos terribles, pero cada vez somos menos terribles. Sigue habiendo machismo, pero ya no se obliga a las mujeres a usar cinturón de castidad, y si bien hay racismo, ya no se puede humillar públicamente a nadie por su color de piel o pertenencia étnica, porque eso es delito.

La civilización es ese largo, tortuoso, nunca terminado proceso en el que nos vamos alejando de nuestros orígenes animales. Pero lo curioso es que… ¡ningún animal mata por placer! En nuestro mundo civilizado cada dos minutos muere una persona por un disparo de arma de fuego. Y la industria de los armamentos (desde una pistola personal hasta un portaviones atómico con aviones de combate o misiles hipersónicos con carga nuclear), es el ámbito humano que más dinero mueve promoviendo los más osados e increíbles avances científico-técnicos.

Aquello de poner la otra mejilla cuando nos abofetean la primera, no pasa de vacío e impracticable pedido moral. La realidad humana va por otro carril. En nombre del amor y de algún dios (de los tres mil que existen) se realizaron las peores guerras religiosas. Parece que la sangre nos llama (“La violencia es la partera de la historia”, dijo con exactitud ese decimonónico pensador supuestamente “superado”). Por lo que, si algún freno puede oponérsele a la violencia, la apelación a un sacrosanto amor no alcanza. Digamos que “nadie está obligado a amar a otro, pero sí a respetarlo”. En definitiva, la civilización es eso: la instauración de una ley, de una norma que rige el funcionamiento social (la prohibición del incesto, o del asesinato, la instauración de la propiedad privada, el rojo del semáforo o la interdicción de orinar en la calle más un largo etcétera). Sin dudas, las leyes no necesariamente son justas (¿lo es acaso la propiedad privada, por ejemplo?). Son un ordenamiento hecho desde el poder: “La ley es lo que conviene al más fuerte”, dijo Trasímaco hace más de dos mil años; injusto quizá, pero necesario para establecer un orden humano.

Freud, en lo que él llamó su “mitología conceptual”, elucubró una pulsión de muerte (Todestrieb), energía destructiva que anida en cada uno de nosotros, y que se manifiesta en todo lo anteriormente descrito. Concepto problemático como el que más, muy discutido por todo el ámbito psicoanalítico. Lo que está claro es que, viendo cómo nos movemos los seres humanos, la intuición freudiana no parece descabellada. Corridas de toros, riñas de gallo, peleas de box… ¿guerra mundial con armamento atómico? Parece que la sangre llama.

 

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