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"La sonrisa de Hiroshima" a seis décadas del estruendo atómico
Por María del Mar - Guatemala, 2 de agosto de 2005

El amor y el dolor causan heridas tan profundas que ni el tiempo que todo lo empolva es suficiente para curarlas, aun cuando el milagro del olvido logre cubrirlas con su velo, sus terribles cicatrices perduran para toda la vida.ia

Han pasado 60 años desde que aquel rugido escalofriante y espantoso rompió el silencio de un alba que empezaba a abrir sus hebras luminosas en el cóncavo celeste, y toda la belleza angelical del naciente día 6 de agosto de 1945 se la tragó el monstruo de las doscientas mil cabezas: la bomba atómica.

Desde el aparecimiento de la humanidad en la tierra, la rivalidad fue su poder, aparte de otros sentimientos destructivos que siguen apoderándose de su propia destrucción. El ejemplo bíblico pone de manifiesto este concepto de rivalidad en el que el más fuerte es el vencedor, así los símbolos religiosos nos presentan el estigma del hombre en Caín y Abel, cuando eran sólo dos seres sobre la faz del planeta, uno mató al otro. Si así fueron los inicios, cómo se espera el final cuando ya no somos dos, sino multiplicados en millones de millones de seres humanos en el laberinto del balance de fuerzas político-sociales que son el frente principal y que sin embargo caminan siempre por la calle de la amargura, anulando los avances técnico-científicos, humanitarios y todo aquello nuevo que surge y que pareciera ser un bien para la marcha hacia el porvenir de todas las naciones del mundo.

Cabe preguntarnos en pleno siglo XXI si esa fuerza destructora que ciega vidas y hace correr la sangre en las aceras, en los caminos y en todos los lugares donde siembra la muerte por los estallidos de la pólvora, ha sido provechosa para el progreso de los pueblos: guerras internas entre hermanos del mismo espacio terrestre, levantando banderines cobardes; guerras mundiales que borran las líneas divisorias, la soberanía, la propia autoridad de las naciones. ¿Qué han dejado de bueno, de noble, de armonioso? ¡Nada de eso! Han dejado desolación, muerte y hambre, odios y fiebre por seguir empuñando las mortíferas armas.

Los caprichos mortales, la maldad, la avaricia, la prepotencia que eleva los crespones negros de las guerras no han servido de nada para la restauración de la dignidad humana. Tantas guerras desde que el hombre puso pie en la tierra y cada día estamos mal, estamos peor, con todo y los nuevos alcances de respeto, como los derechos humanos y los alardes volátiles de justicia social; los pueblos en lugar de dar un paso adelante, retroceden, se deterioran, se manchan, se van marchitando como flores en un desierto. Lo peor es que lo sabemos, que nos estamos hundiendo, ahogándonos en un mar de tempestades, pero las personas que tienen el poder y manejan los timoneles del mundo no hacen absolutamente nada para corregir semejante catacumbe dominada por el terrorismo, hambre, corrupción, injusticia, impunidad y cuantos más golpes se pueden propinar a una humanidad que va sin rumbo, sin frenos, sin esperanza. Éste es solamente un retrato a la ligera de nuestro caos mundial. Pero existen testimonios que a pesar de los años transcurridos vuelven a arrugar el ceño, y hablan y levantan su protesta histórica ante la conciencia de las presentes y futuras generaciones para que esas páginas negras no vuelvan a repetirse. Entre estos testimonios duros descubrimos el gran poema trágico "La Sonrisa de Hiroshima" del poeta rumano Eugen Jebeleanu, una obra maestra, testigo surrealista, sumergida en el estallido infernal de la bomba atómica en los finales de la Segunda Guerra Mundial. El poeta expone en el poema el dolor exasperado de una humanidad desgarrada por el horrendo drama sufrido en la pequeña aldea de pescadores de Hiroshima, Japón, y resultó ser esta denuncia, un documento trágico que enciende la llama de la protesta ante la injusticia de las guerras que provoca la destrucción masiva y la inconciencia del irrespeto al derramamiento brutal de sangre. "La Sonrisa de Hiroshima" llama a la meditación sobre lo glorioso que sería desterrar las armas y hacer florecer la palabra, poder que la humanidad posee, como lo señala la sabiduría de pueblo: "Hablando se entiende la gente".

Eugen Jebeleanu nos devuelve a la gran poesía épica primitiva, la del diálogo, la del coloquio con el universo. Su poemario "La Sonrisa de Hiroshima" ha sido traducido del rumano a varios idiomas, y a mí en lo personal me ha tocado el privilegio de presentarlo en su traducción al idioma español, en transmisiones radiales de mi programa poético "Oro Lírico". Se trata de un réquiem grandilocuente, desgarrador, que pide ser gritado en las plazas, se conozca en las reuniones de jóvenes, de mujeres, de obreros, de campesinos, estudiantes y por todas las personas de todos los países.

La obra está prologada por nuestro Premio Nobel, Miguel Ángel Asturias, fechado en Bucarest el otoño de 1962. "Todo lo que podía el hombre de Hiroshima desapareció al caer la bomba, como por arte de magia, menos la esperanza, y la esperanza es la sonrisa que vence a la muerte, que levanta sus estandartes contra los asesinos a través del mundo, en manos de los que van al encuentro de esas tierras japonesas quemadas y las besan, como las mejillas de millones de seres inocentes allí sacrificados, beso que es juramento.

Juramos que lo que ocurrió en Hiroshima, no volverá a pasar sobre la tierra, no, no, no... jamás una bomba atómica volverá a destruir una sonrisa." Apuntó en la parte final de su Pregón el Premio Nobel de literatura Miguel Ángel Asturias.

Eugen Jebeleanu, en un sentido trozo de la estancia "Encuentro con Hiroshima" expresa:

"¿Dónde están tus pequeños, Hiroshima?
Quizás en el océano
de plata impasible...
Quizás en la infinita bóveda
del cielo...

O, acaso en esta misma tierra
que yo piso...

Cada paso que doy lo doy con miedo...
Cada palmo de tierra
esconde un catafalco...
Es como si la tierra que yo piso
Hubiera dado un grito: -¡Madre...!"

Una flor en la tumba inexistente de todos los caídos en la masacre atómica.

Fuente: www.lahora.com.gt


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