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El olor de septiembre
Por Maurice Echeverría - Guatemala, 8 de septiembre de 2004
maurice@elperiodico.com.gt

Desde Osetia del Norte nos llega el olor lacónico de la muerte. No lo percibimos porque todavía estamos muy ebrios de fútbol. Si la Selección hubiese perdido contra Costa Rica, lágrimas se habrían derramado. ¿Cuántas lágrimas hemos derramado por la tragedia de Beslan? ¿Nos importa, siquiera? ¿Y nuestra propia matanza de Retalhuleu? Berger estuvo presente el domingo en el estadio, lo cual a mi juicio es muy irrespetuoso, muy circense, y muy romano de su parte: hay lutos políticos que es preciso respetar, y el de Berger en todo caso no duró demasiado.

Lo que sucedió en Rusia constituye una marca respetable de terrorismo mundial. Trescientos treinta y ocho muertos al momento de escribir esta columna, y con tendencia al ascenso. El olor de septiembre es un olor a víscera suelta y carne en descomposición. Sudan los policías de tanto trasladar los cuerpos hacia la noche oscura, para que no los encuentre ni el Diablo. El olor de septiembre, ese olor de Nueva Linda, es el olor de todos aquéllos que en incontables sobremesas dijeron sin piedad: “A esos indios serotes hay que sacarlos de las fincas a balazos”. El problema es que nunca los sacaron. Todavía están allí, enterrados. Una rosa es una rosa es una rosa. La ley es la ley es la ley. Y de arriba caen bombas. ¿Es que no lo saben? Nueva Linda, Retalhuleu, Guatemala; se hallan en el gran gimnasio de una ciudad rusa en donde se estaciona para siempre el olor de septiembre.

El olor de septiembre es el polvillo de las torres pulverizadas que viaja trashumante y peregrino por el mundo, fantasma amargo escrutando a la humanidad infiel. ¿No lo entienden? En una noche cualquiera la asfixia caerá sobre nosotros. A la mañana siguiente sólo habrá cuerpos precisos, engarrotados, como los cuerpos de Nueva Linda.

Tomado de www.elperiodico.com.gt


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